Hablar del orden internacional contemporáneo supone, cada vez más, enfrentarse a una paradoja. En la tercera década del siglo XXI el sistema internacional muestra una densidad institucional, normativa y organizacional sin precedentes y, a la vez, muestra crecientes dificultades para producir previsibilidad, generar consensos y establecer límites reconocidos por los distintos actores.
Las instituciones permanecen, las normas no han desaparecido y los mecanismos multilaterales continúan operando, pero cada vez con más reducida credibilidad y capacidad para cumplir con los objetivos para los cuales fueron creados. No resulta extraño, entonces, que en el debate contemporáneo se haya recurrido a distintos conceptos para dar cuenta de este momento: transición, interregno, coexistencia de órdenes, mundo multiplex, entre otros.
Cada uno pone el acento en una dimensión particular del cambio en curso. La noción de transición señala que las estructuras y jerarquías del sistema internacional se están modificando, aunque puede resultar insuficiente si se la interpreta como un recorrido lineal hacia un punto de llegada claramente identificable.
La idea de interregno[1], retomada por Sanahuja (2024), permite subrayar precisamente la incertidumbre de un período en el que los consensos y estructuras anteriores pierden eficacia y legitimidad, mientras las nuevas configuraciones todavía no alcanzan suficiente estabilidad. Por su parte, las propuestas de Flockhart (2016) sobre un “mundo multiorden”[2] y de Acharya (2017) sobre un “orden mundial multiplex”[3] llaman la atención sobre la coexistencia de diferentes lógicas, actores e instituciones. Más que categorías excluyentes, estos conceptos pueden ser entendidos como aproximaciones complementarias a una transformación todavía abierta.
Al mismo tiempo, se ha multiplicado el número y el tipo de actores capaces de incidir sobre la dinámica internacional, desde Estados y organizaciones internacionales hasta corporaciones tecnológicas, fondos de inversión, plataformas digitales, actores armados no estatales y redes transnacionales.
Más que asistir al reemplazo de una estructura por otra, pareciera configurarse una coexistencia de órdenes, con múltiples actores, instituciones, ideas y formas de organización. Persisten componentes del orden liberal construido después de la Segunda Guerra Mundial y ampliado tras el fin de la Guerra Fría, pero conviven con lógicas de competencia entre grandes potencias, regionalismos de distinta naturaleza, mecanismos informales de concertación, alianzas flexibles y acuerdos ad hoc.
Esta pluralidad no supone una oposición frontal entre órdenes cerrados y excluyentes. La propuesta de Johnston (2019)[4] de pensar en distintos órdenes vinculados a áreas específicas (económica, militar, informacional, entre otras) permite observar comportamientos mucho más diferenciados: un mismo actor puede aceptar ciertas reglas, cuestionar otras y adaptarse pragmáticamente a algunas más. Diferentes principios de organización internacional (como universalismo, soberanía, equilibrio de poder, multilateralismo, autonomía estratégica, intereses nacionales) operan así simultáneamente y no siempre de manera compatible.
El resultado no es necesariamente ausencia de orden, sino una creciente dificultad para identificar cuál de esas lógicas prevalecerá frente a una determinada crisis o conflicto. Es precisamente allí donde el problema de la previsibilidad adquiere especial importancia. Todo orden internacional supone no sólo una determinada distribución del poder, sino también un conjunto de expectativas acerca de las conductas consideradas legítimas, tolerables o inaceptables.
Las reglas permiten a los actores anticipar, al menos parcialmente, las consecuencias de sus decisiones. Cuando esas reglas son aplicadas de manera desigual, reinterpretadas según las circunstancias o subordinadas crecientemente a cálculos estratégicos, la incertidumbre se expande.
Este trabajo propone analizar algunas de estas transformaciones que caracterizan al (des)orden internacional contemporáneo, atendiendo particularmente a la coexistencia de órdenes, la erosión de consensos, la creciente selectividad en la aplicación de las reglas y la pérdida de previsibilidad.
Sobre el final, Medio Oriente será abordado brevemente como uno de los espacios donde estas tendencias adquieren una visibilidad especialmente intensa, no con el propósito de analizar en profundidad la dinámica regional, sino como expresión de tensiones más amplias que atraviesan hoy al sistema internacional.
Transformaciones del sistema internacional contemporáneo
Quizás podríamos caracterizar el presente como un (des)orden internacional entendido como una configuración en la que orden y desorden no constituyen estados sucesivos o excluyentes, sino dimensiones que conviven dentro de un mismo sistema.
Esta coexistencia contradictoria permite explicar buena parte de las tensiones actuales. La competencia geopolítica se intensifica al tiempo que continúa una elevada interdependencia económica; los Estados reivindican la soberanía mientras dependen de redes tecnológicas, financieras y logísticas transnacionales; el multilateralismo es cuestionado pero continúa siendo utilizado incluso por quienes critican sus instituciones; y las normas internacionales son invocadas recurrentemente, aunque su interpretación y aplicación sean objeto de crecientes disputas.
Las denominadas “líneas rojas” no han desaparecido, pero se han vuelto más móviles, ambiguas y disputadas. En un sistema caracterizado por múltiples centros de poder, conflictos interconectados y actores con capacidades y racionalidades diferentes, los márgenes de error de cálculo aumentan y la previsibilidad disminuye, dejando lugar a la sorpresa.
Este proceso no resulta enteramente novedoso. Durante las últimas décadas se fue erosionando la concentración de capacidades que caracterizó al momento unipolar posterior a la Guerra Fría, al tiempo que emergieron o recuperaron gravitación actores capaces de disputar espacios de influencia, condicionar decisiones y promover agendas propias.
Ya desde la década de 1970, y con intensidad variable, el sistema internacional viene experimentando una creciente difusión del poder vinculada con la expansión de los procesos transnacionales, la internacionalización de las finanzas, el desarrollo tecnológico y la aparición de nuevos actores capaces de incidir sobre decisiones antes reservadas casi exclusivamente a los gobiernos.
Empresas multinacionales, mercados financieros, organismos técnicos, organizaciones no gubernamentales y, más recientemente, grandes plataformas tecnológicas y fondos de inversión poseen hoy capacidades de acción que atraviesan fronteras y condicionan márgenes de decisión estatales.
En términos de Nye (2011)[5], estas transformaciones remiten no sólo a una redistribución del poder entre Estados, sino también a su difusión hacia nuevos actores y ámbitos de acción. La transformación contemporánea combina, por tanto, dos dinámicas que no siempre avanzan en la misma dirección, a saber, una redistribución del poder entre Estados y una difusión del poder hacia actores y ámbitos transnacionales.
Esta doble transformación vuelve menos adecuada una lectura exclusivamente interestatal del sistema. Los Estados continúan siendo los principales actores de la política internacional, pero operan en un entorno en el que una parte creciente de los recursos estratégicos —datos, tecnologías, cadenas de suministro, infraestructura digital, financiamiento, comunicaciones— se encuentra también en manos de actores no estatales o depende de redes de alcance global.
A ello se suma una creciente fragmentación política y normativa. Los consensos que acompañaron la expansión del orden liberal posterior a la Guerra Fría se han debilitado, mientras aumentan las disputas acerca de la legitimidad de las instituciones existentes, la distribución de costos y beneficios y la representatividad de los mecanismos de gobernanza global.
El cuestionamiento no proviene únicamente de actores externos a ese orden. También se manifiesta dentro de las propias sociedades y Estados que históricamente lo impulsaron, donde resurgen tendencias nacionalistas, proteccionistas y soberanistas que ponen límites a la apertura económica y a ciertos compromisos multilaterales.
El multilateralismo se encuentra así sometido a una tensión permanente. Por un lado, continúa siendo indispensable para abordar problemas cuya escala excede ampliamente las capacidades de cualquier Estado individual ya sean conflictos armados, cambio climático, pandemias, deuda, seguridad alimentaria, regulación tecnológica o flujos financieros. Por otro, las instituciones multilaterales muestran dificultades crecientes para producir acuerdos vinculantes o respuestas colectivas eficaces cuando están en juego intereses estratégicos de las principales potencias.
El G20, las sucesivas ampliaciones de los BRICS, las diferentes formas de regionalismo y las coaliciones temáticas reflejan un escenario en el que los Estados procuran diversificar sus asociaciones y evitar alineamientos rígidos. Esta flexibilidad puede ampliar las opciones diplomáticas, pero también contribuye a un sistema más fragmentado, en el que las lealtades son menos permanentes y las convergencias tienden a construirse alrededor de cuestiones específicas.
Al mismo tiempo, se ha intensificado la securitización de ámbitos que durante décadas fueron tratados principalmente en términos económicos o técnicos. Energía, tecnología, comercio, minerales críticos, infraestructura, rutas marítimas, datos y cadenas globales de suministro son crecientemente interpretados desde una lógica de seguridad nacional.
Los controles estadounidenses a la exportación de semiconductores avanzados hacia China, las restricciones tecnológicas y comerciales asociadas a la guerra en Ucrania y las estrategias de diversificación de cadenas de suministro son ejemplos visibles de esta tendencia. Como muestran Farrell y Newman (2019), la interdependencia puede convertirse también en un instrumento de poder cuando determinados actores ocupan posiciones centrales en redes financieras, tecnológicas o productivas[6].
Esta superposición entre economía, tecnología y geopolítica reduce la separación entre cooperación y competencia y favorece la utilización de instrumentos económicos con objetivos estratégicos como sanciones, restricciones comerciales, controles a las exportaciones, políticas industriales, subsidios o mecanismos de protección de sectores considerados sensibles.
La consecuencia es un sistema internacional más denso, más interdependiente y, al mismo tiempo, más competitivo. La interdependencia no ha desaparecido; por el contrario, se ha intensificado, aunque de manera crecientemente asimétrica. Las diferencias en capacidades económicas, tecnológicas, financieras y logísticas aumentan los grados de vulnerabilidad y dependencia, particularmente para los Estados con menores recursos para controlar o diversificar sus vínculos externos.
De allí que muchas políticas actuales no busquen necesariamente reducir las conexiones internacionales, sino administrarlas de manera más selectiva, diversificar proveedores, proteger tecnologías e infraestructuras críticas y disminuir exposiciones consideradas estratégicamente riesgosas. El escenario resultante no responde, entonces, a una única lógica.
Conviven tendencias hacia la fragmentación y la cooperación, hacia el desacoplamiento y la interdependencia, hacia la soberanía y la densificación de las redes transnacionales. Esa convivencia contradictoria constituye una de las características centrales de la reconfiguración contemporánea y ayuda a explicar por qué resulta cada vez más difícil identificar reglas estables de comportamiento.
Reglas que persisten y reglas que se erosionan
Uno de los rasgos más significativos del escenario contemporáneo es que la erosión del orden internacional no se manifiesta necesariamente a través de la desaparición de sus reglas. Muchas de ellas continúan formalmente vigentes, las instituciones que las sostienen permanecen activas y muchos Estados siguen recurriendo al lenguaje del derecho, la legalidad y la legitimidad para justificar sus decisiones.
La tensión aparece, más bien, en la distancia creciente entre la existencia de esas normas y la forma en que son interpretadas, aplicadas o exceptuadas. Esta distancia entre reglas y prácticas no constituye, por supuesto, una novedad absoluta en la política internacional. Como señalara Krasner (1999), las normas de soberanía han coexistido históricamente con transgresiones, excepciones y aplicaciones selectivas[7].
El problema actual no reside entonces en descubrir que las reglas nunca fueron observadas de manera perfecta, sino en preguntarse si la magnitud, frecuencia y visibilidad de esas excepciones están alterando la capacidad misma de las normas para producir expectativas relativamente estables. La selectividad normativa constituye uno de los puntos más sensibles.
Las mismas acciones pueden recibir evaluaciones diferentes según quién las lleve adelante, en qué contexto y cuáles sean los intereses afectados. Principios como soberanía, integridad territorial, legítima defensa, protección de los derechos humanos o responsabilidad internacional continúan siendo invocados de manera recurrente, pero su interpretación se encuentra crecientemente atravesada por disputas políticas y estratégicas.
Ello no implica que hayan perdido todo significado, sino que su capacidad para operar como referencias compartidas se encuentra sometida a una presión cada vez mayor. Esta situación afecta también a las instituciones encargadas de preservar o aplicar esas reglas. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas constituye quizás el ejemplo más visible puesto que conserva una centralidad jurídica y política indiscutida, pero sus mecanismos de decisión están cada vez más paralizados cuando están en juego los intereses de las principales potencias.
Algo similar ocurre en otros ámbitos de la gobernanza global, donde las instituciones continúan funcionando, pero encuentran dificultades para traducir normas generales en respuestas efectivas frente a situaciones concretas. A ello se suma la proliferación de excepciones justificadas en nombre de la seguridad, la emergencia o la necesidad estratégica. Medidas que en otros contextos hubieran sido consideradas extraordinarias como sanciones de gran alcance, restricciones tecnológicas, controles sobre inversiones, limitaciones comerciales o intervenciones de distinto tipo que tienden a normalizarse como instrumentos habituales de competencia.
Cuando esas respuestas se vuelven inciertas, el orden pierde parte de su capacidad para organizar expectativas, aun cuando conserve buena parte de su arquitectura formal. Se produce así una superposición de reglas, interpretaciones y excepciones que compiten entre sí.
La imprevisibilidad como rasgo sistémico
Es precisamente esta creciente indeterminación la que conecta la cuestión de las reglas con el problema de la previsibilidad. Cuando los límites normativos dejan de ser relativamente estables, las decisiones políticas se adoptan en un escenario donde resulta más difícil anticipar no sólo qué está permitido, sino también qué conducta provocará una respuesta y cuál será la intensidad de esa respuesta.
Los Estados nunca han dispuesto de información completa acerca de las intenciones, capacidades o decisiones futuras de otros actores. Sin embargo, el escenario contemporáneo parece agregar una dificultad adicional: no sólo resulta complejo anticipar qué harán los demás, sino también prever con suficiente claridad qué consecuencias producirá una determinada acción y cuál será la respuesta que desencadenará.
Esta diferencia es significativa. En un contexto en el que las reglas son menos estables, las alianzas más flexibles y los umbrales de tolerancia más ambiguos, la relación entre acción y reacción se vuelve más difícil de calcular. Una decisión concebida como limitada puede ser interpretada por otro actor como una amenaza mayor; una demostración de fuerza destinada a reforzar la disuasión puede ser percibida como preparación para una escalada; una respuesta moderada puede ser interpretada como prudencia, pero también como debilidad.
El margen para lecturas divergentes se amplía. Cuando disminuye la previsibilidad, también cambia el comportamiento de los actores, los cuales podrían sentirse incentivados a poner a prueba los límites existentes, explorar las reacciones del adversario o avanzar gradualmente hasta encontrar un umbral de resistencia.
Las denominadas “líneas rojas” adquieren entonces un carácter menos fijo y más experimental. No siempre se conocen de antemano, sino que en ocasiones se descubren a través de su transgresión. Esta dinámica afecta directamente a la lógica de la disuasión. La disuasión depende, en buena medida, de la capacidad de transmitir señales comprensibles acerca de qué conductas serán consideradas inaceptables y qué costos podría generar su incumplimiento.
Cuando esas señales se vuelven ambiguas, contradictorias o poco creíbles, aumenta el riesgo de errores de cálculo. El problema no consiste solamente en que un actor decida desafiar deliberadamente a otro, sino en que ambos puedan interpretar de manera diferente el significado de una misma acción. La creciente diversidad de actores complejiza aún más este proceso. En numerosas crisis contemporáneas intervienen simultáneamente Estados, organizaciones regionales, alianzas militares, actores armados no estatales, empresas privadas y redes transnacionales.
No todos poseen los mismos mecanismos de decisión, los mismos horizontes temporales ni idénticas percepciones del riesgo. Cuanto mayor es el número de actores involucrados, más difícil resulta controlar las cadenas de acción y reacción y evitar que decisiones inicialmente acotadas produzcan efectos acumulativos.
A ello se suma la velocidad con la que circula la información y se producen las respuestas. La comunicación digital, las redes sociales, la vigilancia en tiempo real y la presión por reaccionar rápidamente reducen los márgenes para la deliberación y pueden favorecer decisiones adoptadas bajo condiciones de información incompleta.
Cuanto menos claras son las reglas y los umbrales, más probable resulta que los actores experimenten con ellos; y cuanto más se ponen a prueba esos límites, mayor puede ser la incertidumbre acerca de su vigencia efectiva.
En este sentido, la pérdida de previsibilidad constituye uno de los rasgos más sensibles del (des)orden internacional contemporáneo. No implica que todas las crisis conduzcan necesariamente a una escalada, ni que los actores hayan perdido por completo su capacidad de cálculo y contención. Significa, más bien, que esos cálculos se realizan en un entorno en el que las referencias compartidas son menos estables y las consecuencias de las decisiones más difíciles de anticipar.
Es precisamente esta combinación entre reglas inciertas, señales ambiguas y respuestas potencialmente imprevisibles la que incrementa los riesgos de error, sobrerreacción y escalada.
Medio Oriente como ejemplo
Medio Oriente constituye una de las expresiones más visibles de las tendencias que atraviesan el actual (des)orden internacional. No porque la región haya carecido históricamente de conflictos, rivalidades o intervenciones externas, sino porque en el escenario contemporáneo parecen haberse debilitado algunos de los mecanismos de contención que permitían, aun de manera precaria, establecer ciertos límites a la escalada.
Las reglas no desaparecen, pero su capacidad para ordenar conductas, imponer costos o generar expectativas relativamente estables se vuelve cada vez más incierta. Durante décadas, buena parte de la estabilidad regional dependió de la existencia de umbrales más o menos reconocibles, cuya transgresión podía anticipar una determinada respuesta.
En la actualidad, esos umbrales aparecen más móviles, ambiguos o disputados. Acciones concebidas como limitadas pueden ser interpretadas como cambios cualitativos del conflicto, mientras que respuestas destinadas a restablecer la disuasión pueden generar nuevas represalias.
La cuestión central deja de ser únicamente quién posee mayor capacidad de coerción y pasa a ser también quién interpreta qué acción como intolerable y bajo qué circunstancias. A ello se suma la superposición de actores estatales y no estatales, conflictos locales y rivalidades regionales, junto con la presencia directa o indirecta de potencias externas.
Esta multiplicación de niveles hace más difícil aislar las crisis, contener sus efectos o establecer cadenas previsibles de acción y reacción. La posibilidad de escalada no deriva solamente de decisiones deliberadas, sino también de errores de cálculo, percepciones divergentes y respuestas acumulativas que pueden modificar rápidamente el alcance de un conflicto.
El resultado es un entorno estratégico en el que disminuye la previsibilidad. La coexistencia de conflictos interrelacionados, actores con capacidades y objetivos diferentes y formas múltiples de intervención aumenta los riesgos de errores de cálculo y de escaladas no necesariamente buscadas. Las tensiones en torno a Irán, Yemen, el Mar Rojo, Líbano y Gaza ilustran esa densidad de conflictos superpuestos y su impacto sobre cuestiones que exceden ampliamente la región, como las rutas marítimas, la seguridad energética y las relaciones entre las grandes potencias.
En octubre de 2026, la reanudación de combates de gran escala en Yemen volvió a situar al estrecho de Bab el-Mandeb en el centro de las preocupaciones estratégicas. Las fuerzas hutíes y las tropas del gobierno yemení, respaldadas por Arabia Saudita, disputaron áreas próximas a esa vía marítima, mientras los ataques con misiles y drones reabrieron el riesgo de una expansión regional del conflicto.
Según la Organización Internacional para las Migraciones, más de 200.000 personas habían sido desplazadas desde comienzos de septiembre (Reuters, 2026)[8]. Los debates que atraviesan actualmente a las Naciones Unidas reflejan, asimismo, las dificultades para producir respuestas colectivas frente a esa creciente complejidad.
La región muestra, de manera particularmente nítida, que el problema actual radica tanto en la ausencia de orden como también en la coexistencia de reglas, excepciones y prácticas cuya articulación resulta crecientemente incierta.
Reflexiones finales, ¿un nuevo orden o una nueva forma de (des)orden?
Las transformaciones analizadas sugieren que resulta difícil caracterizar el escenario internacional contemporáneo simplemente como el tránsito desde un orden que se agota hacia otro que comienza a consolidarse. La redistribución y difusión del poder, la coexistencia de distintas lógicas de ordenamiento, el debilitamiento de algunos consensos y la creciente selectividad en la aplicación de las reglas parecen configurar un proceso más abierto, contradictorio y difícil de anticipar.
Ello no significa que el sistema internacional haya ingresado en una situación de ausencia de orden. Las instituciones continúan funcionando, los Estados siguen recurriendo a las normas internacionales para legitimar sus conductas y persisten múltiples formas de cooperación.
Incluso en un contexto de creciente competencia, ningún actor parece dispuesto, ni probablemente en condiciones, de prescindir completamente de los mecanismos, reglas y estructuras existentes. Lo que se ha vuelto menos claro es la capacidad de esas reglas para producir comportamientos previsibles y establecer límites suficientemente reconocidos.
Quizás allí radique una de las particularidades del momento actual. Las transformaciones en la distribución del poder son importantes, pero no explican por sí solas la incertidumbre contemporánea.
A ellas se suma la dificultad creciente para anticipar qué reglas serán efectivamente aplicadas, qué excepciones serán admitidas, qué conductas serán consideradas intolerables y qué tipo de respuesta provocará su transgresión.
Cuando resulta más difícil prever la relación entre acción, reacción y escalada, los márgenes para el error de cálculo aumentan. La imprevisibilidad deja entonces de ser solamente una consecuencia de la reconfiguración en curso y pasa a formar parte de la dinámica misma del sistema, influyendo sobre las percepciones, las estrategias y las decisiones de los actores.
Tal vez, por ello, la pregunta acerca de si estamos frente a un nuevo orden internacional admita por ahora una respuesta necesariamente provisoria. Más que un nuevo orden claramente definido, lo que parece emerger es una configuración en la que conviven elementos de continuidad y cambio, cooperación y confrontación, institucionalización y transgresión.
Un (des)orden cuya característica distintiva no sería la desaparición de las reglas, sino la creciente incertidumbre acerca de su alcance, su aplicación y sus límites. En ese contexto, recuperar ciertos márgenes de previsibilidad aparece como uno de los principales desafíos de la política internacional contemporánea.
No supone imaginar el regreso a un orden estable y consensuado que probablemente nunca existió en los términos en que suele evocárselo. Más bien, implica reconstruir mecanismos de comunicación, contención y cooperación capaces de reducir los riesgos derivados de un escenario en el que las reglas permanecen, pero sus significados y consecuencias son cada vez más disputados.
Notas al pie
- [1]Sanahuja, J. A. (2024). “Entre la policrisis y el interregno: conceptos para un orden internacional en transición”. En I. Marrero Rocha (dir.), El sistema internacional y el viejo nuevo mundo. VII Seminario AEPDIRI sobre temas de actualidad en Relaciones Internacionales (pp. 255–296). Tirant lo Blanch.
- [2]Flockhart, T. (2016). “The Coming Multi-Order World”. Contemporary Security Policy, 37(1), 3–30. https://doi.org/10.1080/13523260.2016.1150053 Taylor & Francis
- [3]Acharya, A. (2017). “After Liberal Hegemony: The Advent of a Multiplex World Order”. Ethics & International Affairs, 31(3), 271–285. Cambridge University Press https://doi.org/10.1017/S089267941700020X
- [4]Johnston, A. I. (2019). “China in a World of Orders: Rethinking Compliance and Challenge in Beijing’s International Relations”. International Security, 44(2), 9–60. https://doi.org/10.1162/isec_a_00360
- [5]Nye, J. S. Jr. (2011). The Future of Power. PublicAffairs.
- [6]Farrell, H., & Newman, A. L. (2019). “Weaponized Interdependence: How Global Economic Networks Shape State Coercion”. International Security, 44(1), 42–79. https://doi.org/10.1162/isec_a_00351
- [7]Krasner, S. D. (1999). Sovereignty: Organized Hypocrisy. Princeton University Press.
- [8]Reuters (2026, 7 de octubre). “More than 200,000 people displaced since fighting in Yemen began, says UN agency”. Información basada en datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
§ Bibliografía
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