Marruecos consolida progresivamente su perfil como potencia regional emergente, ubicada en un punto estratégico entre Europa y África. Según una reciente lectura estadounidense, recogida por Atalayar a partir de un informe del Stimson Center, el país ya no debe ser entendido únicamente como un Estado de contención migratoria hacia Europa, sino como un actor activo en la articulación económica, diplomática y de seguridad entre ambos continentes.
El reino ha experimentado una transformación significativa en las últimas décadas, pasando de ser una plataforma de manufactura de bajo costo a consolidarse como exportador industrial en sectores de mayor valor agregado. Entre ellos, se mencionan la industria automotriz, la aviación, las energías verdes y los materiales críticos vinculados a la fabricación de baterías para vehículos eléctricos. En este marco, el puerto de Tánger Med aparece como una infraestructura clave para reforzar su inserción en el comercio internacional.
En términos de política exterior, Marruecos ha fortalecido sus vínculos con la Unión Europea, Estados Unidos, China, los países del Golfo y África Subsahariana. Su regreso a la Unión Africana en 2017 y la expansión de empresas marroquíes en el continente reflejan una estrategia orientada a ampliar su influencia regional y consolidar su papel como puente entre espacios geopolíticos diversos.
Cabe mencionar que el ascenso marroquí enfrenta desafíos. La tensión con Argelia, el desempleo juvenil, el estrés hídrico, la economía informal y la dependencia de socios tradicionales aparecen como límites estructurales para sostener su modelo de desarrollo y su proyección internacional. En este escenario, Marruecos busca afirmarse como un socio estable y confiable, pero su consolidación dependerá de su capacidad para equilibrar crecimiento económico, reformas internas y estabilidad regional.
LIC. SARA JOUDAR CHMURA Y
EUGENIA R. SUVIRE PEREZ