Tras varios días de tensiones, las partes combatientes en Yemen decidieron renovar por otros dos meses el alto al fuego que habían acordado el 2 de abril y vencía el 2 de junio. Desde 2015, el gobierno yemení junto a Arabia Saudita y una coalición de países árabes-sunitas se enfrenta a los huties, un grupo norteño que tiene el apoyo – aunque más discreto- de Irán. Desde entonces, el conflicto ha tenido terribles consecuencias humanitarias.
La extensión de la tregua es positiva, ya que desde 2016 no se había logrado un impasse similar. Como parte del acuerdo, se permitió el acceso de barcos al puerto de Hodeida controlado por los rebeldes, se habilitaron – después de seis años- vuelos comerciales desde el aeropuerto de Sanaa y se desbloquearon algunas rutas y accesos a determinadas áreas de Yemen. Gracias a ello, los yemeníes han experimentado un poco de alivio en sus condiciones de vida y una casi extraña sensación de paz.
Para comprender esta decisión, es necesario considerar los intereses geopolíticos regionales. Hace tiempo que Riad desea retirarse de este conflicto, mientras que Teherán este presionando a sus aliados en vista a la renegociación con EEUU del Acuerdo Nuclear. Pero, el verdadero temor es que este impasse no sea acompañado de un verdadero acuerdo yemení, generando un nuevo estallido de hostilidades.
La relación entre las partes no es buena y persisten las recriminaciones mutuas. El gobierno
2 yemení afirma que los hutíes no han desbloqueado el asedio a la importante ciudad de Taiz y los rebeldes afirman lo mismo respecto a las rutas que llevan a Marib y Al Dhale. Asimismo, los enfrentamientos en Marib – bastión del gobierno atacado por los rebeldes – no ha cesado completamente y hay denuncias que los rebeldes han aprovechado la tregua para reagruparse para una nueva ofensiva.