Desde 2015, el gobierno yemení junto a Arabia Saudita y una coalición de países árabes-sunitas se enfrenta a los huties, un grupo norteño que tiene el apoyo – aunque más discreto- de Irán. El conflicto se ha prolongado, convirtiendo a Yemen en la catástrofe humanitaria más grande del siglo. Pero, siempre hay lugar para que las circunstancias sean peores.
Yemen ha sido una de las victimas silenciosas del conflicto ruso-ucraniano. Aproximadamente un 42% del trigo provenía de estos países. Con el estallido del conflicto, la provisión de este elemento básico cayo enormemente, generando un aumento entre enero y mayo del 42% de su precio. Al mismo tiempo, el aceite para consumo aumentó un 68% entre febrero y abril. Esto ha significado un duro golpe para un país en el que – tan solo por citar un ejemplo – más de 3,5 millones de niños menores de cinco años requieren tratamiento por malnutrición aguda.
Pero también los yemeníes deben enfrentar el terror. A pesar del alto al fuego establecido en el conflicto, se ha reactivado el accionar de Al Qaeda en el sur. Al menos 10 soldados fueron muertos en distintos ataques y el 29 de junio un coche bomba explotó en la ciudad sureña de Adén. Se cree que el atentado estaba dirigido hacia Saleh al-Sayed, un oficial del movimiento separatista sureño yemení. Aunque Sayed sobrevivió, al menos siete personas perdieron su vida. No obstante, ningún grupo se ha adjudicado aún la autoría del hecho.
Finalmente, ha salido a la luz nuevamente una de las principales amenazas. A pocos metros de sus 3 costas en el Mar Rojo permanece anclado un petrolero cargado, que está en proceso de desintegración y en cualquier momento podría darse un derrame o una explosión. Esto tendría un impacto indescriptible sobre el ecosistema y bloquearía el estrecho de Bab al Mandab. Por lo que parece, la calma está lejos de llegar a Yemen.