Yemen enfrenta múltiples fracturas de compleja solución: colapso estatal, tensiones tribales, intervención foránea, poderío yihadista, movimientos separatistas y corrupción sistémica. Esta
situación se ha visto agravada desde 2015, cuando el país se sumió en una devastadora guerra civil.
En el año 2022, la ONU había alcanzado una tregua mediante la cual se redujeron las hostilidades. Sin embargo, la compleja situación en el Mar Rojo, por las protestas contra la guerra entre Israel y
Hamas y los ataques de represalia de Estados Unidos, compromete la supuesta calma alcanzada.
Pese a esto, uno de los puntos cruciales sigue siendo las necesidades humanitarias en el estado yemení. En la actualidad, con una población de 33 millones, no sólo es uno de los países más pobres del mundo, sino también uno de los más vulnerables al cambio climático. La economía se encuentra contraída, los servicios públicos están deteriorados, hay escasez de alimentos, existe temor por la propagación del cólera en la actual temporada de lluvias, y las municiones sin detonar que han
afectado a la población son elementos que distan de detener la crisis.
En este contexto, 188 organizaciones humanitarias realizaron un llamamiento por más financiación para los programas de ayuda humanitaria, advirtiendo lo catastrófico que serían las consecuencias de la inacción. Los números son realmente desoladores: de 2700 millones de dólares necesarios
para poder proporcionar la asistencia, sólo recibieron 435 millones.
El primer ministro yemení, Ahmad Awad bin Mubarak, afirma que lo que están viviendo es la acumulación de los años de guerra que han atravesado. En esta línea, sostiene que la prioridad es encontrar una solución duradera y proporcionar servicios básicos para mejorar la calidad de vida de
los ciudadanos.
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