Desde el comienzo de la guerra entre Hamás e Israel, que afecta principalmente al sur y al centro del Estado Judío, la tensión en el norte del país se mantiene de forma constante, con ataques cruzados entre Israel y el grupo libanés Hezbollah. Si bien Israel posee uno de los ejércitos más poderosos de la región, Hezbollah -apoyado militar y económicamente por Irán- es mucho más poderoso que Hamás, lo que explica el fuerte temor ante la posibilidad de un conflicto abierto a gran escala.
El pasado martes 25 de junio, los sistemas de defensa aérea israelíes interceptaron dos “objetivos aéreos sospechosos” que cruzaban hacia su territorio. Según un comunicado militar israelí, aviones de combate atacaron infraestructura militar de Hezbollah y ciudades cercanas a la frontera.
Por su parte, Hezbollah se atribuyó cinco ataques contra territorio israelí a lo largo del martes; uno de los lanzamientos de cohetes provocó un incendio en el asentamiento de Dishon. Sin embargo, este intercambio de disparos se ha convertido en moneda corriente, alcanzando el mayor pico de tensión en 2006, año en el que se produjo la denominada guerra del Líbano.
El 28 de junio, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, anunció durante una conferencia de prensa que Israel está preparando el escenario para enviar más tropas a su frontera norte para confrontar con el grupo libanés. Mientras tanto, desde Washington, Antony Blinken sostuvo ante Yoav Gallant, ministro de Defensa israelí, que Estados Unidos apoya la vía diplomática para resolver el conflicto in crescendo entre las partes. El secretario de Estado argumentó que la Casa Blanca teme que los combates deriven en una guerra total en Medio Oriente.
No obstante, esta sigue siendo una noticia en desarrollo y resta ver el transcurso de los acontecimientos para poder determinar el grado de violencia al que puede escalar la confrontación.
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