A tan solo dos semanas de asumir la presidencia de la República Islámica de Irán, Ebrahim Raisi sigue sumando desafíos a su compleja agenda de política interna y externa. A las negociaciones por el acuerdo nuclear, el desorden macroeconómico y la gestión de la pandemia, se agrega el estallido de una crisis política y social en su vecino del este: Afganistán.
Horas después de que el talibán se hiciera con el control de Kabul, que provocó la huida del presidente Ashraf Ghani, Raisi declaró que "la derrota militar y la retirada de Estados Unidos de Afganistán debería ofrecer la posibilidad de restaurar la vida, la seguridad y una paz duradera en el país".
Al mismo tiempo, agregó: "La República Islámica de Irán cree que la autoridad procedente de la voluntad del pueblo oprimido de Afganistán es la fuente de la seguridad y de la estabilidad", sin aludir explícitamente al talibán. De hecho, el domingo 15 del corriente mes, el gobierno persa ya había anunciado el establecimiento de una serie de zonas de seguridad en su frontera con Afganistán, con el propósito de brindar protección a los ciudadanos que intentan escapar del país.
Históricamente, funcionarios afganos y estadounidenses han acusado reiteradamente a Irán de brindar apoyo financiero y militar al talibán a través de la Guardia Revolucionaria Islámica y las Fuerzas Quds - un brazo paramilitar de la anterior que opera en el exterior -. Las declaraciones y el accionar del nuevo gobierno iraní intentan mostrar una cuota de mesura para evitar ser calificados como aliados del talibán por parte de la comunidad internacional, en un contexto en el que Raisi
3 anhela cumplir con otro objetivo de gran peso: la firma del Acuerdo Nuclear.