En marzo, el conflicto en Yemen cumplió su octavo aniversario. Desde 2015, tras el fracaso de la Primavera Árabe, el gobierno yemení junto a Arabia Saudita y una coalición de países árabes-sunitas se enfrenta a los hutíes, un grupo norteño que tiene el apoyo – aunque más discreto - de Irán.
Las operaciones militares de la coalición, programadas para ser rápidas y efectivas, terminaron envolviendo al país en una guerra sangrienta y cruel. Conflictos de diversos grupos yemeníes se entrelazaron con las disputas de poder de las potencias regionales, dejando a Yemen destruido y luchando con el hambre, las enfermedades y la miseria.
No obstante, este aniversario presenta un escenario diferente. Los enormes gastos y las denuncias por el desastre humanitario han minado la proyección internacional de Arabia Saudita. Hoy, Riad intenta retirarse del conflicto de la manera más prolija posible. La recomposición de lazos con Irán también es muestra de este redireccionamiento en la política saudí. Según se estima, Yemen fue uno de los puntos sobre los que progresó el acuerdo: Teherán nunca lo consideró como un campo de acción vital para su esquema político, mientras que Riad deseaba bajar los niveles de confrontación.
En este marco podemos entender los últimos avances. Desde principios de año, referentes de los 2 hutíes se reunieron con sus pares saudíes bajo la mediación de Omán, para negociar un nuevo alto al fuego. En esta misma sintonía, se acordó un importante intercambio de más de 900 prisioneros, siendo el más importante logrado desde 2020.
Pero, persiste un fuerte pesimismo. Más allá del accionar de Riad y Teherán, el conflicto tiene raíces locales en los conflictos yemeníes. Aunque haya un acuerdo entre los actores externos, las disputas internas continuaran siendo una amenaza activa.