El pasado lunes 27 de abril, Israel lanzó un nuevo ataque misilístico hacia zonas cercanas a la capital de Siria, Damasco. Las fuerzas aéreas del ejército sirio informaron que repelieron un ataque de aviones israelíes que sobrevolaron el sur de El Líbano hacia el territorio sirio y la mayoría de los misiles fueron derribados.
Dicha acometida dejó un saldo de 7 muertos y varios civiles heridos, ya que la metralla de los misiles israelíes alcanzó varias viviendas de Hajira y Adlih, dos suburbios de la capital siria. Asimismo, este episodio se trata del segundo ataque en una semana que Damasco acusa a Israel de haber lanzado desde territorio libanés contra territorio sirio.
El Observatorio Sirio de Derechos Humanos, cabe destacar, señaló que los bombardeos israelíes tuvieron como objetivo zonas en el sur y sureste de Damasco, porque allí es donde se sitúan sedes y milicias de fuerzas iraníes y del grupo chií libanés Hezbollah; a quienes Tel Aviv considera como una amenaza para su seguridad.
No obstante, los bombardeos israelíes no son la única amenaza a la que las autoridades sirias deben hacer frente. El gobierno de Bashar Al Assad sigue combatiendo a fuerzas opositoras en 3 Idlib y, en paralelo, debe luchar contra el COVID-19. A pesar de que, hasta el miércoles pasado, no se registraron nuevos casos infectados, el peligro de que la enfermedad se expanda hacia las zonas más conflictivas, sigue latente. Dichos territorios están devastados tras años de guerra y el sistema de salud es tan endeble que sería casi imposible que logren hacer frente a la pandemia.