La seguridad es el objetivo primordial que buscan alcanzar los países de la región del Medio Oriente y Norte de África desde 2019. Lograr una mayor estabilidad regional y garantizar la seguridad en términos militares y económicos han sido puntos clave en la agenda. Sin embargo, estas metas se han visto afectadas por la operación “Diluvio de Al Aqsa” de Hamás contra Israel, el 7 de octubre de 2023, fecha que marcó el 50 aniversario de la cuarta guerra árabe-israelí. Incluso en 2024, varios hitos han tenido lugar en la región, siendo el más importante -claro está- el recrudecimiento de la guerra entre Hamás e Israel, que convierte a la seguridad en un objetivo cada vez más lejano.
Pensar en la paz en un futuro cercano es difícil. El conflicto ha adquirido nuevas dimensiones: una territorial y otra numérica, ya que cada vez más Estados y grupos armados participan en la guerra. Ambos aspectos son interdependientes, pues no puede existir uno sin el otro. Irán, por ejemplo, es un país que participa en el conflicto y cuyas tensiones con Israel escalan de manera constante, en tanto se han sucedido una serie de ataques entre las partes desde abril de 2024. Los más recientes tuvieron lugar a fines de octubre, cuando Israel atacó objetivos militares precisos en territorio iraní. Anteriormente, Teherán había llevado a cabo un ataque similar en Israel. Las potencias extrarregionales, como Estados Unidos, han intentado frenar las represalias iraníes a lo largo del año debido al temor de que el conflicto alcance nuevas dimensiones. Las tensiones escalaron de manera grave en julio, cuando el líder de Hamás, Ismaíl Haniya, fue asesinado en Irán, país que consideró este suceso como una violación de su integridad territorial por parte de Israel.
Por otro lado, Hezbollah también forma parte de la guerra, lo que arrastra al Líbano al conflicto. Tal es su participación, que Israel hizo explotar una serie de bíperes utilizados por la organización libanesa. Además, asesinó a Fuad Shukr, líder del ala militar de Hezbollah y a otros líderes que lo sucedieron.
Israel no sólo se enfrenta con los países y organizaciones de la región, sino que también las tensiones escalan con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ya que el gobierno de Netanyahu cruzó la Línea Azul el 13 de noviembre. ¿Por qué resulta relevante este hito? Dicha línea funciona como frontera entre el Líbano e Israel y prohíbe la presencia de las Fuerzas de Defensa de Israel, así como las acciones de Hezbollah. Tel Aviv violó este espacio cuando ordenó la invasión al Líbano el 13 de octubre y, además, atacó un puesto de las fuerzas de la ONU. Si bien los comunicados oficiales israelíes alegaron que la incursión buscaba evaluar a soldados heridos, la ONU desmintió esta versión. Este hecho constituye una violación del derecho internacional, que se suma a las otras cometidas por Israel a lo largo del conflicto y refuerza la percepción de que la seguridad de la región se ve constantemente amenazada. Además, no puede ignorarse el hecho de que, en mayo, la Corte Penal Internacional (CPI) emitió un pedido de captura contra Netanyahu y dos altos líderes de Hamás.
No obstante, existe un problema: el mundo árabe no condenó los ataques ni la invasión al Líbano por parte de Israel, ni tampoco lo hizo respecto de los ataques a Irán. Surge, entonces, una paradoja:
la ocupación y los ataques en Gaza han sido condenados por la comunidad internacional y el mundo árabe en reiteradas ocasiones, pero estos mismos hacen oídos sordos ante las acciones de Israel en otros países de la región. Y es que, en realidad, no puede negarse la influencia israelí -y, posiblemente, de Occidente- en la región como parte importante en una posible reconfiguración en materia de seguridad. Un aspecto a destacar es que Israel es la potencia tecnológica por excelencia, y los ataques contra Hezbollah no hicieron más que confirmarlo. En materia de ciberseguridad, Israel toma la delantera y continúa desarrollando tecnologías que implementa, hasta el día de hoy, en Gaza y en la población palestina.
La seguridad en la región no solo se ve perturbada por la guerra entre Hamás e Israel, sino también por actores regionales y potencias extrarregionales que intervienen en la misma. Por si fuera poco, no puede dejarse de lado que, en 2024, se cumplieron 10 años desde que, el 29 de junio de 2014, Al-Adnani, portavoz de Estado Islámico, anunciara en un audio la instauración del Califato. Y, el 4 de julio de ese mismo año, Bakr Al-Baghdadi -entonces líder de la organización- hizo su primera aparición pública, liderando el rezo en la gran mezquita de Mosul y autoproclamándose como el nuevo “Califa Ibrahim”.
El Califato, instaurado en 2014, se extendió desde la ciudad siria de Aleppo hasta las afueras de la capital iraquí de Bagdad, desafiando directamente las fronteras establecidas hacía cien años en los Acuerdos Sykes-Picot. Llegó a abarcar 215.000 km y a 6 millones de personas que quedaron bajo su dominio, además de fundar provincias externas. Si bien la Coalición Internacional hacia el año 2019 logró -en un esfuerzo coordinado entre EE. UU., las fuerzas kurdas iraquíes y sirias- despojar al Estado Islámico de sus posesiones territoriales, la realidad operativa no se tradujo en una derrota estratégica, mucho menos ideológica.
Durante 2024 se registraron varios intentos de resurgimiento: el 17 de julio, el Comando Central de EE. UU. (CENTCOM) anunció que los ataques en Siria e Irak se triplicaron respecto a 2023, alcanzando un total de 153 incidentes. Esto podría marcar un posible resurgimiento en caso de no tomar las medidas necesarias para frenar su reconstrucción acelerada. La situación actual se agrava por el complejo desafío de las cárceles y campos de detención donde se encuentran los ex combatientes de Estado Islámico (EI) y sus familias. Se estima que en Siria e Irak se encuentran unos 30.000 prisioneros y más de 65.000 mujeres y niños ligados a EI, que representan un ejército en espera y sus futuras generaciones. De hecho, en los últimos años -y, particularmente, en 2024- EI ha realizado varios esfuerzos por atacar las prisiones para liberar a sus combatientes y articular planes de fuga. Ejemplos de los mismos son el incidente en Raqqa, donde 5 militantes extranjeros escaparon durante un traslado de una misión a otra en agosto (de los cuales 3 siguen prófugos), y la fuga de 5 mujeres de Rusia y Marruecos de Al-Hol en septiembre, con la ayuda de traficantes.
Asimismo, la intensificación del ritmo operativo de EI no es el único aspecto importante. Académicos como Charles Lister han manifestado su preocupación por el tipo de ataques, objetivos y tácticas utilizadas. En los últimos seis meses del año, se presenció el regreso de ataques suicidas con vehículos -algo que no se veía desde hace años- y el aumento considerable del uso de dispositivos
explosivos improvisados. EI también ha comenzado a atacar objetivos más grandes y fijos, como la industria del petróleo y el gas en el centro de Siria. Su red de extorsión, un indicador de su alcance local, ha vuelto a niveles no vistos desde cuando se consolidaba como un "Estado territorial". El grupo emite facturas personalizadas a negocios locales, exigiendo pagos mensuales, lo que indica que están profundamente reinsertados en la región.
Al mismo tiempo, ha habido una reducción significativa en las operaciones unilaterales y conjuntas de EE.UU. contra EI en Siria, principalmente debido a la amenaza de ataques de grupos iraníes, lo que ha limitado la capacidad operativa de EE.UU. En 2024, se observó una disminución del 20% en las operaciones contra EI y una reducción del 75% en la cantidad de miembros capturados o eliminados. Irak y los EE.UU., quienes encabezan la Coalición Internacional, consideran que ya no es necesario el estacionamiento de fuerzas estadounidenses en el país. Esto, sin embargo, representa una amenaza a la seguridad nacional de Irak en su lucha contra el sectarismo interno.
Un hito que marcó no solo el comienzo del año, sino 2024 en su totalidad, fue lo ocurrido el 22 de marzo, cuando Estado Islámico se pronunció cómo ejecutor de una de las tragedias más impactantes para la sociedad mundial. La misma fue el ataque en el City Hall de Moscú que dejó como resultado 140 víctimas y el incendio del venue luego de haber ejecutado el atentado. Existen dos posibles factores que pudieron motivar este suceso. En primer lugar, en Occidente (el “enemigo lejano”) se llevaron adelante dos eventos de gran concurrencia: los Juegos Olímpicos en París y la Eurocopa de Fútbol. Gilles Kepel, experto en yihadismo, explica que Moscú pudo haber sido un campo de entrenamiento para estos dos eventos, en términos de masividad y concurrencia.
Por el otro lado, el segundo factor es el “enemigo cercano” identificado con Israel, que está en guerra con Hamás (que controla la franja de Gaza) desde el 7 de octubre de 2023 y con Irán desde el 15 de abril del 2024. Kepel asegura que esta nueva situación regional radicalizará a una nueva generación, fundamentalmente porque la ineficacia de Hamás para atacar a Israel hace que las células de ISIS se perfilen como una posible alternativa. Se observa, entonces, cómo juegan las lógicas yihadistas de Estado Islámico con las dinámicas conflictivas de la región.
En conclusión, 2024 ha sido un año lleno de desafíos a la seguridad en el MENA y, a decir verdad, estos están lejos de resolverse. La escalada de tensiones entre Israel y Hamás, así como entre Irán y sus aliados proxy, la intervención de las potencias extrarregionales y el papel del Estado Islámico son, quizás, las amenazas más importantes que enfrenta la región en la actualidad.
Palabras clave: Seguridad - Estado Islámico - Hamás - Israel - Palestina