Arabia Saudí afronta uno de los escenarios estratégicos más complejos de los últimos años. La guerra entre Estados Unidos e Irán y la expansión de las hostilidades en Yemen han puesto bajo presión al estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb, dos de las principales vías marítimas que conectan al reino con los mercados energéticos internacionales. Para Riad, el problema trasciende la dimensión militar: está en juego la seguridad de sus infraestructuras, la continuidad de sus exportaciones y su margen de maniobra regional.
El estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas mundial, se encuentra prácticamente bloqueado. Arabia Saudí intentó reducir su dependencia de esta ruta mediante el oleoducto Este-Oeste, o Petroline. El mismo conecta los yacimientos del este con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, con una capacidad máxima de siete millones de barriles diarios. Sin embargo, los ataques sufridos en septiembre desde territorio iraquí obligaron a cerrar preventivamente esta vía.
La vulnerabilidad se ha trasladado así al mar Rojo. La presión de los hutíes sobre la costa yemení y el entorno de Bab el-Mandeb limita otra alternativa estratégica para Riad. Ante las dificultades para garantizar sus exportaciones, Aramco ha recurrido a operaciones de transferencia de crudo de barco a barco en el puerto omaní de Sohar. Mientras tanto, algunos clientes europeos han sido informados de que no recibirán determinados cargamentos.
Dimensión militar y diplomática
La dimensión militar añade otra capa de incertidumbre. Riad ha sufrido ataques contra su infraestructura energética y ha activado incluso una alerta aérea en la capital. Washington, pese a no haber intervenido directamente en apoyo del reino frente a los últimos ataques, mantiene una estrecha cooperación militar con Arabia Saudí. Esta incluye la autorización de una eventual venta de 48 cazas F-35, pendiente todavía de la aprobación del Congreso estadounidense.
Frente a esta presión, Riad también busca respuestas diplomáticas. Arabia Saudí, Egipto, Pakistán y Turquía han defendido el diálogo como vía para reducir la escalada y han respaldado la soberanía y la seguridad saudíes. Al mismo tiempo, según informaciones de medios regionales, Riad habría explorado a través de Omán una tregua con los hutíes.
El desafío saudí, por tanto, no consiste únicamente en resistir los ataques. El reino debe mantener abiertas sus rutas de exportación, proteger sus infraestructuras, evitar una escalada regional mayor y preservar su capacidad de influencia mientras sus principales vías energéticas permanecen expuestas. La crisis demuestra que, para una potencia cuya posición internacional depende en gran medida de la energía y de su estabilidad interna, la geografía puede convertirse también en una vulnerabilidad.