Aquella luz de esperanza que representó Túnez en la región de Medio Oriente y el Norte de África tras la Primavera Árabe poco a poco se apaga frente a los avances del proyecto de Kais Saied, quien hoy recibe una serie de condenas mundiales. Aquel outsider que llegó al poder con las promesas de luchar contra una élite corrupta y de mejorar la situación socioeconómica del país, fracasó y retrocedió en múltiples aspectos. Saied avanza, inevitablemente, hacia el gobierno de un solo hombre.
La disconformidad de la población con respecto a las medidas autoritarias e inconstitucionales, los recortes a las libertades políticas y civiles, así como el fallido intento de mejorar la economía y la situación social del país, se reflejó en los resultados de las elecciones parlamentarias de 2022 y 2023. Según ISIE, la participación electoral fue de un 11%.
A ello se suma la serie de arrestos a políticos entre quienes se destaca el líder del partido opositor Rached Ghannouchi. Muchos de ellos habían denunciado las medidas del presidente como ilegales, y tildaron a su gobierno de autoritario. Sin embargo, para Saied se trata de terroristas y representan un peligro para la seguridad nacional.
Frente al arresto de Ghannouchi y el cierre de la sede del partido Ennahda, los gobiernos de Estados Unidos, Malasia, Turquía y la Unión Europea, han comunicado su preocupación sobre la escalada de tensiones y sobre la salud del político arrestado. Insisten en la resolución de los hechos por medios legales y en el respeto a la pluralidad política, las libertades y derechos humanos. Sumado a la condena global, actualmente Saied debe hacer frente al escenario económico que presenta dificultades al retrasarse el préstamo solicitado al FMI.