Los hutíes en Yemen son, probablemente, el dolor de cabeza más grande de Arabia Saudita y, en particular, de Mohammed bin Salman (MBS), el príncipe heredero saudí. No sólo controlan una importante porción del territorio yemení, considerado como el “patio trasero” de la monarquía, sino que, además, forman parte de la red de aliados proxy de Irán, el tradicional némesis de Riad.
Por tal motivo, un impulsivo MBS lanzó la Operación “Tormenta Decisiva”, allá por 2015, que implicó la creación de una coalición militar para apoyar al gobierno yemení reconocido por Naciones Unidas y hacer frente a los hutíes. Aunque ésta es considerada como uno de los principales fracasos de la política exterior saudí, la agresividad contra su vecino no tardó convertirse en una insignia de la misma. Y, pese a las críticas que dicho belicismo suscitó, el joven príncipe no parece dispuesto a deshacerse de él.
En realidad, la impulsividad es una característica muy notable de MBS. Aunque la Visión 2030 –otro de sus proyectos personales- demanda cierta “estabilidad” en el vecindario para la consecución de sus objetivos, la intervención saudí y el apoyo al gobierno yemení se mantuvieron. No es de sorprender, entonces, que este mismo carácter haya terminado de quebrar el frágil alto al fuego de 2022, reanudando así las hostilidades con los hutíes y dando paso a un nuevo capítulo en este conflicto. Precisamente, luego de que la milicia haya amenazado con bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb y crear un nuevo frente de batalla para Estados Unidos, Arabia Saudita salió en rescate de su aliado y pasó a hacerse cargo de la ofensiva en el mar Rojo.
De aquí se desprenden los bombardeos al aeropuerto de Saná y los múltiples ataques contra blancos hutíes durante el mes de julio. La milicia yemení no tardó en responder y atacó la infraestructura petrolera saudí, como el oleoducto Este-Oeste, y bloqueó el paso de sus buques por Bab el-Mandeb. De esta forma, los hutíes asestaron un golpe importante a la economía de Arabia Saudita, quien pretendía reducir la dependencia de Ormuz mediante estas rutas alternativas. Otro resultado de la ofensiva fue la suspensión de la producción y exportaciones petroleras saudíes –su principal fuente de ingreso–, con el consecuente aumento de los precios del crudo en el mes de septiembre.
Mas quizás la principal afectada sea la credibilidad de la propia Arabia Saudita. Justamente, al apostar por una nueva escalada y una estrategia agresiva, MBS termina por socavar tanto la influencia saudí a nivel regional e internacional, como su propia Visión, ya que no cuenta con la estabilidad regional necesaria para la consecución de sus objetivos.
Además, queda en evidencia su vulnerabilidad en términos militares, ya que Riad no puede hacerse cargo por sí sola de su propia defensa –ni tampoco poner fin a las hostilidades– y depende de aliados y socios –léase Estados Unidos, Pakistán y/o Turquía– que pretenden mantenerse alejados del conflicto. Asimismo, los hutíes van ganando cada vez más terreno dentro de Yemen y aumentan los interrogantes sobre el futuro de la influencia saudí. Con todo, parecería ser, entonces, que la impulsividad y la agresividad que alguna vez dominaron la política exterior saudí están de regreso.[1]