En los últimos días, Irak se ha convertido en el centro de atención de la región. El país se sumergió nuevamente en una ola de violentas protestas. En este caso, el detonante fue el anuncio del clérigo chií Muqtada al Sadr, quien comunicó su retirada definitiva de la política. Se trata de una de las figuras de mayor influencia en el mosaico político del país, particularmente relevante en la comunidad chiita mayoritaria.
Tras la declaración, los seguidores del clérigo, conocidos como “sadristas”, comenzaron una ola de protestas que las autoridades no han logrado contener. Los sadristas invadieron el Palacio de la República y otros edificios públicos de la Zona Verde de Bagdad. De hecho, el gabinete iraquí se vio forzado a interrumpir las sesiones tras la irrupción de manifestantes el pasado lunes 29 de agosto.
Ante este panorama, las autoridades iraquíes establecieron un toque de queda en todas las provincias del país, desde las 19hs. No obstante, al momento las manifestaciones dejaron tras sí un centenar de heridos y alrededor de diez muertos.
Naciones Unidas se pronunció sobre la situación iraquí e hizo un llamado a la prudencia. Además, la misión de la organización en Irak (UNAMI) instó a los manifestantes a salir inmediatamente de la Zona Verde y desalojar los edificios públicos. En una línea similar, Estados Unidos instó a que se mantenga la calma en medio de las manifestaciones. Incluso la Unión Europea se pronunció al respecto, pidiendo máxima moderación a todas las partes para evitar “más violencia”. 2
Estos acontecimientos son un capitulo más en la larga crisis política que asola al país hace tiempo. Este escenario se ha mantenido por al menos diez meses, pero al parecer, la escalada de violencia producto de las protestas alarmaron particularmente a la comunidad internacional.
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