El 28 de febrero de 2026, Israel y Estados Unidos (EE.UU.) lanzaron una serie de ataques aéreos coordinados contra múltiples sitios estratégicos en territorio iraní, dando inicio al que probablemente sea el enfrentamiento armado más significativo en Medio Oriente en décadas. Lejos de ser un hecho aislado, este estallido representa la culminación de una confrontación que venía escalando en distintos planos desde hace años.
El antecedente inmediato más relevante fue la denominada "Guerra de los 12 días" de junio de 2025, en la que Israel, con el respaldo tardío de EE.UU., atacó instalaciones nucleares, bases militares e infraestructura de mando iraní. La ofensiva causó daños significativos pero no logró desactivar el programa nuclear del régimen, dejando un desenlace inconcluso que sembraría las condiciones para una nueva escalada. A ello se sumó la profunda crisis interna que atravesaba Irán desde finales de 2025, con protestas masivas impulsadas por el colapso económico –un contexto que Israel identificó como una ventana de oportunidad. Esta vez, a diferencia de 2025, EE.UU. no llegaría al final de la campaña sino que la encabezaría desde un inicio.
No obstante, previo a cualquier confrontación abierta, ambos países sostuvieron durante años una llamada "guerra en las sombras", librada a través de los servicios de inteligencia, con sabotajes, operaciones encubiertas y guerra cibernética. Asimismo, frente a la estrategia iraní de dispersar y blindar sus instalaciones nucleares bajo tierra, Israel adoptó una respuesta táctica diferente: apuntar al conocimiento humano que sostenía el programa, ejecutando a varios de sus principales científicos nucleares. Esta lógica de golpear las capacidades de mando y el expertise crítico no sería abandonada en el conflicto actual: en las primeras horas de su ofensiva, Israel volvería a apuntar sistemáticamente a la cúpula del régimen.
Es sobre este telón de fondo –años de guerra encubierta y rivalidad existencial, ciberataques y una escalada que nunca terminó de resolverse diplomáticamente– que debe leerse el conflicto que estalló el 28 de febrero de 2026.
Considerando ese contexto, el 28 de febrero de 2026 Israel puso en marcha lo que denominó “Operación Rugido del León” –en deliberada continuidad con la Operación León Ascendente de junio de 2025–. Del lado estadounidense, el Pentágono bautizó su participación como “Operación Furia Épica”. La campaña fue anunciada por el presidente Donald Trump a través de un video publicado en Truth Social, en el que confirmó el inicio de "operaciones de combate mayores" contra Irán. Vale destacar que, según reveló el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, la operación estaba originalmente planificada para mediados de 2026, pero fue adelantada tras consultas con la administración Trump. "Los desarrollos y las circunstancias –especialmente lo que ocurrió dentro de Irán, la posición del presidente de EE.UU. y la posibilidad de crear una operación combinada– generaron la necesidad de adelantar todo", explicó Katz.
Desde la perspectiva israelí, la justificación de la operación se articuló en torno a tres desarrollos concretos ocurridos tras el cese al fuego de junio de 2025: la reconstitución del arsenal de misiles iraní –que en apenas ocho meses habría vuelto a los niveles previos a la Guerra de los 12 días–, la rehabilitación de sus sistemas de defensa aérea, y la continuidad del financiamiento y armado de milicias proxy en las fronteras de Israel. Netanyahu, por su parte, encuadró la ofensiva en una dimensión que iba más allá de los objetivos militares: "Nuestra operación creará las condiciones para que el valiente pueblo iraní tome su destino en sus propias manos", sostuvo el premier, dejando entrever que la operación también buscaba sentar las bases para un cambio de régimen en Irán.
En términos militares, el desarrollo inicial del ataque fue de una escala sin precedentes en la historia reciente de Israel. En las primeras 12 horas, las fuerzas conjuntas ejecutaron cerca de 900 ataques aéreos sobre territorio iraní, cifra que al final del segundo día ya superaba los 2.000. Los blancos de la fase inicial incluyeron el complejo de la Casa de Liderazgo —residencia y centro de mando del líder supremo Alí Jamenei—, infraestructura de lanzamiento de misiles balísticos en el oeste de Irán, el Cuartel General de la Fuerza Aérea iraní, el Comando de Operaciones y el Comando de Inteligencia de la República Islámica. Para la mañana del segundo día, el ejército israelí afirmó estar próximo a alcanzar la supremacía aérea en el espacio aéreo iraní.
Israel desplegó una lógica focalizada: la decapitación de la cúpula del poder iraní. Las Fuerzas de Defensa de Israel llevaron a cabo ataques de precisión contra tres reuniones simultáneas de altos funcionarios del régimen. Entre las principales bajas de esa primera jornada se encontraban el ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh; el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohammad Hossein Bagheri; el jefe de la Fuerza Quds, Esmail Qaani; y el secretario del Consejo de Seguridad Nacional, Ali Shamkhani. El golpe más significativo fue el ataque contra la Casa del Liderazgo en Teherán, que derivo en la muerte de Jamenei.
Este patrón operativo replica la estrategia aplicada por Israel contra Hezbollah en 2024: no sólo neutralizar capacidades militares, sino desarticular la cadena de mando mediante la eliminación sistemática de sus principales dirigentes. Según trascendió, la inteligencia estadounidense habría monitoreado durante meses los movimientos de Jamenei, aguardando una ventana en la que coincidieran múltiples reuniones de alto nivel.
La muerte de Jamenei constituyó también un hecho sin precedentes en la historia reciente de Irán: el primer Líder Supremo fallecido en un ataque desde la instauración de la República Islámica en 1979, y el primer caso de eliminación de un jefe de Estado en una operación conjunta entre Israel y Estados Unidos. Tras 48 horas de incertidumbre y versiones cruzadas, Teherán confirmó oficialmente su fallecimiento el 1 de marzo y decretó 40 días de duelo nacional.
En los días que siguieron, la campaña israelí se extendió y profundizó. Las FDI convocaron a 70.000 reservistas ante la magnitud de la respuesta iraní, señal de que el planeamiento contemplaba una campaña extendida en múltiples frentes. Los ataques se multiplicaron sobre Teherán, Shiraz y Tabriz, apuntando a centros de mando de la Guardia Revolucionaria, depósitos de combustible e infraestructura de comunicaciones del régimen.
Bajo este marco, Hezbollah rompió el cese al fuego vigente desde noviembre de 2024 y lanzó una serie de ataques con cohetes contra el norte de Israel, en represalia por la muerte de Jamenei. La respuesta israelí fue inmediata y de carácter multidimensional: se ejecutaron más de 70 ataques sobre territorio libanés, incluyendo bombardeos en Dahiye y el sur del país, ampliando rápidamente la escala del enfrentamiento.
Este nuevo frente no sólo representa un desafío operativo adicional, sino también una prueba concreta sobre la capacidad de Israel para sostener un esfuerzo militar simultáneo en múltiples frentes. A diferencia de confrontaciones previas centradas en actores no estatales, Israel enfrenta en esta ocasión un escenario más exigente: la combinación de un frente activo con Hezbollah y una guerra directa contra un Estado de gran escala y elevada capacidad destructiva como Irán.
Hasta el momento que se escribe este artículo, el régimen iraní ha lanzado más de 240 salvas de misiles balísticos y drones contra territorio israelí, con la particularidad de misiles con cabezas de racimo dispersadas en un radio de 8 kilómetros, consideradas indiscriminadas por organizaciones de derechos humanos. En términos de impacto, el balance oficial israelí reporta al menos 15 civiles muertos, más de 3.300 heridos y alrededor de 3.000 personas evacuadas como consecuencia directa de estos ataques.
En suma, a casi tres semanas del inicio de la Operación Rugido del León, el conflicto dista de haber alcanzado un desenlace. Con más de 7.600 ataques ejecutados, Tel Aviv considera que la campaña avanza según lo planificado, habiendo degradado sustancialmente las capacidades militares iraníes, eliminado a la cúpula del régimen, y abriendo la posibilidad de un cambio político en Teherán.
Sin embargo, Israel enfrenta hoy un escenario de alta complejidad, con ataques diarios sobre distintas zonas de su territorio y al menos dos frentes abiertos. El asesinato de Jamenei fue un golpe histórico a Irán, pero no ha sido terminal. Con la designación de Mojtaba Jamenei como nuevo Líder Supremo, el régimen activó sus protocolos de sucesión y mantuvo cohesionado al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), dando una clara señal de que no hay intención de capitulación.
El desafío estratégico se ha redefinido: más allá de la eficacia táctica de la campaña, surge la pregunta sobre sus consecuencias a mediano y largo plazo. La ausencia de canales diplomáticos activos y la resistencia iraní configuran un escenario de conflicto prolongado sin resolución a la vista. Medio Oriente ha ingresado en una nueva fase de inestabilidad cuya duración e impacto regional y global aún no pueden dimensionarse. La confrontación directa entre Israel e Irán, postergada durante décadas, se ha materializado.
FEDERICO BENZAQUEN Y LIC. NICOLE ROSENBERG