Este año, Abdel Fattah Al-Sisi inauguró su tercer mandato consecutivo, luego de haberse consagrado en las presidenciales del pasado diciembre, obteniendo casi un 90% de los votos en una elección que no permitió la participación de su principal rival, Ahmed Tantawi. En el ámbito doméstico, el gobierno enfrenta desafíos económicos estructurales que responden a la política de endeudamiento externo que llevó adelante en sus dos mandatos previos –llevándola casi a un 45% respecto del PBI– y que vio el empeoramiento de los indicadores socio-económicos en los últimos años.
En la dimensión externa, el 2024 fue un año de oportunidades para poner de manifiesto la impronta pragmática y diversificadora que buscó instalar el gobierno en materia de política exterior. Desde el ingreso a los BRICS hasta su mediación en el conflicto palestino-israelí, pasando por los avances en sus vínculos con Turquía y la creciente conflictividad con Etiopía; Egipto logró mostrar mejores resultados en su política externa que lo que demostró en el escenario doméstico.
Desde el 7 de octubre del año pasado, los vínculos entre Egipto e Israel han atravesado numerosos altibajos. No sólo la sociedad egipcia criticó fuertemente la avanzada militar israelí como consecuencia de esos ataques –catalogándolos como actos de terrorismo–, sino que también los vínculos se tensionaron a nivel gubernamental. Ello principalmente por las declaraciones de un oficial de inteligencia egipcio que alegaba que El Cairo había alertado al gobierno israelí de que algo grande podía llegar a suceder en los días previos al ataque. El vínculo se deterioró aún más cuando Israel finalmente decidió establecer un completo bloqueo sobre la Franja de Gaza –sin haber advertido al gobierno egipcio– y tomar control del paso fronterizo en Rafah, cuya administración corresponde al Estado egipcio. Algunas acciones hicieron que la situación avanzara en la misma dirección. Entre ellas, el bloqueo del ingreso de ayuda humanitaria a Gaza, así como la decisión de Egipto de acompañar la denuncia presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia contra Israel y la postura tajante de no aceptar refugiados palestinos.
A pesar de que ha habido declaraciones advirtiendo el posible fin de la paz de Camp David –en referencia al acuerdo que consagró la paz entre Egipto e Israel y convirtió a Egipto en el primer país árabe en reconocer al Estado de Israel–, existen razones suficientes para afirmar que la ruptura de relaciones entre ambas partes es poco probable. En primera instancia, más allá de la defensa discursiva de la causa palestina, ningún país árabe se atrevió a hacer peligrar sus vínculos con Israel. En segunda instancia, para El Cairo, una ruptura con Tel Aviv implica renunciar a la asistencia
financiera y militar de Washington. Por último, para Israel, significaría perder un actor clave en la mediación del conflicto y la consecuente obtención de la liberación de rehenes –más aun contemplando la decisión qatarí de cesar los intentos de mediación–; así como también implicaría sumar un nuevo escenario de inseguridad hacia el sur de sus fronteras.
Otro vínculo que se ha intensificado durante el último año es el que mantiene con Ankara. Tuvieron lugar visitas oficiales de primer nivel, la firma de numerosos memorándums de entendimiento sobre múltiples materias y la afirmación de que se estaba iniciando una nueva etapa en los vínculos. A pesar de los asuntos que pueden tensionar esta nueva etapa –como puede ser el conflicto en Libia o bien las disputas por la explotación del gas en el Mediterráneo Oriental–, ambas partes comparten posturas respecto del conflicto palestino-israelí y, recientemente, en lo que hace al escenario somalí. En las últimas semanas, Egipto y Turquía han manifestado su apoyo y asistencia militar a Somalia, que mantiene un conflicto abierto con Somalilandia -una región separatista que se ha autoproclamado independiente en la década del ’90-. Ahora, la región firmó un memorándum con Etiopía –con quien Egipto mantiene su conflicto por la Presa del Renacimiento Etíope– por medio del cual obtiene acceso al Mar Rojo a través del establecimiento de una base militar y un puerto comercial.
Egipto enfrenta uno de sus escenarios más críticos en Yemen. Este año, representantes de ambas naciones mantuvieron encuentros de alto nivel, en los que se discutieron las crecientes amenazas en el mar Rojo y sus implicancias para la seguridad marítima y el comercio internacional. Los hutíes, en apoyo al pueblo palestino, han atacado embarcaciones en los mares Rojo y Arábigo, acusándolas de estar vinculadas a Israel. Estas acciones han provocado una reducción de más del 50% en los ingresos de Egipto provenientes del canal de Suez, profundizando su crisis económica.
Egipto cree firmemente en la importancia de fortalecer y reformar el sistema internacional multilateral, con las Naciones Unidas y sus organismos en el centro, como pilar fundamental para preservar los logros de la paz, la estabilidad y el desarrollo a nivel internacional. En este sentido, Egipto ha destacado su participación en organismos multilaterales -como lo son los BRICS y el G20-, donde logró desplegar sus herramientas diplomáticas en aras de fortalecer su posición mediadora en los escenarios actuales.
En primer lugar, el presidente Abdel Fattah El-Sisi, destacó en la cumbre del bloque BRICS, que las deficiencias del sistema actual no se limitan únicamente a problemas políticos y de seguridad, sino
que también abarcan aspectos económicos y de desarrollo. Por esta razón, El Cairo remarcó la importancia de utilizar monedas locales en los acuerdos financieros dentro del bloque y de aprovechar las ventajas comparativas para impulsar proyectos bilaterales en agricultura, industria, digitalización y energías renovables. Asimismo, Al-Sisi, ante un panorama mundial marcado por crisis y desafíos complejos, afirmó la necesidad de fortalecer la cooperación sur-sur.
Por otro lado, el G20 ha permitido a Egipto tender lazos y puentes bilaterales con las economías más importantes del mundo. En la cumbre llevada a cabo en noviembre de este año, Egipto y Brasil anunciaron el lanzamiento de una asociación estratégica conjunta, afirmando su deseo de trabajar juntos para establecer la paz y promover un sistema internacional más representativo y justo. Además, el acuerdo también incluye un enfoque en las necesidades de desarrollo social y económico de ambos países, mejorando las consultas y la coordinación en temas de interés común, sobre la base de los objetivos compartidos en materia de política exterior.
Desde su llegada al poder, el régimen de Al-Sisi se ha propuesto avanzar en una política exterior que ha buscado, entre otras cosas, remontarse a su época dorada y revitalizar su liderazgo regional e internacional, siguiendo una política de diversificación de los vínculos. A ello se ha sumado el pragmatismo que ha decidido privilegiar en los últimos años; una conducta que le permite obtener –hasta cierto punto– mayores márgenes de autonomía respecto de Occidente.
Este año ha representado un escenario tanto de desafíos como de oportunidades para la diplomacia egipcia. Los conflictos regionales y su participación en instancias multilaterales -con diferentes niveles de protagonismo-, han reafirmado la capacidad mediadora que Egipto ha cultivado durante décadas. Su papel como pivote estratégico en diversos contextos refleja una visión pragmática para abordar las crisis internacionales, con un enfoque centrado en fortalecer las relaciones sur-sur.