En los últimos años la política exterior de Türkiye se ha definido por sostener vínculos tanto con Occidente como con Oriente. Desde el propio gobierno del AKP, esta orientación se presentó como una búsqueda de autonomía estratégica, apoyada en la proyección de confianza y en el intento de posicionarse como un actor activo en la diplomacia internacional. Bajo esta lógica, Ankara asumió roles de mediación en distintos conflictos y avanzó en el restablecimiento de lazos económicos y diplomáticos con varios países del Medio Oriente y del Norte de África. Sin embargo, esta estrategia de cobertura suele tensionarse cuando las grandes potencias reducen el margen de maniobra internacional. Ocurrió tras el 7-O, cuando el gobierno turco debió recalibrar su postura; se confirmó en la Guerra de los 12 días de 2025; y parece repetirse ahora con la incursión de Estados Unidos e Israel en Irán.
A pesar de su pertenencia a la OTAN, Türkiye no se alineó de inmediato con Washington y Tel Aviv. Durante la primera semana del conflicto, Ankara adoptó una política de equilibrio cautelosa: criticó el ataque conjunto, al tiempo que rechazó las amenazas iraníes hacia los Estados del Golfo. Incluso antes del inicio de la operación, algunas señales anticiparon esta postura. Türkiye había intentado durante semanas mediar un acuerdo entre Estados Unidos e Irán. Sin embargo, los ataques lanzados durante el fin de semana del 28 de febrero, tras varias rondas de negociaciones en Omán, frustraron los esfuerzos de Ankara por evitar la escalada. El propio ministro de Relaciones Exteriores, Hakan Fidan, reconoció el fracaso de esas gestiones, pese a que el gobierno turco mencionó haber propuesto “soluciones creativas” frente a las disputas sobre los programas nuclear y balístico iraní.
Durante los ataques, Türkiye no abrió su espacio aéreo ni autorizó el uso de sus bases contra Irán. Pero ese equilibrio quedó pronto en entredicho. Un informe del Ministerio de Defensa afirmó que un misil lanzado desde Irán se dirigía a Türkiye y había sido interceptado. Se dijo que el radar de la OTAN en Kurecik detectó el lanzamiento y que unidades de la alianza en el Mediterráneo realizaron la intercepción. En pocas horas la versión empezó a ser cuestionada. El Estado Mayor iraní y el ministro de Relaciones Exteriores negaron haber disparado misiles. Ese mismo día, declaraciones de funcionarios precisaron que los restos hallados en Dortyol, en la provincia de Hatay, correspondían a munición defensiva usada en la intercepción. Así se dieron frente a tres hechos: Irán negó el ataque; los radares registraron un lanzamiento y se activaron interceptores; pero los escombros en suelo turco no procedían de Irán.
La élite política y militar turca consideró esto como “un intento de desestabilizar la política de equilibrio de Ankara”. Poco después se produjo otra provocación: otro misil balístico iraní fue interceptado cerca de Hatay, y sobrevoló a casi 100 km al este de la base aérea de Incirlik, instalación que años atrás albergó tropas de Estados Unidos. Un segundo proyectil fue derribado por destructores estadounidenses con misiles SM-3, y fuentes abiertas sostuvieron que su blanco era Incirlik. Los análisis de la alianza apuntan a que estos lanzamientos se dieron desde el este de Teherán hacia Türkiye. Expertos en Ankara consideran que los tiros buscaban sondear defensas y la capacidad de afectar el radar de Kurecik en Malatya. La decisión de la OTAN de desplegar nuevos sistemas Patriot en Malatya tras estos eventos reforzó esa lectura.
El presidente Recep Tayyip Erdoğan advirtió: “Se emitieron las advertencias necesarias a Irán. A pesar de estas advertencias, sigue tomando los pasos equivocados.” El ministro de Relaciones Exteriores, Hakan Fidan, añadió que si los lanzamientos eran accidentales la respuesta sería distinta; pero que, si continuaban, Irán debía “tener cuidado” y evitar aventuras. A la par, Fidan advirtió a Israel que una eventual guerra en Líbano contra Hezbollah podría derivar en una nueva catástrofe humanitaria, comparable a la vivida en Gaza. En ese sentido, sostuvo que Israel “está arrastrando a la región hacia una nueva inestabilidad” y elevando el riesgo de una escalada mayor en Medio Oriente.
En suma, la estrategia de equilibrio de Ankara pareciera optar por el apaciguamiento discursivo para mantener margen de maniobra y rendimiento diplomático. Pero también muestra límites: su pertenencia a la OTAN, su frontera con Irán y la cercanía de bases estratégicas atacadas por este último introducen vulnerabilidades estructurales que condicionan sus opciones y que podrían hacer recalibrar su postura inicial.
Cuestiones securitarias y la política de la estabilidad regional turca
Para Türkiye, la ecuación de seguridad ha sido históricamente sencilla: la unidad de los vecinos refuerza la unidad interna. El principio de Mustafa Kemal Atatürk –“Paz en casa, paz en el mundo”– condensaba esa lógica. La estabilidad exterior se pensó siempre como condición de la estabilidad doméstica, y viceversa. Durante décadas ese principio moldeó la política exterior. Incluso tras el ingreso en OTAN, Ankara mantuvo esa orientación, aunque con tensiones puntuales con Irak y Siria. El punto de inflexión llegó con una incidencia mayor de Estados Unidos en la región. Cuando Washington lanzó la guerra contra Irak en 1991 y buscó apoyo turco, el presidente Turgut Ozal mostró disposición a cooperar. La lógica de equilibrio regional quedó, en la práctica, limitada por la nueva dinámica surgida entonces y por los marcos de acción de las fuerzas armadas turcas.
La historia se repitió con la invasión de 2003. Al igual que en otras coyunturas, el gobierno (en ese momento con mayor cercanía a Washington) terminó apoyando la operación por vías indirectas tras fracasos parlamentarios que ralentizaron la intervención. El resultado estratégico fue la emergencia de una entidad kurda efectivamente autónoma a lo largo de la frontera sur. Un patrón comparable se desarrolló en Siria a partir de 2011. En esta ocasión Ankara adoptó un papel más activo y, en ocasiones, criticó la lentitud de la respuesta occidental frente al régimen de Bashar al-Assad. Tras catorce años de crisis, la caída del gobierno en 2025 dejó nuevamente a Türkiye frente a una diversidad de actores al norte del país sirio y una estructura política kurda en su frontera. Incluso a pesar de la integración del PKK y de las YPG en fuerzas sirias podría parecer un intento de encuadre institucional; en los hechos, sin embargo, todavía existen interrogantes sobre su devenir.
Las transformaciones derivadas de la intervención estadounidense en Irak y de la guerra en Siria reconfiguraron el equilibrio regional y, con él, los parámetros de seguridad de Türkiye. Aún con sus tensiones internas y la persistencia de estructuras territoriales étnicas y tribales en ambos países, la relativa estabilidad funcionó durante años como un marco de referencia de estatus quo en la frontera sur turca. En ese contexto, la continuidad de Estados relativamente cohesionados, más allá de sus configuraciones institucionales, contribuía a contener dinámicas de fragmentación.
Ese esquema comienza hoy a mostrar signos de desgaste. La creciente presión sobre la integridad territorial de Irán sugiere que uno de los pilares de esa ecuación podría volver a ponerse en juego. Más que una ruptura inmediata, el escenario apunta a una posible reconfiguración del entorno estratégico de la región, con implicancias que nuevamente pueden ser relevantes para la estabilidad y la política de seguridad de Türkiye.
Mediación, economía y refugiados
Por otra parte, el ministro Fidan, explicó que Türkiye “mantiene canales de diálogo abiertos con Estados Unidos, aunque persisten dudas sobre sus objetivos estratégicos, especialmente en lo concerniente a la duración de la operación militar”. En ese marco, destacó la llamada telefónica del 27 de enero entre el presidente Erdoğan y Donald Trump, en un momento en que Washington evaluaba seriamente una acción militar contra Irán. Según Fidan, “aún no está claro si la meta estadounidense es limitarse a degradar capacidades militares o avanzar hacia un cambio de régimen”, lo que sería un escenario que Ankara considera mucho más riesgoso para la estabilidad regional.
En paralelo, el conflicto ya comienza a trasladarse al plano económico. La escalada entre Estados Unidos e Israel contra Irán impacta sobre una economía turca que ya mostraba fragilidad. En febrero, los precios al consumidor subieron un 2,96%, elevando la inflación interanual al 33,39%, muy por encima del objetivo oficial del 16%. La volatilidad en los mercados energéticos, ante el riesgo de interrupciones en el Estrecho de Ormuz, ha acelerado la salida de capitales y ampliado el déficit de cuenta corriente. Frente a este escenario, el banco central, bajo la conducción de Fatih Karahan, intervino con rapidez: se estima que utilizó alrededor de 25.000 millones de dólares en los últimos 10 días para estabilizar los mercados. Además, interrumpió el ciclo de recorte de tasas y fijó el tipo de interés en torno al 40% para contener la volatilidad. El encarecimiento del petróleo agrega presión adicional, dada la condición de Türkiye como importador neto de energía.
En el plano social, Ankara sigue de cerca el posible impacto migratorio. Por ahora no se registra una ola de refugiados desde Irán, en parte porque las propias autoridades iraníes están restringiendo la salida de sus ciudadanos. Sin embargo, un agravamiento del conflicto podría reactivar las presiones sobre las fronteras turcas.
LIC. ERIC QUINTEROS