Introducción
El corriente año ha presentado grandes desafíos para la República Islámica, que ya venía transitando hacia una progresiva vulnerabilidad desde la reactivación del conflicto en Gaza y sus derivaciones en octubre de 2023. De los logros diplomáticos del ex presidente Ebrahim Raisi, Teherán ha pasado a encontrarse en una situación de presión militar constante y aislamiento estratégico en la región.
En este complejo escenario, resulta pertinente analizar algunos ejes claves. En primer lugar, los ataques de Israel y Estados Unidos (EEUU), iniciados el 13 de junio, los cuales han marcado un punto de inflexión en el vínculo de Irán con su vecino e histórico rival. En segundo lugar, se debe hacer mención de la evolución del programa nuclear, entre las idas y vueltas de las negociaciones por un nuevo acuerdo. Por último, analizaremos algunos signos de debilidad del régimen que se han profundizado en este 2025.
13 de junio: nuevo capítulo en el vínculo con Israel
La relación entre Irán e Israel ilustra una rivalidad que se ha ido desarrollando por décadas, marcada por amenazas, sabotajes, violaciones de la ciberseguridad y el establecimiento de aliados regionales para contenerse mutuamente. Esta dinámica de enfrentamiento “entre sombras” cambió rotundamente desde abril de 2024, cuando Irán lanzó un ataque directo contra territorio israelí denominado “Promesa Verdadera”. Ante la continuación de los ataques israelíes a sus aliados, y fundamentalmente luego del asesinato de Hassan Nasrallah, Teherán volvió a lanzar un ataque en suelo israelí. Ocurrió meses después, mediante la operación denominada “Promesa Verdadera II”.
Con este delicado panorama, y en paralelo a las conversaciones nucleares entre Irán y EEUU, Israel lanzó un ataque que alteró rotundamente el curso de los acontecimientos. El operativo tuvo como objetivos estratégicos a científicos, instalaciones nucleares, bases del CGRI y personal militar iraní. La infraestructura atacada incluyó las plantas nucleares de Natanz e Isfahán, destinadas al enriquecimiento de uranio, el reactor de agua pesada de Arak y varias reservas de petróleo. Asimismo, medios oficiales persas confirmaron que los bombardeos habían provocado la muerte de figuras claves del aparato militar y científico de Irán. El golpe incluyó también atentados con coches bomba, donde fallecieron casi 20 científicos iraníes.
Mediante la operación “Promesa Verdadera III”, Teherán comenzó su represalia atacando decenas de objetivos, centros militares y bases aéreas en todo Israel. Entre los sitios afectados se encontraban la planta de energía de Haifa, el aeropuerto Ben Gurion e infraestructura civil en algunas ciudades importantes.
El ingreso formal de EEUU al conflicto cambió rotundamente el devenir de los hechos. Tras 12 días de enfrentamientos, Washington atacó plantas iraníes claves, lanzando las conocidas “bombas anti búnker”. El arma está diseñada para atacar búnkeres y túneles construidos a gran profundidad y fortificados. Si bien Trump propuso un alto al fuego pasados los doce días del conflicto, rápidamente quedó expuesta la fragilidad del mismo, y las tensiones continuaron.
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La continuidad del programa nuclear
A lo largo de 2025, las negociaciones internacionales sobre el programa nuclear iraní atravesaron un ciclo de avances formales y retrocesos significativos. Luego de 10 años de la firma del primer acuerdo, el tema vuelve a ponerse sobre la mesa con más contundencia que años anteriores, pero con resultados poco concretos. El punto más conflictivo continuó siendo el enriquecimiento de uranio: mientras Washington demandó una reducción y, mejor aún, la eliminación de la actividad nuclear iraní, Teherán insistió en que el enriquecimiento constituye un derecho soberano innegociable y fundamental para su programa civil de cara a la transición energética a nivel mundial.
Durante los primeros meses del año, EEUU e Irán sostuvieron varias rondas de negociaciones indirectas, mediadas principalmente por Omán. En julio, Irán abrió una vía paralela de conversación con los países europeos del E3 (Reino Unido, Francia y Alemania). Estas conversaciones, realizadas en Estambul, se concentraron en el mecanismo de “snapback”, un recurso del acuerdo de 2015 que permite restablecer sanciones internacionales en caso de incumplimiento. Los europeos consideraron activar este mecanismo ante la falta de avances y las actividades nucleares crecientes de Irán, mientras que Teherán calificó cualquier intento de reimponer sanciones como ilegal y contrario al espíritu diplomático de las negociaciones.
La situación escaló cuando el E3 notificó al Consejo de Seguridad de la ONU su intención de activar formalmente el snapback. Este accionar incrementó la tensión con Irán, que respondió advirtiendo que limitaría o suspendería por completo su cooperación con la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) si las sanciones eran restauradas - la AIEA es el ente al cual Irán debe presentar informes y someterse a intervenciones, para que el organismo garantice que el uso del desarrollo nuclear es exclusivamente pacífico y civil.
El panorama se agravó tras un episodio de violencia regional, que incluyó ataques a instalaciones iraníes y un breve conflicto con Israel. En ese contexto, Teherán anunció la suspensión de su cooperación con la IAEA y declaró que no había fecha ni lugar para retomar negociaciones con EEUU o con los países europeos. Las autoridades iraníes afirmaron que el país continuaría su programa nuclear bajo sus propios términos, con independencia de la presión diplomática o económica ejercida desde Occidente.
¿Signos de fragilidad interna?
Mientras Irán atraviesa uno de los períodos de mayor presión externa de los últimos años, se han profundizado también diversas señales de fragilidad interna que el régimen arrastra desde hace tiempo, y que en este 2025 adquirieron una visibilidad particular. La economía ha sido, sin duda, la más evidente. En los últimos meses, el rial cayó abruptamente, lo que generó una sensación de incertidumbre generalizada y debilitó, aún más, el poder adquisitivo de la población. En el cuadro actual de inflación, mercados paralelos de divisas, cortes frecuentes de servicios básicos y salarios estancados; no sorprende que se hayan multiplicado los episodios de tensión social en ciudades del interior, donde las dificultades cotidianas se combinan con un creciente descontento hacia las autoridades locales y nacionales.
A este deterioro económico se le suma un clima social y político complejo. Aunque en algunas zonas se observa una aplicación más permisiva del uso obligatorio del velo, una decisión vista por algunos
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como un gesto para aliviar tensiones, lo cierto es que esto convive con un endurecimiento de los mecanismos de control político. Irán transita hoy una realidad dual: pequeñas concesiones en el espacio público funcionan como válvula de escape frente a la profundización de medidas políticas ofensivas que se ha manifestado en el aumento significativo de arrestos, ejecuciones y acceso a la información restringido.
Un tercer elemento que explica la creciente vulnerabilidad del régimen es la tensión dentro del propio poder. La combinación de presiones externas, deterioro económico y demandas sociales ha puesto al liderazgo clerical bajo una presión creciente, “entre la espada y la pared”, al enfrentarse a una población con dificultades para soportar las presiones económicas o el recrudecimiento del control interno. El rumbo político actual carece de una estrategia coherente y la conducción opera a partir de medidas coyunturales, que buscan superar el contexto de volatilidad. A esto se suma la cuestión sucesoria: la avanzada edad del Líder Supremo y la ausencia de un consenso claro sobre su eventual reemplazo, generan incertidumbre respecto del equilibrio político interno a mediano plazo.
En conjunto, estos factores configuran un panorama de fragilidad que no había alcanzado esta magnitud en la última década. La conjunción de una economía debilitada, una sociedad fatigada y unas élites fragmentadas limita las capacidades del régimen para afrontar simultáneamente presiones internas y externas. En un año marcado por choques militares, tensiones con Israel y un entorno regional cada vez más incierto, estas vulnerabilidades internas adquieren un peso significativo para comprender la conducta de Irán en todos los frentes: estratégico, nuclear y doméstico.
Conclusión
En síntesis, podemos decir que el saldo de este 2025 para la República Islámica fue más negativo que positivo. Puertas adentro, el contexto social, político y económico generaron un círculo virtuoso de malestar y fragilidad; en un momento que el estado requería una gran fortaleza en la arena internacional. A su vez, si bien hubo intentos leves por recomponer la economía y las relaciones con occidente, todos quedaron truncos y sin resultados reales; al mismo tiempo que la rivalidad con Israel y EEUU alcanzó niveles históricos.