En este número:
Escalada regional: nueva fase del conflicto entre Israel y Hezbollah
El Líbano atraviesa una nueva fase de intensificación del conflicto. Israel ha llevado a cabo cientos de ataques contra objetivos dentro de territorio libanés y mantiene posiciones militares en el sur del país.
Durante el fin de semana el Ministro de Defensa israelí declaró que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) han iniciado una operación terrestre en el Líbano; las tropas cercaron la ciudad de Khiyam, en el sur del país, y avanzaron hacia el oeste, en dirección al río Litani.
El avance del ejército israelí se desarrolla de forma gradual, mediante la ocupación de colinas y puntos elevados que dominan carreteras y valles. Desde estas posiciones es posible vigilar movimientos, anticipar ataques y controlar rutas estratégicas, lo que algunos analistas interpretan como un intento de establecer una línea de seguridad dentro del territorio libanés. Sin embargo, Hezbollah ha desarrollado durante años una red de posiciones dispersas, depósitos de armas y estructuras subterráneas que le permiten mantener operaciones.
La idea de una franja de seguridad en el sur no es nueva, Israel mantuvo una zona ocupada en esa región durante casi dos décadas. Aquella presencia terminó contribuyendo a reforzar la legitimidad de Hezbollah como movimiento de resistencia dentro de la política libanesa.
La ofensiva israelí no se limita al plano militar. Los ataques contra infraestructura y las evacuaciones masivas afectan al entorno social donde Hezbollah tiene su base política y comunitaria. El desplazamiento de poblaciones y el vaciamiento de barrios y pueblos fragmentan las redes sociales y logísticas que sostienen al grupo. Según reportes oficiales, al menos 859 personas han muerto tras los ataques israelíes iniciados el pasado 2 de marzo.
El conflicto ha generado una grave crisis humanitaria. El gobierno libanés estima que cerca de
850.000 personas han abandonado sus hogares, los refugios para desplazados se encuentran saturados y muchas personas viven en condiciones precarias, incluso en la calle.
CHABELA PONCE
La cautela hutí frente al complejo escenario regional
La reciente escalada del conflicto en Medio Oriente, marcada por operaciones militares de Israel y Estados Unidos (EEUU) y el asesinato del líder supremo iraní, ha generado un punto de inflexión en la dinámica regional. Este escenario no sólo profundiza la confrontación interestatal, sino que impacta directamente sobre la red de actores no estatales alineados con Teherán, conocida como el “eje de la resistencia”.
En este marco, el debilitamiento del liderazgo iraní plantea interrogantes sobre la capacidad de coordinación, proyección y respuesta de sus aliados regionales. Particularmente, el caso de los hutíes en Yemen permite analizar cómo un actor proxy redefine su comportamiento en un contexto de incertidumbre estratégica.
Su aparente cautela no responde únicamente a una decisión voluntaria de moderación, sino que se inscribe en un escenario de fragmentación del eje de la resistencia, sumado a restricciones internas y presiones externas. Estos factores limitan su margen de acción y redefinen su comportamiento estratégico.
El debilitamiento del eje de la resistencia
Históricamente, el eje de la resistencia se estructuró sobre tres pilares: la autoridad ideológica del liderazgo iraní, la articulación logística del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y la continuidad territorial garantizada por Siria. Sin embargo, los recientes acontecimientos han erosionado simultáneamente estos tres elementos, generando una fragmentación sin precedentes.
La disrupción de las cadenas de mando, la interrupción de las rutas logísticas y la pérdida de cohesión estratégica han transformado al eje en un entramado de actores cada vez más autónomos, y con menor capacidad de coordinación. En este marco, las respuestas de sus integrantes ya no responden a una lógica unificada, sino a cálculos situacionales específicos.
En este contexto, resulta pertinente analizar el comportamiento de los aliados de Irán en la región. Tras un breve período de cautela, Hezbollah intensificó su accionar mediante el lanzamiento de cohetes hacia el norte de Israel, lo que derivó en una respuesta aérea a gran escala por parte de este último. Diversos análisis coinciden en que esta escalada no obedece principalmente a un gesto de solidaridad con Teherán, sino a una lógica de supervivencia. En efecto, el objetivo central parece ser la disuasión de una posible ofensiva israelí de mayor envergadura.
Esta dinámica se inscribe en una transformación del entorno estratégico regional. La caída del régimen de Bashar al-Asad a fines de 2024 implicó la interrupción del corredor terrestre que históricamente garantizaba el abastecimiento logístico del grupo. En consecuencia, la incertidumbre en torno al apoyo iraní y la fragilidad de sus canales de financiamiento y provisión militar colocan a Hezbollah en una posición de creciente vulnerabilidad, condicionando así sus decisiones operativas.
En contraste con el comportamiento del grupo libanés, los hutíes han adoptado hasta el momento una postura relativamente cautelosa frente al escenario regional. Si bien el líder del movimiento,
Abdel-Malik al-Houthi, ha reafirmado públicamente su capacidad militar y su disposición a responder ante eventuales agresiones, su discurso ha tendido a desplazar el foco de la confrontación hacia Irán, sugiriendo que la iniciativa de la respuesta recae en Teherán. Esta ambigüedad retórica puede interpretarse como una estrategia orientada a evitar una implicación directa e inmediata en el conflicto. A pesar de sus estrechos vínculos con el eje iraní, el grupo opera en un entorno geográfico y político particular, enfrentando un conjunto de condicionantes internos y externos que complejizan cualquier decisión de involucrarse de manera directa en el conflicto.
Restricciones internas y externas
La postura adoptada por los hutíes puede explicarse a partir de factores internos y externos que reducen su margen de maniobra. En primer lugar, la dinámica interna se encuentra condicionada por un cambio de rumbo por parte del gobierno reconocido internacionalmente. Éste ha intensificado su retórica ofensiva e incluso ha insinuado la posibilidad de una operación terrestre para recuperar la capital, Saná, bajo control hutí. En este contexto, una escalada externa podría traducirse en una vulnerabilidad al exponer al grupo a una ofensiva simultánea desde el interior.
En el plano externo, la presión económica introduce una restricción adicional caracterizada por un aumento de los costos del transporte marítimo. En los últimos días, diversas compañías navieras internacionales informaron la imposición de nuevas tasas por “riesgo de guerra” que implican aproximadamente 3.000 dólares por cada contenedor con destino a Yemen.
Este fenómeno adquiere especial relevancia en un país que depende de la importación de cerca del 90% de sus alimentos y bienes esenciales. Asimismo, dicha medida se produce en un contexto crítico, en el que Naciones Unidas ha vuelto a advertir sobre el deterioro de la situación humanitaria, dónde aproximadamente el 65,4% de la población —unos 23,1 millones de personas— requerirá asistencia urgente durante el presente año.
En consecuencia, estas dinámicas podrían traducirse en aumentos significativos en los precios del combustible, los alimentos y otros productos básicos, profundizando así la crisis existente.
En conjunto, estos factores permiten sostener que la decisión hutí responde menos a una estrategia de moderación que a una lógica de adaptación frente a un entorno altamente restrictivo. En este sentido, su comportamiento refleja una respuesta condicionada por la convergencia de presiones internas, limitaciones materiales e incertidumbre externa.
Escenarios probables
El accionar demostrado hasta ahora permite observar que los hutíes buscan, de manera deliberada, evitar un enfrentamiento directo. De mantenerse esta línea, el grupo podría optar por una escalada controlada mediante operaciones simbólicas o tácticas de presión cuidadosamente planificadas, que permitirían demostrar su solidaridad con Irán. De esta forma, preservaría la cohesión de su base interna y evitaría un ataque a su infraestructura militar en un contexto de inestabilidad regional.
Igualmente, existe la posibilidad de canalizar su influencia a través de frentes alternativos, como el Mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb. Esta región, crucial para las rutas comerciales y
energéticas mundiales, ha sido utilizada por los hutíes como herramienta de presión mediante ataques o amenazas al transporte marítimo, permitiéndoles participar indirectamente en la confrontación y enviar un mensaje político y militar sin confrontar abiertamente a Israel.
No obstante, si el curso de la guerra se intensifica o representa una amenaza directa a sus intereses o a los de Irán, los hutíes podrían verse obligados a replantear su estrategia y reconsiderar emplear un rol más activo en el conflicto.
AGOSTINA CASTRO
Siria en el actual escenario regional: cautela estratégica ante la guerra con Irán
Siria ocupa una posición ambivalente frente al actual conflicto de Estados Unidos (EEUU) e Israel contra Irán. Si bien no participa directamente en la confrontación, resulta evidente que no será inmune a sus efectos. Damasco mantiene vínculos estructurales con el régimen iraní, debido a que históricamente Siria integró el llamado “Eje de la Resistencia”, actuando como corredor logístico entre Irán y Hezbollah. Sin embargo, en el contexto actual –marcado por la caída de Bashar al- Assad y la propia fragilidad institucional interna luego de años de conflicto y crisis económica– su capacidad de acción y participación directa se encuentra considerablemente limitada. No obstante, el territorio sirio continúa siendo un espacio estratégico donde se proyecta la confrontación, lo que lo consolida como un actor geopolíticamente relevante.
En este sentido, Siria funciona principalmente como un escenario de operaciones indirectas y proyección de fuerza por parte de los actores en disputa. La presencia de fuerzas israelíes en el sur del país, así como también las incursiones de este régimen para combatir a los grupos pro iraníes son un claro ejemplo de esta dinámica. En línea con ello, el pasado viernes 13 de marzo, el representante permanente de Irán ante Naciones Unidas, Amir Said Iravani, denunció ante el Consejo de Seguridad que la ocupación israelí de territorio sirio –incluido el Golán– y sus actividades militares representan una amenaza directa para la estabilidad regional.
Diversos analistas sostienen que el impacto de la guerra sobre Siria será predominantemente indirecto. En particular, se advierte la posibilidad de que Irán recurra a actores no estatales aliados en la región, como grupos radicados en Líbano o Irak, para lanzar ataques contra Israel desde territorio sirio. Este escenario podría alterar la relativa contención existente entre Siria e Israel y, a su vez, justificar una ampliación de la intervención militar israelí. A ello se suma una dimensión económica no menor: una prolongación del conflicto podría derivar en una crisis energética regional, afectando gravemente a economías ya debilitadas como la siria.
En este marco, el relativo silencio de Damasco puede interpretarse como una estrategia deliberada para evitar una escalada. En la práctica, muchos de los incidentes registrados en territorio sirio – como la caída de restos de misiles o drones– son consecuencias colaterales de la confrontación regional. Una reacción política o mediática más contundente podría generar tensiones innecesarias, particularmente con Israel, sin aportar beneficios concretos. Por ello, las autoridades sirias optan por respuestas limitadas y por una gestión contenida de estos episodios, priorizando la estabilidad interna por sobre la confrontación externa.
En línea con esta lógica defensiva, el ejército sirio ha reforzado su despliegue a lo largo de las fronteras con Líbano e Irak, con el objetivo de vigilar la actividad transfronteriza y combatir el contrabando en medio de la escalada regional. Estas medidas reflejan una preocupación central por evitar que el conflicto se desborde hacia el interior del país.
Por otro lado, el conflicto también impacta en la dimensión humanitaria y social. Siria continúa enfrentando una profunda crisis, tanto por el retorno paulatino de desplazados como por la llegada de nuevos flujos de población que huyen de la escalada regional. Este escenario complejiza
aún más la ya frágil situación interna, y refuerza la necesidad de evitar una mayor desestabilización.
En este contexto, la política exterior siria evidencia un giro hacia el pragmatismo, caracterizado por la búsqueda de estabilidad y la diversificación de alianzas, reduciendo su dependencia exclusiva de Irán. En un entorno de alta incertidumbre, Damasco prioriza la preservación del nuevo orden político interno y la estabilidad mínima del Estado, adoptando una postura cautelosa y adaptativa frente a la actual dinámica regional.
LIC. PALOMA RODRÍGUEZ GUARAGLIA Y AGOSTINA LOSADA