Después de más de medio siglo de hostilidad y múltiples guerras, Siria e Israel protagonizan un giro inesperado en el tablero geopolítico de Medio Oriente. Bajo la mediación de Estados Unidos, ambas naciones han iniciado conversaciones indirectas con el objetivo de restablecer el Acuerdo de Retirada de 1974 en los Altos del Golán. El nuevo liderazgo sirio, encabezado por Ahmed al-Sharaa, está dando señales de pragmatismo diplomático, priorizando la estabilidad interna tras el derrocamiento de Bashar al-Assad en diciembre de 2024.
A pesar de la apertura que mostraron ambos países, Israel no tiene intención de ceder los altos del Golán, anexionado en 1981 el cual es considerado clave para su seguridad. La posibilidad de que Siria se sume a una reedición de los Acuerdos de Abraham —como sugiere la Casa Blanca— parece aún remota, especialmente ante la condición impuesta por Arabia Saudita de que se establezca un alto al fuego permanente en Gaza.
Por otra parte, amplios sectores de la sociedad siria temen que cualquier acercamiento con Israel sin resolver la ocupación del Golán y el drama palestino pueda derivar en una nueva etapa de inestabilidad en el país. Siria emerge de una guerra civil de 14 años, con una población exhausta que clama por estabilidad. La propuesta de diálogo ha despertado inquietud entre sectores que temen concesiones unilaterales.
Más que un tratado de paz, lo que emerge es un intento por evitar una escalada y aislar a Irán, el otrora aliado clave de Damasco. Un frágil equilibrio que refleja, más que una reconciliación, una reconfiguración estratégica en la región.
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