En plena reconfiguración del Medio Oriente, Turquía emerge como uno de los actores más complejos y determinantes de la región. Bajo el liderazgo del presidente Recep Tayyip Erdogan, Ankara transita una delgada línea entre la mediación diplomática y la confrontación, especialmente frente a Israel.
Desde el estallido del conflicto entre Estados Unidos (EEUU), Israel e Irán, Turquía se posicionó públicamente como mediador. Erdogan ofreció a Ankara como sede de negociaciones, mantuvo canales abiertos con Washington y Teherán, y advirtió reiteradamente que la escalada bélica amenaza la estabilidad global. El pasado 29 de marzo, participó junto a Arabia Saudita, Egipto y Pakistán en una cumbre en Islamabad orientada a construir un marco de negociación y contener el conflicto.
Sin embargo, ese perfil conciliador convive con una retórica cada vez más confrontacional hacia Israel. El 12 de abril, Erdogan amenazó con una intervención militar contra el Estado judío, comparándola con las operaciones turcas en Libia y Nagorno-Karabaj. Al día siguiente, el canciller Hakan Fidan advirtió que “después de Irán, Israel no puede vivir sin hostilidad”, sugiriendo que Ankara podría ser el próximo objetivo israelí.
Para el investigador Yoni Ben Menachem, del Centro de Seguridad y Asuntos Exteriores de Jerusalén (JCFA, por sus siglas en inglés), esto no es retórica vacía: Turquía trabaja activamente para consolidar un nuevo bloque sunita regional junto a Arabia Saudita, Egipto y Pakistán, buscando llenar el vacío que dejaría el declive iraní.
La cuestión es clara: Turquía ya no es sólo un aliado incómodo de la OTAN. Es una potencia en plena expansión regional, y su próximo movimiento podría redefinir el equilibrio de todo Medio Oriente.
BAUTISTA GÓMEZ