Las operaciones cibernéticas de la República Islámica de Irán se caracterizan por su diversidad en alcance, objetivos y nivel de sofisticación. Si bien muchas campañas -especialmente las vinculadas al espionaje y la desinformación- han sido catalogadas como limitadas, otras han alcanzado alto impacto, generando daños sustanciales en sectores estratégicos.
En el contexto de tensión con Estados Unidos (EEUU) e Israel, Irán ha intensificado una estrategia que articula capacidades cibernéticas con objetivos geopolíticos. Ésta se estructura en una red de actores que incluye organismos estatales de inteligencia y actores no estatales, como grupos proxy y cibercriminales contratados. Esta combinación permite desplegar tácticas que integran ataques destructivos, desinformación y operaciones contra infraestructura crítica.
Un caso reciente ilustra este patrón: el ataque a la empresa estadounidense Stryker, proveedora del sistema de salud británico. El incidente interrumpió servicios esenciales, afectó suministros médicos y desplazó trabajadores. El grupo Handala, vinculado a estructuras iraníes, se adjudicó la destrucción de aproximadamente 200.000 dispositivos.
Asimismo, la Agencia de Ciberseguridad de EEUU (CISA, por sus siglas en inglés) advirtió sobre ataques a controladores lógicos programables (PLC), claves en sectores de energía, agua y edificios gubernamentales. Aunque su impacto final es incierto, evidencian la consolidación de un enfoque que articula dimensiones físicas y digitales. En este sentido, la ofensiva cibernética iraní refleja una transformación en la guerra contemporánea, donde la disuasión y el daño potencial también se disputan en el ciberespacio.