Resumen: la República del Líbano cuenta con un exótico sistema de gobierno: en otras palabras, es una democracia de religiones, donde la confesionalidad habilita o impide el acceso a determinados cargos públicos. Este sistema ha echado raíces en lo más profundo de su ordenamiento jurídico. Al mismo tiempo, posee una alta dispersión en su sistema de partidos políticos, con un electorado que apela a decisiones multidimensionales al momento de la elección. Coyunturas recientes y conflictos de larga data aun irresueltos amenazan la fragilidad del sistema y buscan empujarlo hacia nuevas formas.
La relación entre estado de derecho y adhesión religiosa: tres ejes El Líbano, un pequeño país del Medio Oriente, ubicado estratégicamente en la confluencia de Asia, África y Europa, encarna uno de los sistemas políticos más exóticos del mundo: es una democracia de religiones. Es decir, más allá de la igualdad que las leyes establecen para sus ciudadanos en uno de los marcos de derecho más amplios de la región, el ejercicio del poder en el espacio público gubernamental se reparte según la afiliación confesional, que figura en el documento de identidad y se transmite de padres a hijos, en un contexto en el que los matrimonios interreligiosos están prohibidos. La relación entre esos dos aspectos, el marco liberal de derechos y la manifestación religiosa, se encuentra manifiesto en un complejo entramado político, que cuenta con diferentes componentes: la Constitución Nacional, el Pacto Nacional y el Acuerdo de Taif (Saliba, 2010). Con respecto a la Constitución Libanesa, cabe recordar que con la 1a Guerra Mundial (1914-19) sobrevino la desintegración del Imperio Otomano. Estos territorios quedaron bajo la administración de la Sociedad de Naciones, que lo entregó a terceros Estados para que cooperen con las poblaciones nativas de modo que éstas consigan en un futuro organizar su propio gobierno. Era una manera diplomática de indicar, a la luz de las teorías de superioridad racial de la época, que dichas naciones estaban bajo un régimen de minoridad y no eran capaces todavía de gobernarse a sí mismas. Fue así como la figura jurídica del “mandato” se aplicó a los países de la región: en el caso de Francia, obtuvo en 1920 de manera oficial la administración de Líbano y Siria, porción que le había sido asignada gracias al acuerdo Sykes-Picot, negociado en 1916 con los británicos. En 1926, Francia permitió la promulgación formal de una constitución que establecía la República Libanesa, limitada por la presencia de un Alto Comisionado nombrado desde París y un Senado formado en su mayoría por personas designadas por este representante extranjero. La constitución, sin embargo, consagraba las libertades básicas de igualdad ante la ley (art. 7), protección contra detenciones arbitrarias (art. 8), de religión (art. 9), de educación (art. 10), de prensa y asociación (art. 13), inviolabilidad del domicilio (art. 14) y derecho a la propiedad privada (art. 15). Cabe resaltar que, a pesar de los sucesivos cambios que se realizaron en la carta magna mencionada, todos estos artículos figuraban en su versión original. Es la más antigua del Levante aun en vigencia; en general, las otras sufrieron profundos procesos de reforma. Los cristianos, por su parte, favorecían la presencia francesa, temerosos de que una independencia más completa significaría a la larga el fin de sus libertades y la absorción del pequeño país dentro de la órbita del incipiente nacionalismo árabe que promovían los musulmanes. El sector sunita libanés, por ejemplo, había favorecido durante varios siglos a la dominación otomana, a quienes servían como funcionarios administrativos. Los dos sectores mayoritarios de la población (musulmanes y cristianos) llegaron a un acuerdo para declarar la independencia en octubre de 1943. Por entonces, Europa se
hallaba sumida en la 2a Guerra Mundial (1939-45). Francia estaba gobernada por el régimen de Vichy y desde Londres el movimiento de la Francia Libre buscaba proteger a las colonias de Asia Menor de la influencia de los nazis. En este contexto internacional favorable, el presidente Bechara El-Khoury (cristiano católico) y el primer ministro Riad Al-Solh (musulmán sunita) acordaron oralmente lo que hoy se conoce como “Pacto Nacional”: el Líbano, sin renegar de su asociación espacial y cultural a lo árabe (arabidad), no se vería comprometido en las luchas políticas del nacionalismo regional (arabismo). Los musulmanes renunciarían a los intentos de unión con Siria, y los cristianos dejarían de acudir a Occidente como punto de referencia y protección. Se promovió entonces una reforma constitucional que eliminó la figura del Mandato de la carta magna. El objetivo de ambos líderes era construir un espacio común desde el cual poder afianzar una identidad plenamente “libanesa”. En base al censo de 1932, el único que hasta la fecha ha tenido lugar allí, en el nuevo Estado Libanés se les otorgaba preminencia a los cristianos católicos de rito maronita, pues a ellos estaba reservado el poder ejecutivo en la figura del presidente de la república, y también los mandos supremos de las fuerzas armadas. Era, además, un resorte de seguridad para ese sector de la población. Los musulmanes sunitas se reservaron para sí el cargo del primer ministro, a través del cual el presidente debía ejercer su autoridad política. Asimismo, la Cámara de Diputados se repartía por filiación religiosa, en relación 6:5 a favor de los cristianos; es decir, de un total de 99 legisladores, 54 eran cristianos y 45 musulmanes. Se respetaba en este sentido el espíritu de la constitución de 1926, que ya contenía esta disposición de reparto, con la diferencia de que se eliminaba el Senado, convirtiendo el poder legislativo en una asamblea unicameral. Con respecto a los chiitas, ellos obtuvieron la presidencia de la Cámara, pero, aparentemente, su participación no formaba parte del Pacto Nacional de 1943, sino que se convirtió en una concesión posterior, recién a partir de 1947. El conflicto interreligioso nunca estuvo ausente en la vida de los libaneses, pero nunca tomó carices tan extremos como en 1975, cuando estalló una guerra civil que enfrentó a ambos sectores de la población y provocó el involucramiento directo de Siria e Israel en el conflicto. En ambos casos, la presencia militar de sendos Estados en el territorio libanés se prolongó más de lo tolerable: Israel mantuvo sus posiciones hasta el año 2000, y Siria no se retiró del Líbano sino en 2005. Pero, volviendo a la cuestión más importante, el fin de la guerra recién comenzó a asomar con la redacción del acuerdo de Reconciliación Nacional, realizado en la ciudad de Taif (Arabia Saudita) en 1989. En la misma, el poder ejecutivo pasó del presidente de la república al Consejo de Ministros, que debe reflejar las proporciones religiosas de la Cámara de Diputados. El presidente conservaría, empero, la facultad de disolver la Cámara y nombrar y destituir a los ministros, el mando sobre las fuerzas armadas y la representación del país en el exterior. El órgano legislativo, ahora con 128 miembros, estaba dividido equitativamente entre musulmanes y cristianos. Finalmente, se fijaba como gran objetivo nacional a la eliminación del sectarismo religioso en los organismos de gobierno. En este sentido se restablecería, eventualmente, el Senado, al cual se reservaría el fuero religioso. Estas reformas políticas no fueron suficientes para sanar de inmediato los alcances del terrible
conflicto interno que se prolongó hasta 1990 y dividió los espacios territoriales en guetos religiosos de rígidas fronteras. Estas expresiones del derecho son el resultado de determinados movimientos en la historia del país, y responden, como hemos podido ver, a dinámicas de cambio en la relación de proporcionalidades entre musulmanes y cristianos. En todos los casos, busca respetar un determinado equilibrio. En este contexto de búsqueda de representatividad propia y control del otro, juegan también las particularidades de cada uno de los grupos. Los cristianos católicos de rito maronita y los musulmanes sunitas, involucrados directamente en la construcción de estos grandes acuerdos nacionales, son los que hemos nombrado hasta ahora, pero en realidad ellos no constituyen, en conjunto, más que menos de la mitad del total de la población. Conviven en el Líbano diecisiete grupos religiosos reconocidos por la ley, todos ellos con derecho a representación en la Cámara de Diputados. El siguiente cuadro explica como se expresan las proporciones religiosas en el sistema político vigente1:
CÁMARA DE DIPUTADOS 128 legisladores CONSEJO DE MINISTROS 30 ministros
CRISTIANOS Católicos Maronitas Católicos Melquitas Católicos Armenios
1 En el caso de la Legislatura, las proporciones respetan lo negociado por las partes en el marco del acuerdo de Reconciliación Nacional (1989). No sucede así en el Consejo, donde la proporción de ministros asignada a cada uno de los grupos religiosos es relativo a su capacidad de negociación para formar parte del gobierno. El gabinete solo debe respetar la proporcionalidad básica del 1:1 entre cristianos y musulmanes. La variedad al interior de estas proporciones se construye políticamente, según el posicionamiento de los partidos en relación al grupo o alianza que obtuvo la mayoría en las elecciones. De todos modos, la proporción de ministerios ha variado muy poco en los últimos años: los dos gabinetes formados por el premier Fouad Siniora (2005-08 y 2008-09) y el gabinete de Saad Hariri (2009-11) mantuvo prácticamente estos mismos números que llegan hasta el Consejo actual. La columna “Consejo de Ministros” refleja particularmente el gobierno presidido por Najib Miqati, que juró el 15 de junio de 2011.
Ortodoxos Griegos Ortodoxos Armenios Comunidades protestantes Otros cristianos católicos caldeos, siríacos y romanos; ortodoxos siríacos, asirios y coptos MUSULMANES Sunitas Chiitas Alawitas Drusos Comparten la proporción islámica, a pesar de no sentirse musulmanes JUDÍOS sin representación sin representación TOTAL
Grupos religiosos y partidos políticos Hasta este punto hemos nombrado solamente a algunos pocos grupos religiosos mayoritarios, los cristianos católicos de rito maronita y los musulmanes sunitas, involucrados directamente en la construcción de estos grandes acuerdos nacionales, pero resulta conveniente aclarar que conviven en el Líbano al menos diecisiete confesiones legalmente reconocidas, todas ellas con derecho a representación en la Cámara de Diputados y en el Consejo de Ministros. Por el lado del Islam, las denominaciones reconocidas son: Sunitas: sostienen que el mensaje de Mahoma sobrevivió a través de Abu Bakr, consejero del Profeta. En el territorio libanés, adquirieron visibilidad durante la dominación otomana, que los empleaba par los cargos públicos de relevancia, tales como gobierno y puerto. Chiitas: éstos, en cambio, creen que el legítimo legado del Profeta fue transmitido a Alí, su yerno. Históricamente, han sido un sector de la población
marginado de los grandes debates políticos libaneses que tuvieron lugar antes de la independencia. Alawitas: de marcada proporción minoritaria en el contexto musulmán, deriva del chiismo. Esperan la revelación de un “imán oculto”, y tienden a la divinización de Alí. Están influenciados por un fuerte misticismo. El contexto religioso de los cristianos es aun más variado y complejo: Católicos: el grueso de los miembros de este grupo religioso, en comunión con el Papa, ve mediada esa relación a través de una autoridad episcopal intermedia, el Patriarca, que es elegido por un conjunto determinado de obispos, que conservan algunas costumbres particulares cuya práctica no es común en Occidente pero que la Santa Sede les tolera. En general, estas prácticas afectan al modo de realizar los sacramentos, en general con rituales propios. Los maronitas son el grupo mayoritario, que salió más aventajado en el reparto del poder político. Son también uno de los grupos cristianos de mayor antigüedad en el territorio. Contaban con el favor de los drusos, de los que hablaremos más adelante, a quienes educaban, a cambio de la concesión de determinados privilegios, fundamentalmente la creación de colegios y monasterios y el derecho a la propiedad de la tierra. La presencia de los armenios, por su parte, se vio incrementada durante la represión y las matanzas que el Imperio Otomano llevó adelante para “disciplinar” a este territorio durante los comienzos del siglo XX. En este sentido, son los cristianos de implantación más reciente. En lo que respecta a los caldeos, originarios de Irak, que siempre fueron una minoría en el territorio libanés, su número se incrementó fuertemente durante la década pasada. La guerra de Irak primero y la persecución religiosa llevada adelante por grupos extremistas después, provocaron el éxodo de un gran número de católicos caldeos al Líbano. Otros grupos católicos presentes son los melquitas y los siríacos. También hay católicos romanos, es decir, ajenos a este sistema de sínodos locales y patriarcas de ritos particulares y en directa unión con Roma, pero su número es muy pequeño. Ortodoxos: este grupo, que rompe con Roma en 1054, goza de mayor descentralización y quizá por ello también de una gran variedad. Los hay de rito griego, que constituyen la mayoría, y también armenio, siríaco, asirio y copto. Forman parte de la población más temprana del país, junto con los maronitas y los drusos. De hecho, muchas de las denominaciones católicas son desprendimientos de estos grupos ortodoxos que, tras el cisma, en algún momento de su historia retomaron los lazos con Roma. Protestantes: hay grupos protestantes independientes de las más variadas denominaciones. Son, en general, fruto de los intentos de Gran Bretaña de aumentar su influencia en el país durante el siglo XIX. Un párrafo aparte merecen los drusos, considerados también como un grupo religioso oficializado. Si bien algunos los identifican como un grupo islámico derivado de los
ismaelitas, ellos mismos consideran que profesan un credo de “inspiración islámica” pero que no implica el seguimiento a rajatabla de los mandatos del Profeta. De hecho, no admiten conversos, ya que la transmisión de la fe es un fenómeno “sanguíneo”, y consideran una ofensa a la comunidad los matrimonios con personas que tengan otras creencias. Incluye algunos elementos judaicos y, al igual que los hindúes, creen en la reencarnación. No revelan el depósito de fe a los extraños, incluso la totalidad del mismo está reservada solo a drusos “iniciados”, los mshayekh (singular: sheikh) que se reúnen los jueves por la noche a hacer la lectura del Libro de la Sabiduría (Al-Kitab Al- Hakme). Presuntamente, llegaron al Líbano tras las persecuciones religiosas llevadas en su contra por los sectores islámicos mayoritarios. Durante la dominación otomana, la influencia de este grupo en la montaña libanesa era muy grande. Gozaban de un cierto nivel autonómico allí donde, envestidos con el título de emires, recogían impuestos para la Sublime Puerta y se ocupaban de los temas de ordinaria gerencia. Desde el principio, este trabajo se llevaba adelante con los maronitas, que ejercían como maestros tutores de la nobleza y se ocupaban de labores de secretaría y administración. A las familias maronitas más poderosas, les otorgaban poder de supervisión sobre sus comunidades 2. También se reconoce a los judíos como un grupo religioso oficial en el Líbano. Siempre fueron una minoría muy pequeña, que habitaba en la periferia de Beirut. Prácticamente todos huyeron cuando estalló la guerra civil, en la segunda mitad de la década de los setenta. En lo que respecta a las proporciones, como bien decíamos antes, los últimos datos fehacientes son muy antiguos: datan de 1932, fecha de realización del último censo general. Podemos aportar, sin embargo, algunos números orientativos, que son en resultado de promedios de fuentes más o menos confiables3. Así, los musulmanes
2 Las relaciones druso-maronitas, fundantes en la historia libanesa, son de capital importancia para entender el contexto social libanés de fines del siglo XIX, que marca a fuego el orden jurídico acuñado en el lustro posterior. Por eso, sobre este punto, nos detenemos un instante. Afirma Beinin (2001) que, en lo que respecta a la estructura social libanesa, el gobierno del sultán prefirió no entrometerse, y dejó en cambio la recolección de impuestos a cargo de los notables locales asentados en las áreas rurales, es decir, de los drusos. Los funcionarios imperiales, haciendo referencia a los sunitas, preferían ocupar viviendas en las ciudades costeras, para regular el funcionamiento de los puertos y asegurar la transitabilidad de los caminos. La principal producción de Monte Líbano era la seda en bruto, que se comercializaba con destino a Europa en Beirut y otros puertos. Mientras los maronitas se concentraban en Kaserwan y en el norte, los drusos se asentaron en el centro y en el sur de Monte Líbano, y administraban el poder desde la región de Chouf. Hacia fines del siglo XVII, los maronitas comenzaron un proceso de migración norte- sur, asentándose en los territorios tradicionalmente drusos y sujetándose a las familias nobles del área para trabajar la tierra. Para fomentar la llegada de mano de obra, los príncipes drusos donaron terrenos a la Iglesia. Usualmente, los drusos o bien los monjes cristianos asentados los terrenos donados, empleaban a los maronitas asignándoles la explotación de una porción de tierra. Podían plantar alimentos para subsistencia entre los árboles que debían cuidar (higueras, olivos, almendros). En un plazo no mayor a doce años, podían quedarse con 25-50% del terreno que habían trabajado. 3 Las cifras son, por tanto, aproximadas. Son promedios relativos de los números que figuran en el sitio de noticias Now Lebanon, el CIA World Factbook y la versión en lengua inglesa de la Wikipedia. Es muy
constituyen la religión mayoritaria, con un 58% de adeptos, donde al menos la mitad son chiitas. Luego siguen los cristianos, con 37%, entre los cuales los católicos maronitas (22%) y los ortodoxos griegos (8%) constituyen casi tres cuartos del total. Los drusos son menos (5%), pero conservan una gran influencia, fruto de su historia y de las actuales estrategias políticas de sus líderes para mantenerse en el centro de la escena. Ahora bien, estos grupos religiosos no se manifiestan autónomamente en el contexto de la Legislatura o el Consejo; es decir, no tienen capacidad para presentar candidatos ellos mismos. En cambio, son los partidos políticos los que tienen la capacidad necesaria para organizar a las confesionalidades y darles representación… ¿o viceversa? El sistema de partidos políticos en el Líbano es muy complejo, o lo que para muchos sería un auténtico caos. Es reconocido el aporte de Sartori (1976), a la clasificación de los sistemas de partidos. Es él quien advierte que la clasificación de sistemas de partidos en unipartidistas, bipartidistas y multipartidistas es insuficiente, cree que el primer paso consiste en saber qué partidos importan. En este contexto, importan solo los que tienen capacidad de coalición con el gobierno o bien los que, por su capacidad de chantaje, pueden afectar la táctica y la dirección de la competencia. A través de esta clasificación, logra configurar una serie de categorías que responden a determinados regímenes: De partido único. De partido hegemónico: existe más de un partido, pero solo uno controla todos los resortes del poder político. De partido predominante: existe más de un partido, pero solo uno tiene la mayoría absoluta de los escaños; en la práctica, no existe la rotación. Bipartidismo. De pluralismo limitado: existen entre tres y cinco partidos importantes, todos ellos disponibles para coaliciones gubernamentales. De pluralismo extremo: existen entre cinco y siete partidos importantes, envueltos en una compleja relación. Atomización, donde existen más de diez partidos importantes; no hay competencia real entre ellos. Para saber qué partidos importan en el contexto político libanés, podemos tener en cuenta las siguientes variables: 1. Partidos que cuentan con al menos ocho bancas en el Parlamento (8% del total de las bancas disponibles, que son 128). En este sentido, tendremos en cuenta un
complejo aportar porcentajes de filiación religiosa en el Líbano, esencialmente porque el último censo, como bien dijimos, lo realizaron los franceses en 1932, teniendo en cuenta incluso a los libanes es que vivían en el extranjero.
promedio derivado de las bancas obtenidas en las elecciones generales de 2009 y el reordenamiento que tuvo lugar en 2011, cuando Saad Hariri perdió la mayoría en la Legislatura. 2. Partidos que cuentan con al menos tres asientos en el Consejo de Ministros (10% del total de carteras disponibles, que son 30). 3. Partidos que, a pesar de no tener ocho bancas en el Parlamento y/o no tener más que un asiento en el Consejo de Ministros tienen, por razones de relevancia histórica o circunstancias del momento, gran poder de negociación.
BANCAS EN EL PARLAMENTO ASIENTOS EN EL GABINETE RELEVANCIA 2009 2011 PROM 2011 M. Libre Patriótico 18,50 7 (23%)
Amal 2 (6,66%) Poseen la presidencia de la Cámara de Diputados Hezbolá 2 (6,66%) Único grupo político que conserva armamento después del acuerdo de Taif P. Progr. Socialista 3 (10%)
M. de la Gloria 3 (10%) El primer ministro pertenece a este partido M. del Futuro
Fuerzas Libanesas
Kataeb Le dio al país dos
presidentes, conservan gran prestigio Según las categorías establecidas, podríamos ubicar al sistema de partidos políticos del Líbano bajo la clasificación de pluralismo extremo, fronterizo con la atomización. El electorado libanés es complejo y presenta una alta dispersión del voto, dada la competencia multidimensional por los sufragios de los electores que se establecen entre los partidos. Podríamos enumerar, como dimensiones posibles, el lugar de residencia, la religión que profesa, la ideología que el partido representa, el líder que conduce el partido, etcétera. Estas dimensiones generan tantas combinaciones posibles, que poseen prácticamente sostienen electorados cautivos, ya que para cada combinación hay una expresión política posible. Sartori indica que los sistemas de este tipo las oposiciones suelen jugar sucio, incluso arriesgando la estabilidad del sistema. La prevalencia de impulsos centrífugos, propios de un discurso radicalizado, impide la formación de acuerdos. Las diferencias, al mismo tiempo, exceden lo político, para disentir en cambio en cosmovisiones generales. Son por tanto oposiciones mutuamente excluyentes, incapaces de cooperar entre sí. Suele existir un partido de centro, en el que convergen las polarizaciones, pero cuya estabilidad es muy frágil, afirma el autor. Si bien el límite establecido por Sartori es de siete partidos que forman un sistema de estas características, por más que la clasificación que nosotros construimos incluya ocho, no creemos estar incurriendo en concept stretching ni mucho menos. La inclusión de Kataeb en la lista, en efecto, puede ser discutida. Pero consideramos que, debido al prestigio relativo que posee en el Líbano y también entre los libaneses de ultramar, en particular entre los maronitas de Argentina, lo vuelven un actor a considerar dentro del juego político libanés, por más que en la Madre Patria esté perdiendo el apoyo que de antaño supo tener. Los partidos libaneses tienen un fuerte arraigo local. En general, no hay representaciones de un mismo partido en todo el territorio nacional. Esto, en un territorio especialmente cantonalizado bajo criterios religiosos tras la guerra civil de 1975-90, tiene particular relevancia. Por otro lado, y en estrecha relación con la visión parroquial que acabamos de mencionar, es habitual que los grupos estén conducidos por familias de estirpe. El Movimiento del Futuro, por ejemplo, fue liderado por Rafic Hariri, que fue sucedido por su hijo Saad. El Partido Progresista Socialista (PPS) es otro caso: Kamal Joumblatt, su fundador, fue secundado tras su muerte por su hijo Walid, y es actualmente Taymour, el hijo de éste, quien está comenzando a asistir a algunos encuentros en nombre de su padre. Otro caso lo constituye el Partido Falangista (Kataeb): el fundador, Pierre Gemayel, legó el liderazgo del mismo a su hijo Amin, y el hijo de éste, Sami, es actualmente un diputado en proceso de creciente visibilidad pública.
Asimismo, si bien no podemos dejar de incluir la dimensión ideológica, vale destacar que la misma es, en muchos aspectos, más bien flexible, es decir, está dotada de una alta carga de pragmatismo y sentido de la oportunidad que le permite a los partidos cambiar rápidamente el juego de alianzas sin remordimientos históricos de ningún tipo. Distanciamientos mortales entre uno y otro grupo pueden solucionarse en las elecciones posteriores, para revivir más tarde incluso con mayor intensidad. El PPS, por ejemplo, se alió con Movimiento del Futuro en 2005 para cambiar de orientación en 2011, encontrándose hoy en connivencia con Herbolé, con quienes los integrantes del PPS estuvieron duramente enfrentados, incluso a través de las armas, durante las escaramuzas de 2008. En conclusión, pareciera ser entonces que los partidos son las expresiones políticas de las religiones: revisando las regiones donde estos grupos son particularmente fuertes, además de la identificación confesional de sus líderes y la actuación de éstos durante la última guerra civil libanesa, comprobamos que Amal y Hezbolá son principalmente chiitas, el Movimiento del Futuro agrupa a los sunitas, el PPS a los drusos y el Movimiento Libre Patriótico (MLP), Kataeb y Fuerzas Libanesas representan a facciones maronitas. Es decir, a los libaneses no los divide el proyecto político en sí mismo, sino, en primer lugar, la confesionalidad arraigada al cantón en el que viven. Los líderes partidarios, por tanto, son más bien representantes sectoriales, imposibilitados de tener proyección nacional.
Un cambio de paradigma Hemos visto como el sistema político-social que impera en el Líbano es un complejo sistema de pesos y contrapesos que requiere constantes retoques. Así como la crisis de 1958 derivó en una década de reformas que promovieron el entendimiento entre musulmanes y cristianos y la guerra civil de 1975-90 culminó en un nuevo reparto de bancas en la Legislatura, uno de los sucesos más importantes de la historia libanesa reciente fue el conjunto de movilizaciones que tuvieron lugar tras el asesinato del primer ministro Rafic Hariri el 14 de febrero de 2005 en Beirut. Este suceso empujó, a nuestro entender, un reacomodamiento en el sistema de democracia de religiones. La Constitución Libanesa establece en su art. 49, inc. II que el presidente de la República dura en su cargo seis años y no puede ser relecto inmediatamente, sino hasta seis años después de que expire su mandato. Sin embargo, en la práctica, tras la guerra civil, Elias Harawi, elegido en 1989, no culminó su presidencia en 1995 sino en 1998, tres años después, gracias a una ley especial de emergencia, votada por el Parlamento. Su sucesor, Émile Lahoud, pretendía gozar del mismo privilegio, y contaba para ello con el apoyo del gobierno de Siria, que mantenía en el Líbano unos catorce mil
soldados4. El año 2004 estuvo particularmente cargado de tensión política, ya que el popular primer ministro Rafic Hariri se mostró en contra de este intento del presidente y, en cambio, pidió la realización de las elecciones previstas. En agosto de ese año, Rafic Hariri fue convocado a Damasco, para sostener una serie de conversaciones con el presidente sirio Bashar Al-Assad. Allí, abordaron la cuestión de la reelección del presidente Lahoud: “Abu Bahaa5, en Siria siempre te hemos tratado como un amigo y como el Primer Ministro del Líbano. Hoy también te hablo en tu calidad de amigo y de Primer Ministro del Líbano. En vista de las difíciles circunstancias que se observan actualmente en la región, y particularmente en el Líbano, opinamos que sería conveniente para el Líbano mantener la continuidad del régimen prorrogando el mandato del Presidente Lahoud” (Mehlis, 2005)6. El presidente Assad le pidió entonces a Hariri que apoye el “mandato complementario” del Jefe de Estado. Esta petición respondía a problemas externos, como la delicada situación en Palestina e Irak, y también internos, ya que las intenciones de Lahoud no tenían el respaldo popular, menos aun si Hariri, que lideraba la mayoría en el Parlamento, se mostraba en contra de la misma. Además, se estaba negociando en el Consejo de Seguridad la resolución 1559, que invitaba al retiro de todas las tropas extranjeras del territorio libanés, dando un tiro por altura al ejército sirio estacionado en el Líbano. Por tanto, al entender de Assad, realizar elecciones en el Líbano ese año no resultaba conveniente. Algunas declaraciones indican que la conversación subió de tono, y que Assad llegó a afirmar “Lahoud soy yo”7. Finalmente, en octubre, Hariri pidió a sus diputados que voten a favor de la ley especial constitucional que permitía la extensión del mandato de Lahoud. Al mismo tiempo, las elecciones previstas par la Legislatura serían pospuestas hasta el año próximo, prorrogando la duración de los diputados en sus bancas por algunos meses.
4 Para mayores detalles se puede visitar el sitio online http://www.nowlebanon.com/Sub.aspx?ID=169&MID=26&PID=25&FParentID=23&FFParentID=3 (consultado 30/7/2012) 5 Es habitual referirse a una persona con la que se tiene un cierto grado de confianza a través del nombre de su hijo varón de mayor edad, precedido por “Abu” en el caso del padre y “Omm” en el caso de la madre. El ex premier era padre de cinco hijos, una mujer, Hind, y cuatro varones, el mayor de ellos llamado Bahaa (1966), a cargo de las empresas familiares; los otros son Saad (que se dedicó a la política), Hossam (fallecido en un accidente en 1990), Ayman y Fahd. 6 Así lo declaró Rustum Ghazali por escrito al jurista Detlev Mehlis en agosto de 2005, cuando este último estaba a cargo de la Comisión de Investigación Internacional Independiente de las Naciones Unidas (UNIIIC), responsable de las pesquisas por el asesinato de Rafic Hariri. Ghazali era, hasta entonces, jefe de la inteligencia siria en el Líbano y parte del círculo íntimo del presidente Assad. 7 Estas declaraciones que realizó el presidente del PPS libanés, Walid Joumblatt, figuran también en el informe preparado por Detlev Mehlis que mencionamos arriba y citamos en la bibliografía.
Inmediatamente más tarde, Hariri presentó su renuncia al cargo de primer ministro, afirmando que volvería en el 2005 a buscar el respaldo en las urnas para él y su partido. Mientras, la popularidad del presidente Lahoud cayó aun más y la opinión pública se polarizó en torno a este asunto. Por tal motivo, Omar Karami, un sunita leal a Lahoud, asumió la presidencia del Consejo de Ministros. El 14 de febrero de 2005, poco después del mediodía, Rafic Hariri moría en un atentado en pleno centro de Beirut. La intervención de la comunidad internacional no se hizo esperar y se conformó una comisión investigadora. Los primeros resultados apuntaban a Hezbolá, funcionarios del gobierno sirio y personal de seguridad del Poder Ejecutivo libanés. Otros culpaban a Israel y hablaban de un complot para causar el caos en el Líbano. La gente se volcó masivamente a las calles, algunos para respaldar a Siria y otros tantos para exigir a salida del ejército extranjero del Líbano y la renuncia del premier Karami. Este tipo de manifestaciones no se había visto nunca en el Líbano, al menos no desde las protestas de 1943 y el paro general que derivaron en la declaración de independencia. Lo cierto es que Karami renunció el 28 de febrero de ese año y en abril las tropas sirias estacionadas en el Líbano volvieron a su país. El Líbano se prestaba a tener sus primeras elecciones sin la presencia siria en décadas. El panorama era alentador, pero la pregunta fundamental era sobre los cambios que esto produciría, con la partida del “Gran Elector”, que con su presencia atemperaba el impacto del disperso sistema de partidos en la Legislatura. Es entonces cuando ocurrió el fenómeno de cambio en el sistema de partidos. La polarización en torno a la presencia siria, de la cual el asesinato de Hariri fue solo un detonante, generó una nueva lógica de alineamiento, distinta a la división religiosa entre cristianos y musulmanes que hasta entonces había imperado y los obligaba a acordar. Se formaron dos grandes alianzas electorales y surgió de manera imprevista también un tercer componente: Por un lado, la Alianza 8 de Marzo, que agrupaba a Hezbolá y Amal, tradicionalmente enfrentados por el liderazgo del chiismo, a los que se sumaba el MLP, un partido de tradición cristiana, que le permitía a la coalición acceder a los puestos más altos del de poder. Este grupo denunciaba la intromisión de Israel y Estados Unidos en la política libanesa y planteaba su solidaridad con Siria, conjuntamente con la voluntad de formar con ella un frente para resistir los embates extranjeros que buscaban, aparentemente, debilitar al bloque regional. Por otro, la Alianza 14 de Marzo, cercana a Estados Unidos y la Unión Europea, que acusaba a los sirios por el asesinato de Hariri y exigía al Hezbolá que entregue las armas. Este partido aglutinaba a la mayoría sunita del Movimiento del Futuro y a los partidos cristianos menores de Fuerzas Libanesas y Kataeb. Llamativamente, operará con independencia un tercer actor político, el PPS, que se sumará a la violenta prédica antisiria del 14 de Marzo durante 2005-11 para
volcarse desde entonces al 8 de Marzo y su postura anti-imperialista. Fue su estratégico número de diputados el que, con sus vaivenes de opinión, le permitió primero al 14 de Marzo formar gobierno en 2005, bajo los premieres Siniora y Hariri h., y luego al 8 de Marzo a partir de 2011, bajo la presidencia en el Consejo de Najib Miqati. Nuestra postura consiste entonces en afirmar que, tras la crisis política de 2005, la democracia de religiones tomó una nueva forma que acabó debilitando el lazo entre política y confesionalidad en el Líbano. Se comenzó a observar un nuevo fenómeno: la crítica interna a los jeques del partido y la adhesión de los votantes a candidatos con los que no comparten su filiación religiosa. Ya no es el credo la base de la asociación política, o no parece serlo; en cambio, se han comenzado a derribar los muros de separación construidos tras la guerra de 1975-90. Los grandes debates actuales, entre los que podemos nombrar la posesión de armas del Hezbolá, las relaciones con Occidente, Irán, Israel y especialmente Siria, la deuda social y el desempleo, son tópicos cuyo diálogo resulta mucho más practicable y permite, al menos, ser un poco más optimista sobre el proceso de reconciliación nacional e integración social que se abrió tras la guerra civil. Es, entonces, una nueva coordinación entre las ocho “fuerzas políticas que realmente importan” que clasificamos en el apartado anterior la que permitió brindar una mayor solidez al sistema de partidos libanés. No se eliminó la dispersión de votos, pero sí se aplacó de cierto modo el problema de la multidimensionalidad: los electores siguen votando a los partidos locales, simplemente porque no existen partidos que abarquen todo el territorio, pero ahora son más conscientes de que los grupos políticos a los que ellos sufragan tributan lealtad a una determinada coalición nacional, con posturas muy distintas a la de la alianza rival. Por tanto, el lazo de la religión con la política no se eliminó, pero sí se debilitó. Pero, por otro lado, los problemas surgen cuando, por voluntad de diferenciación y con auténticas demandas antisistema, cargadas de enorme irresponsabilidad, una coalición defenestra a la otra. El proceso de cambio de más independencia tras la salida de Siria y más diálogo tras la formación de estas coaliciones quedó truncado por la violencia discursiva entre ambas alianzas, que en 2008 implicó incluso choques armados. La negativa radical de Hezbolá de abandonar las armas y su demanda de respaldar al gobierno de Al-Assad, así como la voluntad del Movimiento del Futuro de perseguir y buscar a los asesinos de Hariri a cualquier precio, pretendiendo imponer a todo el país la investigación que lleva adelante la ONU, impide la búsqueda de soluciones comunes a los grandes problemas cotidianos de los libaneses y congela los procesos de reforma. Por eso, esa solidez que aportó el proceso de cambio mencionado ha sido, a largo plazo, muy relativa, sin por ello dejar de ser positiva.
Soluciones de fondo La democracia de religiones, en tanto sistema político, deja mucho que desear, más en el plano de la igualdad que en el de las libertades, pero también en este último. La valorización del sujeto político como ciudadano de distinta categoría en tanto profesante de una determinada secta religiosa, que lo habilita o lo proscribe para acceder a determinados cargos públicos bajo un criterio distinto al de la capacidad o a la libre lucha por los votos, actúa en detrimento del concepto mismo de ciudadanía democrática y también mina los procesos de participación, sectorizándolos y por tanto empobreciéndolos de debate y diferencias de opinión. Ahora bien, ¿cómo acabar entonces con la democracia de religiones, que ha probado ser, si no falsa democracia, al menos una democracia fuertemente disminuida? Un sector sostiene que eliminar el confesionalismo es imposible, dadas las características del país. Recuerdan, por un lado, que la historia nacional ha sido atravesada por los acuerdos confesionales con impacto en la vida pública de los libaneses y, además, se preguntan qué sería de las minorías religiosas que encontraron asilo en el Líbano. Esta última no sería más que una pregunta capciosa, porque la libertad de cultos está garantizada en la constitución. En cuanto a la primera, corresponde que digamos que más allá de los acuerdos entre minorías religiosas que han marcado sin duda la historia del país, lo más peligroso ha sido el uso que terceros Estados han hecho de ello para influir en el territorio y sus vecinos en una región de importancia meridiana. Proponen, por su parte, crear regiones autónomas en todo el país, y convertir al gobierno central en un organismo confederal. Asombrosamente, esto acentuaría los guetos en lugar de integrar a la población. Otro grupo, en cambio, cree que, si bien el confesionalismo no puede ser extirpado del todo, sí se puede relegar su presencia al ámbito de un Senado. Este organismo, al cual se le confiaría el fuero religioso y en el cual la representación sería confesional, se ocuparía de temas de trascendencia nacional especialmente confiados por una ley. La Cámara de Diputados, por su parte, se integraría en base a elecciones aconfesionales y sería responsable de la legislación general. Ello tendría efectos positivos también en el Consejo de Ministros. Este proyecto está presente incluso en la constitución libanesa (art. 22) y fue incluido después de que se celebraron los acuerdos de Taif. Entre los que respaldan la creación del Senado, se cuenta al presidente de la República, Michel Sleiman8.
8 Para mayores detalles se puede visitar el sitio online http://www.nowlebanon.com/NewsArchiveDetails.aspx?ID=86293 (consultado 30/7/2012)
Los integrantes de la Alianza 8 de Marzo, mientras tanto, presionan para lograr también lo que según ellos sería una reforma necesaria del confesionalismo libanés. El debate sobre su eliminación o no es algo que debería darse, pero el punto fundamental ahora es que la distribución de las bancas está desactualizada. En cambio, proponen un sistema de tercios: un tercio de las bancas para los cristianos, uno para los musulmanes chiitas y uno para los musulmanes sunitas. La proporción de los drusos sería aportada en partes iguales por porcentajes de las bancas chiitas y sunitas. Esta debería ser, a su criterio, la primera reforma que, quizá, posibilitaría procesos de cambio más profundos 9. En el extremo, se ubican los militantes de Laique Pride, un nutrido grupo de jóvenes que organizan, desde hace ya tres años, una marcha anual por Beirut, con distribución de trípticos por todo el país, reclamando que la confesionalidad religiosa sea arrancada del ámbito público y quede relegada al ámbito privado. Recientemente han ampliado sus demandas, para incluir también otras vinculadas a la emancipación de la mujer y pidiendo el fin de la censura en el cine. Su principal debilidad reside en su negativa a participar y/o organizarse políticamente y en su nula llegada a los sectores más relegados económica y socialmente (El-Houri, 2012). Sin embargo, poseen una interesante presencia en los medios de comunicación y cuentan con el ímpetu de la juventud, en su mayoría formada en centros universitarios. El proyecto más sensato parece ser aquel que implica poner en marcha los mecanismos constitucionales previstos para perfeccionar la democracia en el Líbano. Lleva dormido en los cajones más de dos décadas. No resulta difícil imaginar al presidente colocándose al frente del diálogo nacional: de hecho, ha comenzado a hacerlo, para abordar otros temas como el armamento de Hezbolá o la concreción de un plan de desarrollo económico consensuado entre las partes. Pero sus intentos y los de aquellos de buena voluntad de abordar los asuntos más profundos de la sociedad se ven minados de manera constante por la situación de crisis crónica entre las alianzas, que coloca a los gobiernos libaneses en engorrosos procesos de toma de decisiones y en una instabilidad constante e incómoda que impide gestionar adecuadamente. Khalaf (2002) afirma que el gran problema de los libaneses es la radicalización de las solidaridades comunales, es decir, los lazos de las subcomunidades religiosas están por encima de la identidad de libanés. Esta radicalización es temporal, pero cuando se exacerba, lleva al borde del cisma. Ello implica otros problemas de mayor tenor: 1. Las rivalidades locales-globales presentes en la región intervienen para favorecer un determinado sector en pugna, incrementando el conflicto.
9 Para mayores detalles se puede visitar el sitio online http://www.yalibnan.com/2012/07/22/mp-hashem- taef-accord-is-dead/ (consultado 30/7/2012)
2. Ante el enfrentamiento, las solidaridades comunales se fortalecen aun más, volcándose a sus pares dada la situación de conflicto y generando necesariamente la diferenciación amigo-enemigo. 3. El proceso de “retribalización” descrito en el punto anterior desemboca en un cono de violencia que se incrementa con el paso del tiempo, debido a los rencores acumulados entre los sectores en conflicto. La educación tribal invita a “no olvidar”. Cuando todos pensaban, continúa Khalaf, que el marxismo y la modernidad se llevarían entre sus olas a conceptos conservadores tales como la familia y la religión, no ha sido así en todos los sitios, y Líbano es un ejemplo de ello. Finalmente, Khalaf sostiene que el proceso de secularización debe venir acompañado de estrategias de inclusión económica de los sectores más postergados y el empoderamiento de la Sociedad Civil, fomentando el espacio público como lugar de encuentro y la política partidaria como la expresión más acabada de esa toma del poder.
A modo de conclusión El panorama es, ciertamente, desalentador, pero el país no está perdido, al menos no del todo. La población ha comenzado a tomar las calles a través de movilizaciones y cortes en reclamo por derechos sociales: la remuneración de las empleadas domésticas, los derechos de las madres solteras sobre sus hijos, la representación política de los libaneses emigrados, el estatus de las minorías sexuales, los constantes cortes de suministro eléctrico, etc., son solo algunos ejemplos de manifestaciones públicas recientes en las calles de Beirut, que lleva el pulso del país. Estos fenómenos no se habían visto nunca en el Líbano. La presencia de los ciudadanos en los espacios públicos, adueñándose de los mismos, aunque no sea más que para protestar, nunca deja de tener mucho de positivo. Kamal Salibi (1988) afirma que los lazos de solidaridad entre los libaneses se crearán necesariamente después de un proceso conjunto de descubrimiento del “¿qué somos?” que la historia pueden resolver. ¿Qué son los libaneses? ¿Adónde se dirigen? ¿Cómo se presentan al mundo? Son preguntas que necesariamente implican repensar la historia. Es imposible borrar las identidades “espirituales”, que son de hecho irreductibles, pero no debe impedir forjar una identidad común, resultante de la reflexión sobre el pasado, el presente y los proyectos. Los chiitas buscan ampliar su intervención en el espacio público, los maronitas también, y así cada uno de los grupos, pero… ¿quién piensa en qué es lo que quieren los libaneses, qué es lo que les conviene? Khalaf también apunta a la cuestión de la historia-memoria colectiva como un camino para la reconciliación nacional y el paso necesario para dejar atrás el confesionalismo. Construir una nueva identidad no implica solo olvidar para sanar las heridas de la guerra civil, sino también
recordar, es decir, saber qué es lo que debemos recordar de ello; en resumen: qué hemos aprendido. La crisis es, en definitiva, una escuela sobre nosotros mismos y la sociedad en la que vivimos.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
BEININ, Joel: “Workers and peasants in the modern Middle East”, Cambridge University Press, Cambridge (Reino Unido), 2001 – pág. 11 SARTORI, Giovanni: “Partidos y sistemas de partidos: marco para un análisis”, Ed. Alianza, Madrid (España), 1976 MEHLIS, Detlev (comp.): “Mehlis Report. Report of the UNIIIC established pursuant to the Security Council”, Cap. II: “Background”, Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Nueva York (Estados Unidos), 20 de octubre de 2005 – pág. 6 http://www.un.org/News/dh/docs/mehlisreport/ SALIBA, Issam: “Lebanon: Constitutional Law and the Political Rights of Religious Communities”, The Law Library of Congress, Washington DC (Estados Unidos), 2010 http://www.loc.gov/law/help/lebanon-constitutional-law.php#national SALIBI, Kamal: “A house of many mansions. The history of Lebanon reconsidered”, Cap. XII: “A house of many mansions”, Ed. Tauris, Beirut (Líbano), 1988. KHALAF, Samir: “Civil and uncivil violence in Lebanon. A history of the internationalization of communal conflict”, Cap., Ed. Columbia University Press, Nueva York (Estados Unidos), 2002 EL-HOURI, Walid: “On Laic Pride: secularism without politics”, diario Al-Akhbar, Beirut (Líbano), 3 de mayo de 2012 http://english.al-akhbar.com/content/laic-pride- secularism-without-politics
BIBLIOGRAFÍA GENERAL
INTERNATIONAL FOUNDATION FOR ELECTORAL SYSTEMS (IFES): “The Lebanese Electoral System”, IFES Lebanon Briefing Paper, Beirut (Líbano), Marzo de 2009 – www.ifes.org
PAN, ESTHER: “Lebanon: election results”, Council on Foreign Relations, Washington DC (Estados Unidos), 20 de junio de 2005 - http://www.cfr.org/lebanon/lebanon- election-results/p8195 CIA World Factbook - www.cia.gov/library/publications/the-world-factbook/ Wikipedia – www.wikipedia.org
DIARIOS LIBANESES ONLINE Now Lebanon – www.nowlebanon.con Ya Libnan – www.yalibnan.com The Daily Star – www.dailystar.com.lb