IREMAI· GEMO
REPORTE
FRAME 01/14 · 20 de marzo de 2026

La escalada contra Irán y sus múltiples frentes

Introducción

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Fotografía · IREMAI Derechos reservados
20 de marzo de 2026 7 min Medio Oriente 1.397 palabras
REPORTE · OBSERVATORIO

Introducción

El pasado sábado 14 de marzo se cumplieron dos semanas de la operación “Furia Épica” y “Rugido del León” contra la República Islámica de Irán, perpetrada por Estados Unidos (EEUU) e Israel. Algunos analistas la calificaron como el mayor despliegue norteamericano en Medio Oriente después de la invasión a Irak en 2003. Este ataque implicó, consecuentemente, una respuesta iraní contra blancos en todo Medio Oriente, provocándose de esta forma una crisis regional sin precedentes.

A casi veinte días del inicio del conflicto, es pertinente desglosar brevemente las aristas principales del mismo. En primer lugar, el impacto económico de la guerra afecta cada vez más a actores como las petro-monarquías del Golfo, países asiáticos, la Unión Europea (UE), y también a China. En segundo lugar, continúan los ataques mutuos y se vislumbran pocos indicios de emprender una negociación. Además, una cuestión a preguntarse es cuál es el rol de los aliados de Irán del Sur Global, principalmente del grupo BRICS, que hasta la fecha no ha emitido ningún comunicado oficial sobre el conflicto. Por último, cabe reflexionar sobre la situación interna en Irán producto de la escalada.

Golpe al mercado energético

Desde el inicio del conflicto, Irán optó por la regionalización del mismo. En respuesta a los ataques iniciales del 28 de febrero, Teherán amplió rápidamente el alcance de sus operaciones, incluyendo ataques con misiles y drones contra bases militares estadounidenses en Qatar, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Kuwait e Irak. Estas acciones no sólo buscaron generar costos directos sobre Washington, sino también involucrar a actores regionales claves, trasladando el conflicto más allá del eje bilateral con Israel. También se registraron ofensivas contra infraestructura energética en el Golfo, particularmente en Arabia Saudita y EAU, que incrementaron la vulnerabilidad de los mercados energéticos internacionales. En este sentido, Irán ha apuntado a combinar la respuesta militar con la presión económica, utilizando su capacidad de afectar puntos críticos del sistema energético global como herramienta de disuasión.

Uno de los ejemplos más ilustrativos de este tipo de respuesta por parte de Teherán ha sido la amenaza a los buques que atravesaran el estrecho de Ormuz, y, consecuentemente, su bloqueo. Esta vía marítima constituye uno de los principales corredores del comercio energético mundial, por donde transita aproximadamente el 20% del comercio mundial de petróleo y gas natural licuado (GNL). El anuncio de Teherán generó una inmediata reacción en los mercados, impulsando al alza los precios del crudo y aumentando la preocupación por una eventual crisis energética de mayor escala. El impacto de esta medida no se limitó a los países directamente involucrados en el conflicto, sino que economías altamente dependientes de las importaciones energéticas, como China, y en menor medida la Unión Europea (UE), comenzaron a sufrir sus consecuencias. En paralelo, EEUU instó a sus aliados a desplegar su presencia naval en la región –como es el caso de Reino Unido– con el objetivo de garantizar la navegación por el estrecho.

La continuación de los ataques

Luego de varios días de hostilidades ininterrumpidas, el conflicto alcanzó un punto crítico el pasado martes 17 de marzo, cuando se ejecutaron cientos de incursiones estratégicas sobre ciudades claves como Teherán e Isfahán. La misma noche del martes un proyectil impactó en una central nuclear iraní, aumentando la tensión entre los actores.

Por otro lado, también continuó la estrategia israelí de la eliminación de figuras claves de la cúpula de Irán. El pasado sábado 14 de marzo, el ejército israelí confirmó que abatió a dos altos cargos de inteligencia iraní días antes, durante un ataque aéreo hacia Teherán. Los funcionarios eran Abdollah Jalali Nasab y Amir Shariat, miembros del Comando Unificado de Operaciones Khatam al-Anbiya. Posteriormente, el miércoles, Israel volvió a golpear a la cúpula iraní asesinando al ministro de Inteligencia Esmail Jatib, luego de haber anunciado la muerte del poderoso e influyente jefe del Consejo Superior de Seguridad Nacional, Alí Larijani.

Como respuesta a estas acciones, el nuevo Líder Supremo iraní, Mojtaba Khamenei, juró venganza. Luego Teherán bombardeó el complejo gasífero de Ras Laffan, en Qatar, reafirmando el foco de la guerra en el sector energético. Tel Aviv reaccionó atacando uno de los mayores yacimientos de gas del mundo, ubicado en la región iraní de Pars del Sur. Por su parte, Washington afirmó que no participó de dicha operación.

Sur Global: el silencio de BRICS

En el plano internacional, uno de los elementos más llamativos del conflicto ha sido la ausencia de una postura coordinada por parte de los países miembros del BRICS. Cabe recordar que la República Islámica se incorporó oficialmente al mismo el 1 de enero de 2024, y había sido invitada a unirse durante la XV Cumbre del grupo en Johannesburgo, en agosto de 2023. La incorporación también incluyó a Egipto, Etiopía y EAU. A pesar de que uno de sus recientes miembros está siendo atacado militarmente, el bloque no ha emitido –hasta el momento– un comunicado conjunto que aborde de manera directa la escalada iniciada el 28 de febrero.

Lo cierto es que se mostraron divisiones internas frente a la guerra. Por un lado, Brasil, China y Rusia condenaron rápidamente el ataque contra Irán. Por su parte, la India guardó silencio sobre EEUU e Israel y cuestionó solamente las represalias iraníes en la región. Por último, Sudáfrica expresó su profunda preocupación sobre la escalada sin señalar responsables. Esta clara diferencia de posturas evidenció que no existe una posición unificada de sus miembros frente a conflictos internacionales de gran envergadura. Además, dejó entrever la falta de consenso al interior del BRICS y, por ende, debilita la idea de una acción conjunta. Esta situación responde a que cada miembro persigue sus propios intereses, y también a que la incorporación de nuevos países dificulta aún más la toma de una sola postura ante coyunturas tan complejas.

El frente interno: riesgos en un escenario de guerra prolongada

Más allá del desarrollo militar, el conflicto ha agravado una situación interna ya deteriorada en los últimos años. Uno de los elementos que comienza a adquirir relevancia es el riesgo de un vacío de poder. Analistas advierten que la continuidad del conflicto podría tensionar los equilibrios internos entre las distintas facciones de la cúpula iraní, particularmente entre sectores más pragmáticos y líneas duras vinculadas a la seguridad. En este marco, la cuestión de la sucesión política cobra centralidad. La incertidumbre sobre el futuro liderazgo del país, ya presente antes del conflicto, se ve ahora amplificada por el contexto bélico. La posibilidad de una transición en un escenario de guerra introduce un factor adicional de inestabilidad y vulnerabilidad, en tanto podría ampliar disputas internas en un momento de alta presión externa.

En paralelo, el deterioro de las condiciones de vida también ha comenzado a reflejarse en movimientos de población. Si bien aún no se configura una crisis migratoria de gran escala, las cifras de desplazamientos internos alcanzan los 3.2 millones de personas, que se suman a los emigrados hacia países vecinos, en particular hacia Turquía e Irak. Este flujo responde tanto al temor por la intensificación de los ataques como al impacto económico del conflicto. El eventual aumento de la emigración iraní podría generar tensiones adicionales en la región, especialmente en Estados que ya enfrentan desafíos migratorios producto de poblaciones desplazadas. En este sentido, la evolución del conflicto no sólo tendrá consecuencias dentro de Irán, sino también sobre la estabilidad de su entorno inmediato.

Otro elemento a considerar es el rol de las minorías étnicas dentro del territorio iraní, particularmente la población kurda, ubicada en el noroeste del país. Históricamente, estas regiones han mantenido una relación tensa con el poder central, marcada por reclamos de autonomía y episodios de conflicto. En un contexto de guerra y posible debilitamiento del control estatal, algunos analistas señalan el riesgo de que estos grupos adquieran mayor protagonismo, ya sea a través de protestas internas o mediante la articulación con actores externos.

La situación se ve complejizada por la dimensión transnacional de la cuestión kurda, que involucra también a Turquía, Irak y Siria, lo que podría añadir una nueva capa de regionalización al conflicto. No obstante, hasta el momento no se han registrado movimientos coordinados a gran escala, lo que sugiere que, si bien el riesgo existe, su materialización dependerá de la evolución del conflicto y del grado de debilitamiento del aparato estatal iraní.

Trump’s war on Iran: his biggest gamble yet. (2026, 7 de marzo). The Week, 1582, 2-3.

MATILDE FESER Y CAMILA CRESTA

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