El pasado miércoles 23 de septiembre, el rey Salman realizó importantes declaraciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas, las cuales estuvieron claramente teñidas por la rivalidad histórica que el reino mantiene con Irán.
Las autoridades saudíes han demandado una "posición internacional firme" para garantizar que Teherán ponga fin a su programa de misiles balísticos y a su interferencia en los asuntos internos de otros países de la región. Particularmente se apuntó a los aliados proxy de Teherán como es el caso de Hezbollah en el Líbano, cuando se sostuvo que "para que el pueblo fraternal de Líbano logre sus aspiraciones de seguridad, estabilidad y prosperidad, esta organización terrorista debe ser desarmada". El monarca afirmó que sus intentos de “tender una mano” a su vecino iraní llevaron a resultados magros y continúan viendo amenazadas la paz y seguridad internacional.
Por otro lado, Salman mostró su apoyo a “los esfuerzos de la actual Administración estadounidense para lograr la paz en Oriente Próximo llevando a palestinos e israelíes a la mesa de negociaciones para lograr un acuerdo justo y exhaustivo". Sin embargo el monarca saudí no se expresó acerca de la posibilidad de establecer relaciones diplomáticas con Israel, como lo hicieron en las últimas semanas dos aliados regionales, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin. 6 El discurso saudí presentó un fuerte contenido crítico, particularmente respecto al ataque a Aramco en manos de los hutíes. Sin embargo, irónicamente, nada se dijo acerca de su accionar en Yemen calificado como el peor desastre humanitario a nivel mundial, y en el cual ha perdido apoyo de importantes aliados como Emiratos Árabes Unidos. Asimismo la falta de referencia al historial de violación de DDHH del reino, que tiene como caso testigo al asesinato del periodista Jamal Khashoggi, fue otro silencio resonante.