La Visión 2030 de Arabia Saudita constituye la estrategia más ambiciosa emprendida por El Reino en el siglo XXI: el intento de un Estado rentista por escapar de la entropía de su propio modelo. Presentada al mundo como un plan de modernización económica y social, su análisis no puede limitarse solo al campo financiero o cultural. Es un movimiento geopolítico integral, una apuesta total impulsada por la percepción de un inminente agotamiento, no del petróleo en sí, sino de la arquitectura de seguridad y del orden económico global que hacían sostenible su extracción. Esta transformación radical, con sus giga-proyectos, que desafían la imaginación y su agresiva diplomacia, plantea una paradoja central: para ejecutar una huida de la dependencia del petróleo, el Reino se ha vuelto, a corto plazo, más dependiente que nunca de un precio del crudo extraordinariamente alto.
Para desentrañar esta complejidad, el realismo neoclásico ofrece, a mi entender, el marco teórico más potente. Como argumentó Gideon Rose al acuñar el término, el realismo neoclásico postula que los estímulos del sistema internacional (la variable independiente) nunca son suficientes para explicar la política exterior de un Estado (la variable dependiente). Las presiones sistémicas, ya sean amenazas u oportunidades, deben ser filtradas por un conjunto de variables intervinientes a nivel doméstico: la percepción de los líderes y la estructura del Estado, es decir, su capacidad para extraer y dirigir los recursos nacionales. La Visión 2030 no fue la única respuesta posible a las presiones externas; fue la respuesta híper-específica generada por el filtro particular de un poder híper-centralizado en Mohammed bin Salman (MbS) y la reconversión total del Fondo de Inversión Pública (PIF, por sus siglas en inglés) como su principal instrumento de poder estatal.
El primer componente del modelo –la variable independiente– son las presiones sistémicas. Durante décadas, el modelo saudita se basó en un pacto simple: petróleo a cambio de seguridad, garantizado por Estados Unidos. Sin embargo, desde 2014, este sistema comenzó a colapsar. La primera presión fue económica: el desplome de los precios del petróleo en 2014, causado en gran parte por la revolución del shale oil estadounidense, no fue un simple ciclo de mercado, sino un shock perceptual que expuso la vulnerabilidad existencial de El Reino. Por primera vez, Riad no solo enfrentaba volatilidad, sino la amenaza estructural de la demanda pico y la irrelevancia a largo plazo de sus activos varados (stranded assets) en un mundo que avanzaba hacia la electrificación. La segunda presión, aún más potente, fue geopolítica. La percepción de Riad de un Estados Unidos que se retiraba de su rol como garante de seguridad en Medio Oriente – evidenciada por el pivote a Asia y, sobre todo, por la negociación del acuerdo nuclear con Irán (JCPOA) en 2015– fue vista como una traición. Washington no solo abandonaba su puesto, sino que activamente empoderaba al principal rival existencial de Arabia Saudita, Irán. Esta percepción de abandono se confirmó de manera catastrófica en septiembre de 2019, cuando misiles y drones, lanzados presuntamente por Irán, golpearon el corazón de la industria petrolera saudita en Abqaiq y Khurais. La respuesta de Estados Unidos fue prácticamente inexistente. Este fue el segundo
shock perceptual y el definitivo: la anarquía del sistema internacional era real y El Reino estaba solo.
Es acá donde aparecen otras variables intervinientes. La primera, y quizás la más decisiva, es la percepción del líder. El ascenso de MbS no fue una simple sucesión dinástica, sino una revolución desde arriba. Su diagnóstico personal fue que las reformas incrementales y consensuadas de sus predecesores habían fracasado. Vio el modelo rentista, la burocracia estatal fragmentada entre príncipes rivales y el poder del establishment clerical no como un legado a gestionar, sino como una enfermedad terminal. Su respuesta, por tanto, fue una terapia de shock. La consolidación del poder –incluyendo la notoria purga del Ritz-Carlto– no fue solo una toma de poder, fue un acto de reingeniería estatal: desmantelar los centros de veto para permitir una transformación radical. Esta personalización del poder es la primera variable interviniente ya que un líder diferente habría percibido las mismas presiones sistémicas de manera distinta y habría propuesto, sin duda, una solución distinta. MbS percibió una crisis existencial que requería una refundación total del Estado.
Pero la percepción de un líder no es nada sin la capacidad de ejecutar. En este punto nos encontramos con la segunda variable interviniente: la estructura del Estado, o la capacidad de los líderes para extraer y dirigir los recursos. MbS no solo tomó el poder, sino que construyó la maquinaria para ejercerlo. El instrumento clave fue el PIF, transformado de un fondo soberano pasivo que gestionaba riqueza en el extranjero en el motor central de la Visión 2030. Este cambio estructural fue decisivo. El plan del mandatario incluía la venta de una participación en el activo más valioso del mundo, Saudi Aramco, no para financiar el gasto corriente, sino para capitalizar masivamente el PIF, convirtiendo el petróleo bajo tierra en capital líquido y desplegable. El PIF se convirtió en el Estado desarrollista personificado, el instrumento con el cual MbS podía financiar los giga-proyectos (como NEOM y Qiddiyah) y dirigir la economía por decreto. La combinación entre la percepción radical del líder y la estructura de poder reconfigurada a través del PIF tradujo las presiones sistémicas en la política específica de la Visión 2030.
El resultado final –la variable dependiente– es esta gran estrategia de transformación interna, aunque su ejecución genera la paradoja fiscal que define la apuesta saudita. El costo de esta ambición es astronómico. Los giga-proyectos como NEOM no son inversiones con retornos claros, son drenajes masivos de capital estatal que requieren un desembolso inmediato y sostenido de cientos de miles de millones de dólares. Para financiarlos, el presupuesto saudita se ha expandido, elevando el indicador más crítico de su salud fiscal: el precio de equilibrio fiscal (fiscal break-even price) del petróleo, es decir, el precio por barril que Arabia Saudita necesita no para obtener ganancias, sino para evitar déficits presupuestarios. Durante la última década, este precio ha subido constantemente. Según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), mientras antes bastaban precios cercanos a los 80 dólares por barril, las estimaciones actuales lo sitúan por encima de los 90, con proyecciones que rozan los 100 dólares.
El Reino se encuentra, por tanto, en una trampa de su propia creación. En su esfuerzo por liberarse de la dependencia del petróleo a largo plazo, se ha vuelto desesperadamente dependiente de un precio del petróleo extremadamente alto a corto plazo. Esto redefine su política exterior. Las decisiones de Riad en la OPEP+, forzando recortes de producción profundos incluso a costa de perder cuota de mercado frente a otros productores, ya no son una táctica de gestión del mercado global, sino una necesidad fiscal interna para subsidiar la propia transición. El realismo neoclásico ilumina con claridad esta tensión: la Visión 2030 es la apuesta racional de un líder que, al percibir correctamente las amenazas sistémicas, reestructuró el Estado para responder, pero también una carrera contra el tiempo. El Reino debe construir su economía post- petrolera antes de que el costo de hacerlo agote la riqueza petrolera que la financia.
En última instancia, la Visión 2030 encarna la tensión constitutiva del realismo neoclásico: un Estado que, enfrentado a presiones sistémicas ineludibles, busca imponer su voluntad racional sobre un entorno que no controla del todo. La estrategia saudita no es una anomalía, sino una expresión moderna del impulso clásico de supervivencia estatal adaptado a la era post- hidrocarburos. Sin embargo, su sostenibilidad dependerá de que la transformación interna avance más rápido que el agotamiento de los recursos que la financian. Si El Reino logra ese equilibrio, la Visión 2030 será recordada como un caso paradigmático de autonomía estratégica en un orden global en transición; si no, como la más costosa tentativa de negar las leyes de la entropía geopolítica.
Palabras clave: Visión 2030 – Arabia Saudita – realismo neoclásico
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