IREMAI· GEMO
REPORTE
FRAME 01/14 · 20 de diciembre de 2018

La gestión de Mohammed bin Salmán:

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Fotografía · IREMAI Derechos reservados
20 de diciembre de 2018 24 min Medio Oriente 5.215 palabras
REPORTE · OBSERVATORIO

Los factores duros de poder, claves en la política exterior de Arabia Saudita, inciden principalmente en la relación con sus vecinos más inmediatos. El ascenso al trono de Salmán bin Abdulaziz en enero de 2015 y el nombramiento de su hijo Mohammed como Príncipe Heredero, representaron un punto de inflexión en la política regional: por un lado, dieron inicio a un proceso de concentración de poder al interior y, por otro, significaron la búsqueda liderazgo y hegemonía en Medio Oriente. Ambos lineamientos se han acelerado notablemente en los últimos años y, en 2018, han alcanzado niveles de violencia de notable paroxismo.

A nivel doméstico, el tándem en el poder ha emprendido un trabajo de sometimiento de sectores opositores a su gobierno. A través de arrestos discrecionales, no ha perdonado a nadie que haya cuestionado la cúpula de poder o el proceso controlado de cambio social iniciado para renovar la imagen del Reino. En los últimos meses, la presión se concentró en el movimiento por los derechos de la mujer, en dignatarios religiosos, y en diversos miembros de la propia Casa de Saúd.

A nivel regional, por su parte, el gobierno ha buscado demostrar su poder militar y económico con diversas acciones: el despliegue de Gulf Shield 1, que constituyó el ejercicio

militar conjunto más grande de la región; el envío de paquetes de ayuda económica a Bahréin, Jordania, e instituciones que sostienen la causa palestina - entre otros -; y la búsqueda de condena internacional y desfinanciación de grupos como Hezbolá, que considera aliados de su principal enemigo: Irán.

Sin embargo, las acciones llevadas a cabo tanto en el ámbito doméstico como regional no han tenido siempre el resultado esperado por Riad.

Por un lado, el asesinato de Khashoggi en el mismo Consulado saudita en Estambul, repercutió negativamente en la imagen de Mohammed bin Salmán, ya que el Príncipe Heredero fue vinculado a los ejecutores del homicidio.

En el mismo Golfo, la incapacidad de poner fin a la guerra civil en Yemen por parte de la coalición liderada por la Monarquía saudí -luego de más de seis años de conflicto, ha puesto en tela de juicio el poder de Riad en su propio vecindario. Las denuncias por crímenes de guerra y violaciones a los Derechos Humanos, junto a las desastrosas consecuencias económicas y humanitarias para la población yemení, dañaron no sólo la imagen

internacional de la potencia regional, sino la del mismo Príncipe Heredero – Ministro de Defensa del Reino.

El Consejo de Cooperación del Golfo sobrevivió un año más, a pesar de la crisis de Qatar que continúa sin resolverse, y de las disidencias frente a temas como la postura a adoptar con Irán. El 2019 se vislumbra más complejo aún, con Doha redoblando la apuesta en su proyección internacional, y con el Reino saudita moviéndose entre aciertos y desaciertos en la conservación de liderazgo en Medio Oriente.

LIC. MARIA LAURA GARCIA ROKO e IGNACIO PUNTIN

2018: ¿el último suspiro del califato?

El grupo yihadista Estado Islámico (EI) llegó a ocupar un territorio del tamaño de Gran Bretaña tras su avance relámpago en 2014, con fronteras que se extendían desde Irak hasta el occidente de Siria, y donde autoproclamó la reinstauración del califato.

Afortunadamente, a finales de 2017 la coalición antiterrorista liderada por Estados Unidos, cosechó el fruto de sus esfuerzos en Siria e Irak. Fue así que el 2018 se inauguró como un año cargado de expectativas con la victoria militar sobre los asentamientos de EI en Irak y Siria.

Sin embargo, a pesar de la recuperación de los territorios ocupados en Siria e Irak y la desintegración casi total del califato - según el Pentágono entre 2016 y 2018 se ha dado una reducción de aproximadamente un 98% del territorio que controlaba EI en su apogeo - el 2018 no representó un año libre de amenazas como se esperaba. Por el contrario, el grupo yihadista siguió ocupando los principales titulares de los medios de comunicación a nivel global, atemorizando a las poblaciones locales y siendo el foco prioritario de los esfuerzos antiterroristas.

Entonces, ¿qué tan cerca está el final de EI? ¿Puede realmente decirse que EI se encuentra

derrotado? Muchos expertos coinciden en que, si bien EI fue derrotado en el terreno, los motivos de su surgimiento no se han modificado y su estructura ideológica se encuentra intacta, convirtiéndolo en una amenaza aún latente.

Para Víctor de Currea Lugo, corresponsal en Medio Oriente, el fin no está cerca. Currea explica que las causas que dieron pie a EI siguen intactas. “La pelea entre sunitas y chiitas, la gran exclusión de las tribus sunitas al sur de Irak, la guerra civil que vive Siria, todas son causas que si no se tratan harán que estas organizaciones vuelvan a aparecer”.

Para Ethel Bonet, corresponsal en Beirut de France 24, Estado Islámico tiene todavía una presencia importante como entidad internacional. En 2018 se registraron más de 20 atentados de gran calibre este año donde la mayoría de ellos tuvieron lugar en sus antiguos territorios en Siria e Irak. Esto se debe a que luego de que EI pasó a la clandestinidad, se volvió mucho más difícil detectar sus centros de operaciones. Además, aún posee apoyo local en las zonas que solía dominar, y tanto Irak como Siria siguen siendo países sumamente inestables lo que los convierte en territorios propicios para su accionar.

Para Currea Lugo, otro factor que alimenta la violencia yihadista es la islamofobia en Occidente. Los problemas de inclusión de las comunidades islámicas en Europa, los dobles

estándares en ciudadanía en Europa, y la exclusión y la pobreza, alimentan la radicalización, ya que se genera la creación de guetos que son el caldo de cultivo de los reclutadores.

En resumen, hace un año EI aún representaba un peligro inminente, no sólo para Medio Oriente y el Norte de África, sino para todo el globo. Hoy, los restos de esta organización terrorista-yihadista ocupan un territorio minúsculo en el este de Siria. No obstante, la amenaza persistirá mientras que las causas que le dieron surgimiento en la región y en el resto del mundo, no sean erradicadas, y mientras existan conflicto sociales, políticos y económicos que los yihadistas puedan usar a su favor para enarbolarse como una alternativa ante las poblaciones insatisfechas.

LIC. VERONA FIDELEFF y GINA FIORUCCI

2018, un año de grandes desafíos para el Norte de África

Túnez, Libia y Egipto, los países cuyo seguimiento realizó el Observatorio a lo largo del año, experimentaron avances y retrocesos en materia política, social y económica a lo largo de este período. A continuación, un breve análisis de lo sucedido en ellos durante el 2018.

Para Túnez, el camino hacia la profundización democrática vuelve a encontrar diversos matices. Así como año tras año desde el despertar de su población tras las revueltas árabes, el país magrebí ha impregnado a la región de increíbles avances en materia jurídica y social, también ha caído en importantes reveses dado a los conflictos políticos internos que sufre hasta la actualidad. El proceso de secularización roza a la sociedad tunecina. La posición de la mujer en la vida política, social y económica ha cambiado enormemente, llegando a ser ejemplo en la región y en el mundo. Pero a pesar de dichos avances la lucha por el poder, los juegos políticos, la crisis económica y migratoria dejan a Túnez nuevamente al borde de la inestabilidad.

Para Libia, el 2018 fue el año en que debía poner en marcha la hoja de ruta diseñada para celebrar elecciones presidenciales y legislativas a fin de año, con el objetivo último de sacar al país de la caótica inestabilidad política que acarrea desde 2011. Sin embargo, tal plan de acción se ve postergado dada la irrupción de nuevos focos de conflicto que han entorpecido

la sanción de la ley electoral y de una nueva constitución que daría marco a los comicios, desde el atentado a la sede electoral de Trípoli en mayo al estallido del conflicto entre milicias también en la capital en agosto. Pese a que Italia y Francia han participado activamente en pos de la solución política, la Conferencia Internacional que convocó a las potencias regionales y extrarregionales en noviembre tampoco condujo a grandes resultados.

Por último, en Egipto el presidente Abdelfattah al-Sisi revalidó en abril su cargo en unas elecciones que se caracterizaron por una baja participación, el retiro de los rivales políticos de peso de la carrera electoral y la presentación de la candidatura de un rival prácticamente inexistente para evitar que las elecciones se transformaran en un plebiscito por aclamación. Por otro lado, la economía egipcia continuó siendo frágil y se enfrenta a desafíos a corto y mediano plazo, tales como la estabilización de la inflación, el reto que implica el crecimiento ininterrumpido de la población, la deuda pública y la lucha antiterrorista. En consecuencia, sólo un auténtico progreso socioeconómico, proporcionará un verdadero apoyo interno al régimen.

En conclusión, tanto las autoridades tunecinas como libias y egipcias aún deben hacer frente a importantes desafíos, por lo que el año próximo le demandará la conciliación de esfuerzos e intereses para abordar tales situaciones. PAULA BERDINI BARBERO, VICTORIA NASURDI y MARÍA VICTORIA UBEDA

En 2018 Rusia y Estados Unidos marcaron el ritmo en Medio Oriente

Este año se encontraron en Medio Oriente grandes poderes como Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia, que trataron de marcar el ritmo regional. Pero el 2018 marcó un obstáculo en la tendencia de los últimos años en donde las potencias regionales, especialmente Arabia Saudita e Irán, incrementaban sus márgenes de maniobra. Hoy parece estar claro que ese incremento tiene sus costos. Es importante destacar que el contexto actual de Medio Oriente está marcado por dos crisis políticas, militares y humanitarias, la crisis siria y la crisis yemení. En las cuales la geopolítica efectivamente está presente en sus distintos niveles.

En 2018 Donald Trump marcó su impronta en la región MENA (Medio Oriente y el Norte de África) con su deseo de volver a ocupar una posición hegemónica. Esto queda en evidencia en distintas decisiones políticas que desestabilizaron el statu quo regional. En primer lugar, la salida del Acuerdo Nuclear firmado con Irán fue la decisión más disruptiva, sumado a la consiguiente imposición de sanciones económicas que limitaron la proyección diplomática y económica iraní. Si bien, la salida estadounidense fue rechazada por la comunidad internacional, Irán queda golpeada, ya que los acuerdos comerciales y de inversión pasan a estar bajo un nuevo filtro. A pesar de que Europa, la Organización de Naciones Unidas (ONU) y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) prometen seguir en el Acuerdo, la

realidad es que la tensión Estados Unidos – Irán fue in crescendo.

En segundo lugar, la política estadounidense de imponer altas tarifas aduaneras al aluminio y acero turcos fue una de las causas de la crisis que vivió Turquía este año. El país se vio desestabilizado en sus cuentas, lo cual afectó su rol como barrera de contención de las grandes oleadas migratorias de refugiados a Europa. Por lo que, sin la asistencia financiera europea, dejaría de ocupar ese rol. Por otro lado, el asesinato del periodista árabe Jamal Khashoggi en Turquía, le dio la posibilidad al país de generar una buena imagen internacional, como un país serio que investigaría más allá de que los imputados sean parte de la familia real saudí, lo cual, fue sutilmente apoyado por Estados Unidos. Es así como Arabia Saudita recibió un fuerte golpe a su prestigio internacional con consecuencias negativas en su estrategia de cambio de imagen internacional. Arabia Saudita se vio en la silla de los acusados perdiendo credibilidad, y esto se refleja en los cambios del discurso oficial sobre el caso Khashoggi, lo cual llegó a manchar la Conferencia del G20 en Buenos Aires. Sin embargo, no deja de ser un actor imprescindible en la región, siendo el factor clave para el fin de la crisis humanitaria en Yemen.

Israel, es quien recibió grandes apoyos de la administración Trump. La mudanza de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén y el apoyo estadounidense a Israel en distintos

organismos internacionales, es una fiel prueba de una alianza que fue reforzada tras haber estado dañada en los años de Obama.

Por el lado ruso, Vladimir Putin sigue siendo el hombre con mayor injerencia en la crisis siria. Es quien lidera las conversaciones de Astaná, presentándolas como una solución política y negociada por encima de una solución militar, con participación de Turquía, Irán y Siria. A principios de diciembre, la ONU destacó la relevancia de estas conversaciones dándole legitimidad al proceso. Rusia es quien está mejor posicionado en la resolución de la crisis y es quien logró su objetivo, presentarse al mundo como un actor resolutivo imprescindible en cualquier negociación.

Para 2019 la geopolítica puede cambiar, es necesario estar atentos a las crisis siria y yemení y a los actores que determinan su resolución, especialmente, Rusia y Estados Unidos como actores extrarregionales, y Arabia Saudita e Irán como los grandes pesos regionales al día de hoy.

JONATÁN CARNÉ

Conflicto palestino israelí - Año 2018

El año 2018 estuvo marcado por dos hechos fundamentales desde la mirada palestina. El primero fue el cumplimiento del aniversario setenta del Nakba, momento en el que miles de palestinos fueron desplazados de sus hogares en 1948, ya sea por fuerzas israelíes o por el mandato de los países árabes. Para la conmemoración de este hecho, los palestinos llevaron adelante una serie de protestas llamadas “marcha del retorno” en la Franja de Gaza. Las mismos fueron repelidas por las Fuerzas de Defensa de Israel. Ante estos hechos, Hamas atacó contra territorio israelí a través de globos incendiarios y cohetes. Estos ataques llevaron al gobierno del Estado judío a pensar en una intervención en Gaza similar a la ‘operación margen protector’ del año 2014.

La no intervención de manera contundente en territorio gazatí estuvo a punto de llevar al colapso al gobierno de Israel. Es de destacar que el ministro de defensa, Avigdor Liberman, renunció a su cargo dejando a Netanyahu con una nueva función en el gabinete. El primer ministro ve la situación del norte como prioridad. Esta posición se vio respaldada por el lanzamiento de la operación “Escudo del Norte” que tiene como objetivo la búsqueda de túneles terroristas realizados por Hezbollah desde el Líbano hacia Israel

Por otro lado, el proceso de reconciliación entre las dos facciones palestinas, Fatah y Hamas,

parece haber avanzado gracias a la mediación de Egipto. A fines de noviembre, en una reunión entre representantes de ambas partes se estableció un acuerdo preliminar para llevar adelante la posible reconciliación.

En este año también podemos destacar la injerencia de EE.UU. en la cuestión palestina. En agosto la administración de Trump recortó el presupuesto que su país destinaba a la Agencia de Refugiados Palestinos de Naciones Unidas. Otro hecho que enfatiza el apoyo de Trump a Israel fue el de cumplir su promesa de campaña de trasladar su embajada a Jerusalén. Este hecho fue aplaudido por Israel por el valor simbólico que representa conceder a la ciudad santa el status de capital del Estado judío.

En otro orden de cosas, el mundo árabe parece estar mirando con otros ojos a Israel. A la falta de empatía hacia la causa palestina, se le suma los contactos que ha tenido el Estado judío con Omán, que incluyo la visita de Netanyahu a ese país, y la cooperación con los países árabes “moderados” en materia de seguridad a raíz de la existencia de un enemigo común como es Irán.

Por último, el pasado mes de septiembre un avión ruso fue derribado en territorio sirio por misiles antiaéreos de este último. No obstante, el hecho ocurrió en medio de un ataque israelí en el territorio de Latakia y Rusia culpo a Israel de usar a su avión como escudo ante las defensas sirias. Tras este hecho, Rusia entregó misiles S- 300 a Siria pese a establecer que el gesto no iba dirigido hacia Israel. Tras la tensión generada por este hecho, ambos países volvieron a cooperar en materia de seguridad en territorio sirio.

LIC. FABIAN DRISUN e IMANOL BIURRUN

Un año difícil para las economías saudí y persa

Hace un tiempo que se viene analizando la rivalidad geopolítica y estratégica en que se encuentran los dos principales países de la región de Medio Oriente, Arabia Saudita e Irán. Una de las dimensiones en que sendos estados compiten es en la económica. Arabia Saudita viene atravesando un proceso de redefinición de su matriz productora a partir del ascenso del príncipe Mohammed bin Salman en el régimen wahabita. Su Visión 2030 busca diversificar la economía saudí mediante inversiones en sectores no petroleros, favoreciendo los desarrollos en tecnología y el turismo. Por otro lado, la República Islámica de Irán continúa batallando contra las sanciones que le fueron reimpuestas por la administración Trump.

Una de las principales áreas en donde dirimen es en torno a los precios del petróleo. Arabia Saudita es el mayor productor y exportador del mundo de petróleo crudo, pero no concuerda con Irán en cuanto a la producción y precio de venta. Arabia ha decidido tolerar los precios bajos a corto plazo, pero Irán prefiere un mayor precio por barril, luego de años de exclusión del mercado mundial del petróleo por las sanciones impuestas por Naciones Unidas a su programa nuclear. La caída de precios del petróleo en 2014 afecto fuertemente la economía árabe. Desde 2016 viene viendo una mejoría, pero la tendencia de septiembre

de este año muestra una baja, finalizando el año en un precio que no llega a los 60 dólares norteamericanos el barril Brent (48 US$ el WTI). Por otro lado, se ha logrado reducir el déficit presupuestario que viene siendo negativo desde 2014. Para balancear el presupuesto estatal, Arabia Saudita necesitaría que el precio del barril de petróleo se ubicara en un mínimo de 82 dólares, según estimaciones del FMI.

El mercado de acciones saudí es uno de los pilares del plan del príncipe para reflotar la economía árabe. Debido a las sucesivas crisis políticas en este último año y la polémica generada por el asesinato de Khashoggi, muchos inversores han decidido desprenderse de las acciones saudíes. Ante esta situación, la monarquía ha gastado billones de dólares para mantener en pie el mercado accionario y calmar a los inversores.

Por el lado persa, el régimen viene sufriendo una situación económica y financiera drástica. La devaluación del rial iraní generó una gran inestabilidad en el país. Si bien se vio una mejora en los últimos meses, los analistas concuerdan en que por más que cambie la situación monetaria es, altamente probable que caiga en una profunda y amplia recesión. Numerosas unidades de producción cerrarían viéndose un aumento generalizado del desempleo. Por otro lado, la inflación está alcanzando el 170% anual.

Otro gran problema que enfrenta la economía iraní es que tiene su sistema bancario prácticamente quebrado. Hoy subsiste gracias a aportes del propio régimen y de privados. Para compensar esta bancarrota, están manejando tasas de entre el 30% y 33% de interés. A todo esto, se le suma la gran presión que ejerce Estados Unidos con la ronda de sanciones impuestas.

A este panorama se le suma el hecho de que ambos países se encuentran involucrados en diversos conflictos bélicos en la región lo que genera un gasto fijo muy alto. Mientras ambos estados continúen en la búsqueda por expandir y consolidar su influencia es muy probable que sus problemas económicos persistan.

AGUSTÍN DIP

La Turquía de Erdogan: pieza clave en escenarios convulsos

Durante el 2018, Turquía ha pasado por complejas circunstancias a nivel local, regional y global que la han consolidado como un actor de gran influencia. En el ámbito local se destaca la vulnerabilidad de la economía, que implicó una profunda crisis de la lira turca producto de la suba de la tasa de interés de por la Reserva Federal de EEUU y de los desequilibrios internos, como el elevado endeudamiento externo y la alta inflación. Esta crítica situación fue la excusa apropiada para adelantar las elecciones nacionales, las cuales implicaron la transformación del sistema parlamentario a otro presidencialista. Finalmente, la victoria de Erdogan fue leída en esta clave estratégica: la victoria de un hombre fuerte era necesaria para superar todo tipo de crisis.

En el escenario regional es menester destacar dos cuestiones. En primer lugar, el resquebrajamiento en los vínculos con Israel tras el establecimiento de la embajada norteamericana en Jerusalén, lo que motivó que el embajador de Israel en Ankara deba retirarse a su país por un tiempo. Esta decisión implicó el debilitamiento de las relaciones bilaterales con uno de los socios más importantes de EEUU en la región.

En segundo lugar, la creciente tensión en relación a Arabia Saudita producto del asesinato de Khashoggi. La crítica y el escrutinio internacional que recaen sobre la Monarquía del

Golfo, en parte alentada por el propio presidente turco, junto con el descontento de EEUU hacia Arabia Saudita, le permiten a Turquía presionar con mayor legitimidad a la monarquía, la cual es abiertamente hostil hacia Ankara, sobre todo por su apoyo a la Hermandad Musulmana y a Qatar. De esta manera, Turquía busca expandir su influencia hasta el Golfo, lo que le permitiría obtener mayores ventajas sobre Arabia Saudí.

A su vez, el rol de Turquía trascendió el ámbito regional e influyó en la agenda global. La relación con EEUU estuvo particularmente marcada por el enfrentamiento y las tensiones. Cabe destacar la decisión de EEUU de trasladar su embajada a Israel, y la continuación de la detención por parte de Ankara del Pastor Brunson, la cual motivó la aplicación de sanciones e imposición de aranceles. Éstas aumentaron la fragilidad de la economía turca, acentuando el sentimiento antinorteamericano, cuyo punto culmine fue el ataque a la embajada norteamericana en Turquía.

De modo contrario, con Rusia la relación fue prolifera. El teatro sirio fue en donde estrecharon sus relaciones. Aunque ambos difieren en sus objetivos y posiciones en cuanto al futuro del nuevo gobierno sirio, cooperaron en diversas circunstancias como en el proceso de Astaná en el que establecieron una zona desmilitarizada alrededor de Idlib,

evitando una última ofensiva militar con consecuencias humanitarias catastróficas. Ambos han buscado una salida política al conflicto, apoyando los planes propuestos por la ONU, y manifestándose conjuntamente en la lucha contra el terrorismo. JOEL FOYTH, ABRIL MANALÍ MUÑOZ y LUCA PACE

Irán ante un contexto adverso: resiliencia y adaptación

Para Irán, el año 2018 estuvo signado por el cumplimiento de las amenazas que el presidente de los Estados Unidos (EE.UU.), Donald Trump, venía realizando desde el comienzo de su mandato en enero de 2017, con las profundas consecuencias que ello trajo para la situación económica y política del país. En el centro de la controversia debemos colocar la decisión unilateral de EE.UU. de retirarse del Plan Integral de Acción Conjunta en mayo y la consiguiente reimposición de sanciones en agosto y noviembre. Cabe destacar que las últimas sanciones impuestas, concernientes al sector exportador de hidrocarburos y al sector financiero, no fueron completamente implementadas ya que Washington otorgó waivers a algunos de los principales socios comerciales de Irán, entre ellos China. Estos waivers caducarán el año entrante, haciendo que las previsiones para el año 2019 sean potencialmente peores.

Si bien el resto de los signatarios permaneció en el Acuerdo y expresó su rechazo a la decisión de la Casa Blanca, ya sea por falta de voluntad política o de capacidad, ninguno ha llevado adelante hasta el momento acciones claras y eficaces para evitar que la economía iraní sufra las consecuencias de las sanciones. A pesar de los esfuerzos, la Unión Europea (UE) no ha podido implementar el Vehículo de Propósito Especial (SPV), por lo que el temor

de una represalia de Washington pareciera haber finalmente minado su capacidad de agencia.

En el ámbito doméstico, el fracaso del Acuerdo ha conducido, por un lado, a una crisis económica- profundizada por la baja de los precios del petróleo- que se evidenció en una creciente inflación y devaluación, disminución de la confianza de los emprendedores y reducción de inversiones, principalmente de empresas europeas. Por otro, en el aspecto político, ha forzado a la administración Rouhani – considerado moderado – a adoptar un tono más duro, más bien propio de la línea conservadora dentro del espectro político iraní. En el área social, la serie de protestas a mediados del año expresó el malestar económico de las clases trabajadoras y la desilusión entre los jóvenes. Los ataques terroristas también aumentaron este año con respecto al 2017, siendo las regiones cercanas al Balochistán en Pakistán, y en la provincia de Ahvaz, al sur, las más afectadas.

En el ámbito regional, la participación de Irán en los escenarios de conflicto en Siria y Yemen estuvo signada por la creciente rivalidad con Arabia Saudita. El avance del gobierno de Bashar al-Assad - aliado de Irán - sobre las fuerzas opositoras hace pensar en una pronta finalización de la guerra siria, a diferencia del caso yemení, que presenta una de las crisis

humanitarias más importantes y cuya solución no pareciera encontrarse en un futuro cercano. Ya en las puertas del 2019, dos aspectos a tener en cuenta serán los efectos de las sanciones – en especial la posibilidad de la UE de encontrar una forma de burlarlas – y la evolución de los conflictos regionales. LIC. VERÓNICA DEUTSCH y MARTÍN BETTATI

La gran deuda pendiente es con los refugiados

Al llegar al final del año, una breve reflexión permite arrojar luz sobre los avances y retrocesos en el abordaje que efectúan los principales países que se ven afectados, de una u otra manera, por la crisis de refugiados y desplazados forzosos, denominación recurrente desde los medios y academia occidental para referirse al continuo movimiento de millones de personas vulnerables que huyen de la violencia y requieren protección internacional.

Para entender a qué nos referimos con ‘crisis’ basta por repasar las estadísticas provistas por ACNUR. Las mismas revelan que el presente año marcó el triste récord de superar los 68 millones de desplazados, de los cuales 26 millones son refugiados. De ellos, dos tercios proceden solamente de la región del MENA producto de la continuidad de las guerras en Siria, Yemen y Libia, sumado a conflictos armados y violencia en Sudán del Sur, Somalia, RDC y Afganistán.

Resulta relevante que de la misma manera en que un elevado número de personas proceden de un pequeño puñado de países, son realmente muy pocos los que concentran la mayoría de los refugiados acogidos. Como dato no menor, las mayores economías industriales y armamentísticas del mundo paradójicamente no figuran en los citados índices, siendo los principales países de acogida países en desarrollo: Turquía, Uganda,

Pakistán, Líbano e Irán.

En relación a la crisis de refugiados, la reproducción de discursos xenófobos y antiinmigrantes y la llegada al poder de gobiernos de ultra derecha, viene demostrando la falta de visión política para tratar una problemática multicausal cuyas raíces frecuentemente provienen de la promoción de sus propios intereses económicos y políticos en regiones que explican la mayoría del movimiento migratorio y de refugiados y desplazados.

Reflejo de esto son las políticas migratorias orientadas a la securitización empleadas por países como Italia, Francia y España en el Mediterráneo, principal vía para los migrantes y refugiados provenientes de África y donde solo este año se ahogaron cerca de 800 personas. La falta de coordinación internacional y la ausencia de iniciativas respetuosas de los derechos humanos nos legaron imágenes como el sabotaje sostenido a la labor de organizaciones humanitarias, en referencia a la campaña europea contra las misiones del barco ‘Aquarius’ de Médicos Sin Fronteras, abocado al rescate de balsas provenientes de la costa norafricana.

No obstante, un hecho realmente significativo fue la discusión dada en el seno de la Asamblea General de la ONU que desembocó recientemente en Marrakech al firmarse el Pacto Global sobre Migración, finalmente suscrito por 164 países y rechazado por, entre otros, EEUU. Resta observar el real impacto que tendrá este ambicioso, pero no vinculante acuerdo que busca reforzar la cooperación internacional, promoviendo ayuda para los países de origen y de acogida y reducir los riesgos a los que se ven expuestos los migrantes.

RODRIGO MEDIN

Siria: la guerra que parece no tener fin

A pesar de los pronunciamientos en torno al fin de la guerra civil siria, el conflicto ya transcurre su octavo año de duración. Se trata de la conflagración más sangrienta del siglo XXI con un saldo de más de medio millón de muertos y 13 millones de desplazados.

En los primeros meses del 2018, tras un presunto ataque con armas químicas perpetrado por parte del gobierno sirio en Duma, una localidad de Guta Oriental, defendida por combatientes del grupo opositor islamista Jaish al islam, Estados Unidos junto a Francia y Gran Bretaña llevaron a cabo un ataque de manera unilateral que se tradujo en un recrudecimiento de las tensiones entre las principales potencias.

Frente a este hecho, se determinó que se debería llevar a cabo una inspección especial por parte de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ). No obstante, una vez que los expertos se encontraban en el país estos no pudieron acceder a la zona por “cuestiones de seguridad” alegadas por Rusia y Siria.

En el mes de mayo, luego de la decisión tomada por EE.UU. de retirarse del acuerdo nuclear con Irán, aumentó la tensión en la región y Siria no fue la excepción. Como consecuencia de este acto, Israel estableció la alerta máxima luego de identificar una “actividad irregular”

de las fuerzas iraníes en Siria. Desde el comienzo de la crisis siria en 2011 Irán y Hezbollah brindaron su apoyo al gobierno de Bashar al Asad. En cambio, durante el conflicto, Israel llevó a cabo cientos de incursiones en territorio sirio con el argumento de detener el frente sirio-libanés al norte de su territorio.

Irán e Israel ya están implicados en enfrentamientos preliminares en Siria que pueden acarrear el riesgo del estallido de una confrontación abierta.

A fines de este año, el presidente sirio declaró que Idlib, provincia ocupada por rebeldes, grupos terroristas, y lugar de evacuación de miembros de las fuerzas opositoras sirias, sería su próximo objetivo. Idlib, que se encuentra en la frontera con Turquía, no solo representaba un desafío para las fuerzas de Bashar Al-Assad, sino que también lo fue para Ankara quien se mantuvo alerta ante la posible llegada de una nueva oleada de refugiados producto de los combates. Esta situación resultó ser un cimbronazo para el país turco por lo que las primeras medidas estuvieron dirigidas a Rusia con la intención de frenar al gobierno sirio.

El desarrollo de los eventos en los últimos meses revela que Bashar Al-Assad está ganando la guerra en términos militares, no obstante, en términos políticos aún se encuentra lejos

la posibilidad de alcanzar un entendimiento entre los diversos actores sirios. La crisis humanitaria y la reconstrucción de gran parte del país reflejan los grandes temas con los que tendrán que lidiar. El llamamiento realizado por Rusia a Occidente para cooperar en esta materia en agosto de este año puede llegar a ser un disparador en el futuro. Más allá de esto, la salida política y la paz todavía son un asunto pendiente que la comunidad internacional deberá comenzar a gestionar.

ESPERANZA LAURIA y PALOMA RODRÍGUEZ GUARAGLIA

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