La política exterior de Omán desde el estallido de la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán tiene una doble dimensión estratégica. Por un lado, examina su posicionamiento como alternativa política en el Golfo, caracterizado por su iniciativa de mediación y mantenimiento de canales diplomáticos con actores enfrentados. Por otro, analiza su relevancia geopolítica en el contexto de la crisis del Estrecho de Ormuz, evaluando el valor y las limitaciones de las rutas e infraestructuras energéticas que podrían funcionar como vías alternativas para el tránsito de hidrocarburos en la región.
El posicionamiento político omaní
La filosofía diplomática de Omán se fundamenta en una "tercera vía" profundamente enraizada en el Ibadismo, la rama del Islam mayoritaria en el país que busca reconciliar las tensiones entre el sunismo regional y el chiismo iraní. Esta neutralidad activa y su política de "amigo de todos, enemigo de nadie" han permitido a Mascate actuar como un mediador indispensable en el Golfo. Sin embargo, el estallido del conflicto actual entre Irán y la coalición estadounidense-israelí representa una amenaza para este diseño de política exterior.
La postura del ministro de Asuntos Exteriores, Sayyid Badr Hamad Al Busaidi, evidencia un creciente distanciamiento de Washington. El canciller calificó la guerra como "inmoral e ilegal" y rechazó la integración de Omán en el Consejo de Paz propuesto por la administración Trump, en un intento de preservar el canal de mediación de Mascate con Teherán. Esta negativa busca evitar que Omán sea percibido como un país a favor de la ofensiva, aunque esto tensione su alianza de seguridad con Estados Unidos en un momento de gran inestabilidad.
Los pilares de la postura oficial omaní ante el conflicto podrían resumirse en torno a cuatro líneas principales. En primer lugar, el rechazo a la normalización, expresado en la negativa explícita a establecer relaciones con Israel bajo las condiciones de guerra actuales. En segundo lugar, el no alineamiento militar, reflejado en la decisión de no unirse al Consejo de Paz ni a fuerzas de estabilización internacionales bajo hegemonía estadounidense. A ello se suma la defensa de la soberanía del programa nuclear iraní, respaldando el derecho al enriquecimiento de uranio con fines civiles bajo el TNP y condenando las acciones de carácter preemptivo. Finalmente, Omán mantiene una política de mediación persistente mediante la preservación de canales diplomáticos abiertos pese al colapso de las negociaciones de Ginebra, donde antes de la ofensiva se registraban avances significativos.
Infraestructura crítica y alternativas a Ormuz
La vulnerabilidad física de los activos energéticos de Omán ha quedado expuesta con una rapidez alarmante. El país ha pasado de ser un mediador seguro a un escenario de confrontación, donde sus puertos y terminales son hoy objetivos legítimos dentro de la lógica de represalia iraní debido a la presencia de intereses y logística militar estadounidense. La seguridad de los activos de exportación, que Omán ofrecía como garantía de estabilidad fuera del Estrecho de Ormuz, se ha visto comprometida por varios incidentes.
Este deterioro se produce en un contexto en el que el Estrecho de Ormuz continúa siendo el centro de gravedad de la seguridad energética mundial (por allí transita el 20% del petróleo y GNL global). El anuncio de su cierre por parte de la Guardia Revolucionaria ha transformado el riesgo sistémico en una parálisis comercial inmediata, elevando el valor estratégico de las rutas alternativas y de la infraestructura energética regional.
El impacto en Mina Al Fahal, y su consiguiente evacuación, elimina la posibilidad de utilizar una de las pocas rutas para la exportación de crudo que no dependen del tránsito por Ormuz. Por su parte, los ataques en Salalah demuestran la capacidad de Irán para degradar la infraestructura de almacenamiento omaní, mientras que el incidente en Duqm se lee como el ataque directo contra un punto de apoyo logístico a la armada estadounidense.
Ante la parálisis de Ormuz, el valor estratégico de los oleoductos terrestres ha alcanzado máximos históricos, posicionándose como la única infraestructura capaz de calmar la volatilidad de los mercados a corto plazo. Entre las principales rutas alternativas que ofrece la región se encuentran el oleoducto Habshan–Fujairah en Emiratos Árabes Unidos (1,8 millones de bpd) y el oleoducto saudí Este-Oeste que conecta Abqaiq con el puerto de Yanbu en el Mar Rojo (5 millones de bpd). Sin embargo, ambos presentan limitaciones estructurales respecto a la capacidad de absorción del flujo que deriva de Ormuz.
Conclusión
Como reflexión final, se ha evidenciado que las rutas alternativas que el sultanato ofrece ante el cierre del Estrecho de Ormuz son insuficientes para reemplazar los volúmenes totales, lo que garantiza que la volatilidad de precios persistirá mientras dure la ofensiva.
Finalmente, la crisis actual demuestra la incapacidad —o falta de voluntad— de EE. UU. como garante de seguridad para las monarquías del Golfo. Al priorizar la ofensiva estratégica de Israel sobre la integridad de la infraestructura de sus socios energéticos, Washington ha dejado a Omán vulnerable. Para aminorar los efectos colaterales que esta guerra tiene en su propio territorio, el sultanato reafirma su soberanía política, declara su neutralidad y denuncia el ataque a Irán.
VALENTINA GUTIÉRREZ