Tras seis meses de vacío político producido por sucesivos bloqueos, el parlamento de Irak nombró a un nuevo primer ministro: Mostafá al Kadhimi. El flamante mandatario enfrenta un panorama difícil, marcado por un triple desafió: la lucha contra el COVID- 19, la crisis económica, y el resurgir del Estado Islámico.
El confinamiento impuesto a la sociedad iraquí, con miras a ralentizar el contagio del virus, ha dado lugar a la paralización de la actividad comercial, dejando sin ganancias a una porción considerable de la sociedad. A fin de aliviar la presión al sector privado, el gobierno anunció una flexibilización parcial de las condiciones del confinamiento que rige hasta el 22 del corriente mes, permitiendo la reanudación de la actividad comercial fuera del horario del toque de queda.
No obstante, en esta nueva fase, los establecimientos educativos y mezquitas permanecerán suspendidos, al igual que los viajes al interior y fuera del país. A su vez, el malestar económico se ha visto agravado por el hundimiento de los precios del petróleo: la exportación de crudo representa alrededor del 90% de los ingresos del país, por lo que merma de los mismos recrudece la coyuntura económica.
Por su parte, los ataques del Estado Islámico han aumentado en las últimas semanas, coincidiendo 4 con el inicio del Ramadán y con el repliegue de los militares iraquíes, ahora abocados en la lucha contra el COVID-19. Los ataques se han dirigido fundamentalmente a las fuerzas de seguridad y se han centrado en las zonas del norte del país. Si bien resulta difícil determinar si todos los ataques reivindicados por la organización son de su autoría, es indudable que el Estado Islámico está ganando terreno en Irak.
Las tres adversidades convergen en el seno del Estado Iraquí, debilitando aun más su frágil situación, y representando un reto mayor para el gobierno recién formado.
Palabras clave: Irak, Coronavirus, Estado Islámico