El 7 de octubre del 2023 comenzó a perfilarse lo que por los próximos tres años sería una constante en la región del Medio Oriente: la guerra. Cambiaron los escenarios, pero lo que no cambió es la situación de incertidumbre sobre el futuro de la región.
La guerra hoy se trasladó hacia un jugador que desde hace muchos años fue objetivo más nunca blanco certero, hasta hoy. Irán representa la mayor amenaza para la estabilidad política desde la declaración del califato de Estado Islámico. Los conflictos en Irán y en Gaza actúan como impulsor en los procesos de radicalización yihadista.
Hay que tener en consideración la naturaleza de los actores involucrados y sus formas de accionar. Por un lado, tenemos a Estado Islámico que hoy es considerado una organización terrorista sin anclaje territorial, pero cuando lo supo ser actuaba por fuera de sus fronteras e incluso fuera de su región. Hamás, es también una organización de la misma índole, pero que tiene anclaje territorial y cuya diferenciación particular es la de no actuar por fuera de su territorio.
Por otro lado, lo que más preocupa en el escenario actual es que existe un actor estatal con capacidades militares que son profundamente desconocidas como es Irán, y otro no estatal como Hezbollah pero que se lo identifica y que podría tener fuertes repercusiones en el Líbano.
Preocupa la proliferación y fundamentalmente la radicalización de los jóvenes ante esta situación, que podría encender las alarmas sobre todo en países que tienen profunda injerencia islámica dentro de su armado poblacional. Si bien son 3 años, hoy la situación está más que incipiente para saber que puede suceder. Sólo queda observar.