potencias en 2025
Los últimos meses del año 2024 en la región de Medio Oriente transcurrieron cargados con incertidumbre y prudencia. Mientras el genocidio contra la población palestina en Gaza profundizaba la crisis humanitaria, los enfrentamientos entre las FDI y Hezbollah llevaban la guerra hacia el sur del Líbano. Ante ello, en Riad, capital de Arabia Saudita, se reunían en noviembre de ese año representantes de 57 países árabes y musulmanes, en una Cumbre conjunta entre la Liga Árabe y la Organización para la Cooperación Islámica. El foco estuvo puesto en condenar las acciones israelíes y expresar posiciones sobre las guerras en Gaza y Líbano. Sin embargo, el encuentro no dejó de implicar una búsqueda de anticiparse, frente a las expectativas que generaba la próxima asunción de Donald Trump a la presidencia de los EEUU, a partir de enero del 2025. Particularmente, las posibilidades de que en su segundo mandato el presidente norteamericano mantenga el apoyo decidido a Israel y un nuevo endurecimiento de las relaciones con Irán que, en el nuevo contexto, signifique un deterioro de la situación de seguridad en la región.
Este episodio coyuntural estuvo inserto en un proceso global, iniciado durante la primera década del siglo XXI, en el cual se conjugan el progresivo desplazamiento del centro gravitacional geopolítico y económico hacia la región del Asia Pacífico y, más recientemente, un pronunciado deterioro de las instituciones del orden internacional liberal. En este marco, a partir de la crisis financiera global del 2008, el ascenso de China y las guerras en Ucrania y Gaza como hitos claves, el liderazgo estadounidense se ha visto cada vez más cuestionado, en tanto China y Rusia, como potencias revisionistas del actual orden en descomposición, procuran disputar poder y zonas de influencia geopolítica. Esta competencia se ha ido desplegando en los tradicionales terrenos de rivalidad, como el político-diplomático, militar y económico-comercial, pero también sobre aquellos ámbitos cuyo desarrollo ha evolucionado de manera exponencial en los últimos años. Así, la dimensión de ciberseguridad y las nuevas tecnologías de vigilancia digital e inteligencia artificial, 5G, armamentos avanzados como drones y misiles balísticos adoptan como componente central un renovado enfrentamiento entre las principales potencias por la seguridad energética, el control de recursos naturales estratégicos y el dominio sobre rutas marítimas y estrechos geográficos.
La región de Medio Oriente no permaneció ajena a dicha dinámica internacional amplia que representa desafíos y amenazas persistentes, pero también oportunidades para el desarrollo y la reconfiguración de las relaciones de poder. En este escenario, el balance de poder se ha reconfigurado tras la ruptura del Eje de la Resistencia y el declive de la influencia iraní a lo largo de la Media Luna Chií durante el 2024 y 2025 (Talbot & Tramballi; 2025). Frente a estos cambios, los principales países de la región han buscado desempeñar un rol activo, dejando atrás la condición de meros receptores de iniciativas externas. Han impulsado estrategias de inserción que apuntan a
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diversificar economías históricamente dependientes del petróleo mediante inversiones en energía verde, seguridad, tecnología y comercio.
En este marco, la profundización de los vínculos con China -principalmente inversiones en materia de infraestructura y comercio- ha ganado protagonismo, mientras que la relación con Rusia, aunque relevante en el ámbito energético y diplomático, ha quedado relegada por las prioridades rusas en el frente ucraniano y las sanciones aplicadas contra su economía. Por su parte, Estados Unidos se mantiene como el actor extrarregional por excelencia, con una agenda que plasma intereses de manera diversa, pero también condicionada. Con el objetivo de reorientar recursos de poder hacia otras latitudes, durante su primer mandato Trump impulsó los Acuerdos de Abraham. Éstos tuvieron el objetivo de normalizar las relaciones entre Israel y los países árabes firmantes, sin embargo, desde los ataques del 7 de octubre del 2023 y la posterior respuesta israelí, el proceso quedó en suspenso mientras el foco de atención continúa centrado en el devenir de la guerra en Gaza.
Durante el 2025 se llevaron adelante iniciativas de alto al fuego entre Israel y Hamás, con mediación de Estados Unidos, Qatar y Egipto. En la primera de ellas, en enero, lograron intercambiar rehenes e ingresar ayuda humanitaria, pero se suspendió el acuerdo cuando en marzo el ejército israelí reanudó los ataques en la Franja. Posteriormente, en octubre del 2025, durante la Cumbre para la Paz de Sharm el-Sheikh en Egipto, se puso en marcha un ambicioso plan de 20 puntos impulsado por el presidente Trump, tras lograr el acuerdo de las partes en el conflicto, incluyendo en él a Qatar y Egipto como mediadores y habilitando el ingreso de organizaciones humanitarias de Turquía en Gaza.
A lo largo del año el gobierno de Israel ejecutó bombardeos en numerosos frentes, como parte de una estrategia militar que combina represalia, contención y ataque a cúpulas de liderazgo consideradas hostiles. Estos ataques ocurrieron en distintas ocasiones en el sur del Líbano, Yemen, Siria, Qatar y Túnez y, sobre todo, la escalada bélica contra Irán durante el mes de junio. A pesar de que el accionar israelí contribuyó a erosionar la base de apoyo que el país mantenía en Estados Unidos y los países europeos - sobre todo con respecto a la población civil y la opinión pública-, Washington mantuvo el apoyo militar, diplomático y financiero hacia Israel. Según un informe del Cost of War Project (2025) publicado por el Watson Institute de la Universidad de Brown -EE.UU.- se estima que el financiamiento brindado desde octubre del 2023 alcanza los US$ 21,7 mil millones. Esto se tradujo en provisión de armamento estratégico que posibilitó el despliegue militar israelí en Gaza y otras regiones.
A su vez, los países del continente europeo se dividen entre los que sostienen posiciones de apoyo y solidaridad con Israel y los que condenan los ataques y defienden una mayor presión internacional. A lo largo del año, un número mayor integrantes de la Unión Europea han reconocido formalmente al Estado de Palestina, aun expresando fuertes ambigüedades por su apoyo abierto a Israel. Gran Bretaña, que asiste con inteligencia militar a las FDI reconoció a Palestina en septiembre, y lo propio hizo Francia, Bélgica, Portugal, entre otros. De esta forma se unieron a aquellos que desde 2024 habían expresado su reconocimiento, como España, Noruega, Eslovenia e Irlanda. Por otro lado,
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países de Europa Central como Alemania, Hungría, Rep. Checa, Austria e Italia en diferentes medidas sostienen su apoyo a Israel frente a las presiones de sus contrapartes por incrementar sanciones.
Aunque en los posicionamientos diplomáticos mantienen las raíces históricas que marcaron el apoyo al derecho a la autodeterminación de los palestinos y la defensa de la solución de los Dos Estados, las acciones de Rusia y China frente al conflicto también reflejan fuertes contradicciones respecto de Israel. El accionar diplomático se concentró en facilitar acuerdos entre facciones palestinas, en condenar las violaciones humanitarias, así como el apoyo a las iniciativas de paz y a un alto al fuego duradero en ámbitos multilaterales, como el Consejo de Seguridad, la Organización de Cooperación de Shanghai y los BRICS. Sin embargo, ni Moscú ni Beijing han establecido medidas que impliquen costos tangibles para Israel. Incluso tras los ataques a Irán, miembro reciente de BRICS, la organización se limitó a emitir un comunicado conjunto, tras la Cumbre de Rio de julio de 2025, en el cual se condenó los ataques y el bloqueo humanitario que Israel ejerce en Gaza. Ambas potencias, con sus respectivos motivos e intereses, priorizan mantener una relación pragmática con Israel, sosteniendo lazos económicos y comerciales.
En tanto que la cuestión palestino-israelí se mantuvo como eje principal, otros hechos relacionados con ella en mayor o menor medida, implicaron para los distintos actores desafíos estratégicos a abordar. Los hechos más destacados fueron los ataques de Israel a Irán en junio, que devino en la denominada Guerra de los 12 días por un lado, y por el otro, el proceso de normalización de relaciones con Siria tras la caída del presidente Bashar al Assad a fines del 2024 y su reemplazo por Ahmed al Sharaa. En la primera, EEUU, que se encontraba negociando un acuerdo nuclear con Irán, se involucró militarmente en apoyo de Israel, al bombardear las instalaciones nucleares de Natanz, Esfahan y Fordow en territorio iraní. Este conflicto derivó en la decisión de Teherán de suspender las negociaciones con Washington junto a la cooperación con la OIEA, poniendo en riesgo el Tratado de No Proliferación Nuclear. Tras este último episodio, las conversaciones nucleares de Irán han pasado a mantenerse con Rusia y China en un formato trilateral.
Con respecto a Siria, el nuevo presidente Ahmed Al-Sharaa -ex Al-Qaeda- promovió una normalización de las relaciones diplomáticas en búsqueda de levantar sanciones económicas y conseguir el apoyo internacional para estabilizar la dimensión interna del país. En este sentido, Al- Sharaa mantuvo encuentros bilaterales en el Kremlin con Vladimir Putin, en octubre, donde garantizó al presidente ruso la continuidad de las bases en Latakia y Hmeimim; en noviembre en la Casa Blanca con Trump, donde formalizó la apertura hacia occidente y continúa buscando el levantamiento definitivo de sanciones contenidas en el Caesar Act, suspendidas desde mayo; y, finalmente, el ministro de Exteriores sirio Asaad al-Shaibani, se reunió con su contraparte Wang Yi en Beijing, con inversiones y “contraterrorismo” en el centro de la agenda. Un foco de preocupación central para China lo conforma la presencia en Siria del Partido Islámico del Turkistán, una milicia asentada en Idlib integrada por uigures provenientes de China.
En otro orden, la agenda económica y comercial en la región se desarrolló de forma activa. La guerra en Ucrania y el conflicto entre Rusia y la OTAN, junto a las sanciones aplicadas contra Rusia
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impactaron desde el 2022 reconfigurando el comercio en el sector energético. La incidencia en los países árabes continúa siendo muy significativa, en tanto los países del Golfo – Arabia Saudita y EAU- y Turquía, incrementaron sus importaciones de crudo provenientes de Rusia, al tiempo que aumentaron las exportaciones a otros países, incluida la Unión Europea. El mercado de GNL ha operado bajo dinámicas similares. Ante el fin del aprovisionamiento de gas ruso hacia Europa, exportadores de gas como Qatar, UAE y Omán han acordado contratos a largo plazo de aprovisionamiento con los países europeos. Al mismo tiempo, la búsqueda de las economías del Golfo por diversificar la dependencia del petróleo como potencias en energías renovables también encontró en Europa socios estratégicos en su desarrollo (Sim, 2025).
El desarrollo de los diversos acontecimientos expuestos en la dimensión de seguridad transcurre en conjunto con un dinamismo económico y financiero considerable. Proyectos e inversiones en sectores como armamentos avanzados, ciberseguridad, inteligencia artificial y energías renovables dotan a los países más activos de la región de oportunidades de desarrollo inéditas, en función de su labilidad y flexibilidad para aprovechar los espacios que la competencia geopolítica internacional entre las grandes potencias convierte en márgenes de maniobra. Al mismo tiempo, la región permanece como un espacio de fractura estratégico que puede incidir negativamente sobre la precaria estabilidad del equilibrio de poder regional, en permanente reconfiguración.
Potencias Extrarregionales – China – Rusia – EEUU
RODRIGO MEDIN
Referencias
Fuentes
swissinfo.ch aljazeera.com iai.it costsofwar.watson.brown.edu en.majalla.com mei.edu mei.edu al-monitor.com aljazeera.com responsiblestatecraft.org en.mehrnews.com