El martes 25 de abril, el Ministerio de Defensa de Irán entregó al ejército persa más de 200 nuevos drones equipados con misiles y sistemas de guerra electrónica, según fuentes gubernamentales de Teherán. El ministro Mohammad-Reza Ashtiani aseguró que se trata de “drones estratégicos de largo alcance”. Están diseñados para llevar a cabo misiones de reconocimiento y ataques precisos; así como también para almacenar y transportar misiles aire-aire y aire-superficie.
Lo cierto es que entre esas 200 unidades se encuentran varios tipos de drones, con misiones diferentes. Esto no resulta llamativo si entendemos que actualmente la República Islámica se encuentra entre los primeros países del mundo en el campo de la industria de drones. Gracias a las capacidades adquiridas y la variedad de los mismos, el poder de combate de las fuerzas armadas persas ha aumentado significativamente proporcionando a Teherán de una ventaja competitiva en términos de innovación y desarrollo tecnológico innegable.
Incluso previo a esta medida, Estados Unidos y la Unión Europea ya habían encendido las alarmas por la evolución del Irán en esta materia. De hecho, Washington y Bruselas sancionaron a Irán por su programa de aviones no tripulados, alegando que había enviado drones a Rusia para su guerra
contra Ucrania - una acusación que Teherán niega -.
Sin lugar a dudas, nos adentramos en una nueva era de la historia de la guerra; donde la inteligencia artificial y el avance tecnológico son cada vez más centrales. Si bien por un lado los aviones no tripulados permiten ser más precisos respecto a los targets - evitando por ejemplo lanzar una bomba en una comunidad entera con el objetivo de lanzar un ataque a un blanco concreto -; lo peligroso de estos avances es que lejos estamos de conocer sus límites.