La inestabilidad es parte inherente del día a día en la región de Medio Oriente, y el reciente conflicto entre Irán e Israel no fue la excepción. Las tensiones alcanzaron uno de sus puntos más altos el pasado 21 de junio, cuando Estados Unidos decidió intervenir directamente en la guerra al bombardear tres instalaciones nucleares en Irán –en las ciudades de Fordow, Natanz y Esfahan– en lo que Donald Trump llamó “Operación Midnight Hammer”. Los ataques fueron llevados a cabo por bombarderos B-2, que permanecieron 37 horas en vuelo.
Si bien el mandatario estadounidense alegó que los ataques fueron “exitosos” y que infligieron severos daños al programa nuclear iraní, diversos informes indican que las centrales habían sido evacuadas con anticipación y, hasta el momento, se desconoce el paradero de las reservas de material enriquecido.
Como era de esperarse, la reacción iraní no tardó en llegar. Teherán lanzó un ataque de represalia contra la base estadounidense de Al-Udeid en Qatar. Sin embargo, gracias a la colaboración entre Washington y Doha, la mayoría de los misiles fueron interceptados. A partir de ese momento, las tensiones se extendieron hasta el Golfo, donde la mayoría de los países habían condenado el ataque de Israel a Irán. Irak, por ejemplo, ya había manifestado su apoyo a Teherán y se opuso al bombardeo de Trump, declarando que cualquier estadounidense en territorio iraquí sería objetivo de ataque. En el caso de Siria, el presidente interino Ahmad al-Sharaa sorprendió al anunciar que permitiría a Israel utilizar el espacio aéreo sirio para interceptar misiles iraníes, profundizando así el impacto regional del conflicto. Mientras tanto, Israel no cesó sus ataques sobre Gaza y el Líbano, sin mostrar señales de retroceso.
Sin embargo, la “desescalada” llegó el 23 de junio cuando Trump anunció que tanto Irán como Israel aceptaron un acuerdo de cese al fuego, con la mediación de Qatar, que ponía fin a la llamada “Guerra de los 12 días” y, según el presidente, “la paz llegaría por fin a Medio Oriente”. El acuerdo contemplaba que Irán cesaría las hostilidades primero, en un plazo de 6 horas, mientras que Israel lo haría 12 horas más tarde. Si bien las partes violaron el alto al fuego el 24 de junio, luego de unas horas, el presidente iraní declaró que, si Israel no volvía a atacar, Irán no respondería. Con esa declaración, Teherán dio por terminado el conflicto.
Ahora bien, la idea de Trump sobre la “paz” en la región parece estar lejos de concretarse: la guerra en Gaza continúa su curso –como condición que subyace a la reciente conflictividad–, el programa nuclear retomó su curso con el reinicio del enriquecimiento de uranio, e Israel volvió a atacar territorio sirio. En el plano militar, la Cúpula de Hierro israelí resultó debilitada tras el lanzamiento masivo de misiles iraníes, mientras que Israel abatió a varios comandantes de la Guardia Revolucionaria Islámica.
A pesar de estos saldos, la situación actual parecer haber vuelto al punto previo a la guerra, donde ninguna de las partes se había enfrentado directamente, pero las tensiones reinaban en la región.