El año 2025 representó un punto de inflexión para Siria tras más de una década de guerra civil, sanciones multilaterales y aislamiento diplomático internacional. La llegada al poder de Ahmed al- Sharaa abrió un ciclo político centrado en la búsqueda de legitimidad externa, reactivación económica y estabilidad en un territorio aún fragmentado. Aunque se registraron avances significativos en varios frentes, estos convivieron con altos niveles de violencia interna y profundas tensiones regionales que condicionan la proyección de la transición.
En este contexto, el nuevo gobierno interino se presentó como disruptivo con respecto al régimen anterior. Frente a las exigencias internacionales de apertura política y de transición inclusiva, así como la necesidad de consolidar su propia legitimidad, las autoridades anunciaron su intención de reunificar el país, reconstruir las instituciones estatales y conformar un gobierno con representación diversa, especialmente después de las masacres asociadas a la etapa final del régimen de Bashar al- Assad. Para reforzar esta imagen de renovación institucional, Damasco avanzó en la adopción de medidas destinadas a mostrar control y profesionalización. Entre ellas se destacó la detención de miembros de sus propias fuerzas de seguridad implicados en diversos episodios de violencia, un gesto orientado a la diferenciación de las prácticas represivas del pasado y a proyectar capacidad de gobernabilidad.
En el plano diplomático, la búsqueda de reinserción internacional fue evidente. El acontecimiento más relevante del año fue la visita oficial de Al-Sharaa a la Casa Blanca, donde se reunió con el presidente Donald Trump, un escenario impensado apenas unos años atrás. El encuentro derivó en una suspensión temporal de las sanciones económicas estadounidenses, dando inicio a conversaciones orientadas a la reinserción de Siria en el sistema financiero internacional, el diseño de mecanismos para la reconstrucción económica y la normalización gradual de la relación bilateral. Este acercamiento fue interpretado como una reconfiguración estratégica de la política exterior de Damasco, orientada a reducir su dependencia de Irán y recuperar margen de maniobra regional. Por su parte, para Washington, Siria comenzó a perfilarse como un actor útil para contener tensiones con Israel y frenar la expansión de la influencia iraní.
La diplomacia siria también avanzó hacia un reposicionamiento en su vecindario inmediato. En agosto, los ministros de Defensa de Turquía y Siria firmaron un memorando de entendimiento en materia de cooperación militar, entrenamiento y asistencia logística. Ankara se comprometió a proveer armas, equipamiento y apoyo táctico al gobierno interino, consolidando una alianza inédita tras más de una década de ruptura total.
Paralelamente, Damasco abrió un canal de negociación directa con Israel, con mediación de Estados Unidos tras los combates en la provincia de Sweida –una región de mayoría drusa cercana a los Altos del Golán, ocupados y anexionados por Israel–. Tel Aviv exigió la desmilitarización del sur de Siria, mientras que el gobierno sirio buscó avanzar hacia un acuerdo que permitiera la retirada israelí de
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las áreas ocupadas recientemente. Estos movimientos generaron inquietud en Israel, dado que el acercamiento entre Trump y Al-Sharaa presionó a Tel Aviv a reconsiderar su postura frente a un posible arreglo de seguridad regional. La perspectiva de una Siria que intenta recuperar plena soberanía territorial, mientras se distancia gradualmente de Teherán, introdujo interrogantes sobre el equilibrio geopolítico de Oriente Medio.
Sin embargo, estos avances diplomáticos coexistieron con una realidad marcada por violencia persistente y profunda fragmentación territorial. A pesar del relato oficial sobre el “fin de la guerra”, el corriente año estuvo atravesado por episodios de gran intensidad. En marzo tuvo lugar uno de los altercados más graves en años en la costa siria, cuando fuerzas leales al nuevo gobierno se enfrentaron con combatientes alauitas aún fieles al antiguo mandatario. El saldo fue devastador: 745 civiles muertos, junto con 125 miembros de las fuerzas de seguridad y 148 combatientes pro- Assad. Que la violencia estallara precisamente en el histórico bastión del ex presidente reveló la profundidad de las fracturas sectarias que siguen atravesando al país.
En mayo, la situación se agravó cuando grupos armados drusos chocaron con fuerzas estatales islamistas radicalizadas, una escalada que provocó incluso una intervención israelí en defensa de la minoría drusa. La tensión continuó en julio, cuando una nueva ola de combates en la provincia de Sweida dejó cientos de muertos y miles de desplazados. El único hospital operativo quedó rápidamente colapsado, exponiendo el deterioro humanitario persistente pese al relato gubernamental de normalización.
A estas dinámicas se sumó, el 22 de junio, un atentado terrorista contra la iglesia ortodoxa griega de Mar Elías, en Dweil’a. La explosión, ocurrida durante una misa, dejó 20 muertos y 63 heridos, y se convirtió en el primer ataque de este tipo en años. El hecho resultó particularmente sensible porque tuvo lugar en un momento en el que el nuevo gobierno islamista intentaba fortalecer sus vínculos con las minorías cristianas, tradicionalmente influyentes en la vida social siria.
Las tensiones con las fuerzas kurdas añadieron otro frente de inestabilidad. A pesar del acuerdo alcanzado en marzo entre Al-Sharaa y el comandante de las Fuerzas Democráticas Sirias, Mazlum Kobane Abdi, los enfrentamientos en Alepo reavivaron la disputa. Tras choques que dejaron un muerto y cuatro heridos, el gobierno anunció un alto el fuego, aunque ambas partes se acusaron mutuamente de haber iniciado las hostilidades, revelando así lo frágil y precario del entendimiento alcanzado.
En el plano económico, los avances permanecieron sujetos a fuertes condicionamientos. La suspensión temporal de sanciones abrió una ventana de oportunidad para la reactivación económica, incluido el acceso potencial al sistema financiero internacional, incentivos para inversiones externas y los primeros planes de reconstrucción de infraestructura crítica. El ministro de Asuntos Exteriores, Assad al-Shibani, destacó que estas medidas permitirían avanzar hacia un modelo de autosuficiencia, estabilidad y “reconstrucción genuina” tras años de devastación. No obstante, la inseguridad persistente, la fragmentación territorial y la debilidad institucional
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continuaron limitando la capacidad del Estado para implementar reformas de fondo y atraer capital externo.
En conjunto, el 2025 mostró una Siria en plena transformación: un país que comienza a dejar atrás el aislamiento, abre canales diplomáticos inéditos y ensaya un proyecto político más inclusivo. La reorientación hacia Estados Unidos, el acercamiento a Turquía y las negociaciones con Israel constituyen señales de un reposicionamiento profundo de Damasco en el mapa regional. Sin embargo, la violencia persistente, la fragilidad institucional y las múltiples fracturas sectarias evidencian que la estabilidad sigue siendo extremadamente precaria. El proceso iniciado en 2025 podrá marcar un nuevo capítulo para Siria solo si los avances diplomáticos se traducen en reformas estructurales y mejoras reales para una población exhausta tras años de conflicto.
Palabras clave: Siria – recomposición – apertura – inestabilidad
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