El pasado viernes, el campamento de desplazados de Rukban, ubicado en la frontera entre Siria y Jordania, cerró definitivamente sus puertas tras la partida de su última familia. Erigido en 2014 como refugio improvisado para civiles que huían de la guerra, llegó a albergar hasta 100.000 personas en condiciones que organismos internacionales calificaron como infrahumanas.
Durante años, el aislamiento, el bloqueo de ayuda humanitaria y la negativa jordana a permitir el cruce fronterizo convirtieron al campamento en un símbolo del abandono. “Rukban no era solo un campamento, era el triángulo de la muerte que daba testimonio de la crueldad del asedio y la hambruna”, declaró el Ministro de Información sirio, Hamza al-Mustafa, en la red X.
Aunque solo permanecían unas 25 familias, principalmente de pastores, la mayoría de los desplazados ha regresado a zonas rurales de Homs y Damasco. “Algunas familias han instalado tiendas de campaña y han utilizado planchas de hierro y postes de los restos de sus tiendas en el campamento hasta que se reconstruyan sus casas”, relató Jaled Hassan, residente de Al Quaryatayn, a la agencia DPA.
Con la caída del régimen de Bashar al-Assad a fines de 2024 y su exilio en Rusia, muchos sirios comenzaron un lento retorno. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que 1,87 millones han regresado desde diciembre del año pasado, aunque la falta de servicios y oportunidades complica su reintegración.
“Con cada paso hacia el retorno, una gran esperanza se abre paso entre las arenas del dolor en los corazones de los sirios”, afirmó al-Mustafa. El cierre de Rukban marca el fin de una página oscura en la historia reciente del país.
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